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Putin reactivó 1962, 1973 y 1989 vía masacre en Ucrania

La energía nuclear es estratégica (perdón, Greta); hay que triplicar los esfuerzos en Vaca Muerta y la máxima de Deng sigue vigente

Putin reactivó 1962, 1973 y 1989 vía masacre en Ucrania
vladimir putin
Daniel Montoya Daniel Montoya 08-03-2022
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“No es aquí en la Tierra donde se encuentra la solución. Le dije a Chen que nuestro Sol puede explotar, pero no así el Sol del otro lado”. Al igual que Isaac Asimov en “Los propios dioses”, somos más capaces de imaginar una convivencia provechosa con los extraterrestres, que de concebir una coexistencia fructífera con el mundo ubicado del otro lado de esta tierra, en Oriente.

En tal sentido, Vladimir Putin y Rusia no hicieron más que correr la atención negativa que hasta hace poco tiempo concentraban Xi Jinping y China tras la pandemia planetaria del coronavirus con origen aparente en un mercado de Wuhan, aunque con versiones conspirativas que la ubican en un laboratorio virológico de una ciudad más asociable a la modernidad digital y a la biotecnología, que a ciertas costumbres gastronómicas locales arcaicas.

En ese terreno, la línea de tiempo de los dos últimos años nos lleva del “virus chino” exaltado por el expresidente estadounidense Donald Trump, en el marco de un mundo occidental donde la imagen negativa de China creció en todo el ámbito de los países del Atlántico Norte, a este contexto actual donde muchos analistas políticos se dividen entre identificar el linaje común de Putin con Stalin y el ascendente del actual presidente ruso con Adolf Hitler.

En una palabra, las dos principales potencias orientales desayunaron en este bienio a Occidente con una pandemia que, de acuerdo a la estimación por exceso de muertes de The Economist, acumula alrededor de 20 millones de decesos a escala mundial y, en segundo término, con una Rusia que bombardea Ucrania bajo la batuta de un líder revisionista que reactivó tres hitos decisivos del Siglo XX en un click.

  • 1962, los misiles de octubre. La Segunda Guerra Mundial no terminó con el ciclo interminable de conflictos, pero las armas nucleares representaron un seguro de convivencia a la par que la clausura del derramamiento de sangre a gran escala. En tal aspecto, ningún líder hippie hizo tanto por el pacifismo mundial como Robert Oppenheimer, líder del proyecto que desembocó en el bombardeo sobre Hiroshima y Nagasaki. “Ahora me he convertido en la muerte, el destructor de mundos”. A la luz de lo sucedido durante los tres cuartos de siglo siguientes, cabe preguntarse si el físico norteamericano hoy volvería a pronunciar aquella frase entre culposa y jactanciosa inspirada en el Bhagavad Gita. Simples elucubraciones contrafácticas a esta altura de la soirée.

La mutua destrucción asegurada estuvo en el backstage de todo lo ocurrido después de la masacre en las islas japonesas. Sin embargo, aparece en primer plano, por primera y única vez, en las costas cubanas en 1962.

En un mundo donde la palabra nuclear más bien aparece asociada al debate sobre las fuentes de generación energética y donde países como Francia no detienen su programa de construcción de centrales de igual modo que otros como Alemania clausuran ese camino, ¿quién esperaba que Putin reflotara la amenaza atómica 60 años después? Esa es la gran vieja novedad.

Tampoco debería sorprender. Si bien Rusia ostenta una capacidad energética del calibre de Arabia Saudita, hoy es una potencia marginal en cuanto a gravitación económica, representando apenas 1,5% del PIB mundial. Sólo la magnitud de su arsenal nuclear, que equivale a la juguetería de toda la OTAN combinada, incluido Estados Unidos, explica que el líder ruso lo espolee con tal desparpajo. No está loco. En todo caso, la locura sería que no lo hiciera.

Rusia hoy no es mucho más que energía, poder atómico y viejos oropeles. Y excelente vodka, por cierto.

  • 1973, la crisis petrolera. Francis Fukuyama acaba de publicar una jugosa columna en Financial Times titulada “La guerra de Putin al orden liberal”, donde pone la lupa sobre una de las amenazas emanadas de la reinterpretación del liberalismo clásico. En particular, el politólogo norteamericano alude al ascenso de las ideas neoliberales durante la década del '80 y del '90 relacionadas con Milton Friedman y la escuela de Chicago. Este enfoque que curiosamente puede atraer la simpatía hasta de los enemigos del orden liberal que despotrican en contra del apogeo del neoliberalismo, el Instituto Patria en Argentina por ejemplo, omite algunos datos de la realidad. Si Estados Unidos consiguió su independencia energética durante el último lustro, precisamente fue a causa del proceso de liberalización y desregulación que fue pergeñado en su oportunidad por figuras vinculadas a la administración Reagan como Alan Greenspan.

Más aún, las políticas energéticas de ese gobierno pertenecen al mismo tronco ideológico de las reformas de liberalización del sector financiero que, sostenidas por administraciones tanto republicanas como demócratas, terminaron en el desastre de las mal llamadas hipotecas de 2008.

En realidad, semejante crisis tuvo mucho más que ver con el crecimiento desbocado de un menú de derivados financieros que representaban en aquel momento unas 50 veces el PIB de Estados Unidos. Si tamaño pandemónium estimulado por la liberalización financiera tiene, a futuro, su réplica en el ámbito energético vía desastres medioambientales, es otra historia.

La evidencia actual a favor del éxito de una política energética que, tras casi tres décadas de implementación, minimizó los riesgos de una nueva cartelización de los productores de petróleo de Medio Oriente, un 1973 bis, es irrefutable. En paralelo, también permitió reducir la dependencia energética respecto a países que, al igual que Rusia, tampoco califican como regímenes democráticos en ningún ranking reconocido.

  • 1989, el muro de Berlín. En Ucrania, Putin dejó más que claro que Rusia trasciende a la Unión Soviética. Que los escombros de una, no significan los de la otra. En paralelo, que dos dimensiones del poder que no tienen que ver con su perfil democrático, ni siquiera con su punch comercial o su bono demográfico, le alcanzan para sentarse a la mesa de las grandes potencias que en Berlín amagó con reducirse a un unipersonal norteamericano.

En cuanto a la ascendente China, la idea imperante en aquel momento era contenerla por vía de la finalización de la faena iniciada por Richard Nixon en 1972 con su viaje a Oriente y el abrazo con Mao. Este enfoque no debería sorprender. Así como crecía la cotización de las ideas neoliberales en el ámbito financiero y energético, también lo hacía en la zona de la inspiración de la política exterior estadounidense. En especial, tenía fuerte impacto una idea explicitada por Friedman en el prólogo de “Libre de elegir”.

A modo de profesión de fe, el mayor emblema de la Escuela de Chicago defendía la hipótesis de que, ampliando la esfera de los negocios, se achicaba el ámbito de influencia de los regímenes políticos. Por cierto, una idea trivial aunque potente que también circuló en Argentina en tiempos del proceso militar bajo el latiguillo de 'achicar el Estado y agrandar la Nación', o el mercado.

Si algo podía fallar, falló. En esta instancia, está claro que los regímenes políticos autoritarios son una realidad de la alta política internacional y que el perfil democrático o autoritario poco tiene que ver con la esfera de los negocios. “Los negocios son negocios, socio, en los negocios no hay amigos. Lo mío no es negocio, somos diferentes”, textual de Residente a Jay Balvin. Por si queda alguna duda, la política y los negocios corren por carriles diferentes y en la mesa de las grandes potencias mundiales, seguirán sentándose tirios y troyanos.

  • 2022, ¿y tú Argentina? La reactivación de 1962, 1973 y 1989 por vía de la masacre perpetrada por Putin y Rusia en Ucrania, nos deja tres claras evidencias.

Sin perjuicio de prédicas ambientalistas naif orientadas para pegar onda con la simpatiquísima Greta Thunberg, la energía nuclear es un asunto estratégico de primer orden mundial donde Argentina tiene mucho para decir. Tanto en su dimensión militar como energética. El poderío nuclear sigue más que vigente, en ambos sentidos.

En segundo término, con esta nueva crisis energética remake de 1973 y de 2008, Vaca Muerta y todos los potenciales reservorios energéticos del país adquieren una dimensión que hasta debería estar ensalzada en la propia Constitución. Gobierno que no los impulse, debería encuadrar en la categoría de traidor a la Patria. Ahora bien, habría que revisar con qué balance de Estado y mercado se lo encara.

La revolución energética de Estados Unidos, aunque hiera a algunas almas que simpatizan con la idea de un Estado omnipresente, se hizo a través de una fuerte estimulación del espíritu animal empresarial.

Por último, para nuestra política exterior, la nueva revisión política del tablero pos-Berlín vuelve a refrescar la actualidad de la máxima de Deng Xiaoping: “No importa que el gato sea blanco o negro mientras cace ratones”. En la política exterior, no existe tal cosa como mezclar los intereses políticos y económicos. El propio canciller alemán Olaf Scholz lo dejó en claro ayer. “Las necesidades energéticas de la Unión Europea no pueden satisfacerse sin las importaciones rusas”.

En el momento de mayor tensión política, donde Polonia ya recibió un millón de refugiados ucranianos y Alemania seguramente lo hará en un menor porcentaje, la política comercial sigue orientada por criterios de sano pragmatismo. Negocios son negocios.

(*) Autor de “Estados Unidos versus China. Argentina en la nueva guerra fría tecnológica”

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