Corea del Norte
Tensión

Corea del Norte: una dictadura que siempre huye hacia adelante

Como suele ocurrir con los regímenes autoritarios, a medida que la crisis empeora recrudece el discurso nacionalista centralizado en que los culpables son los de afuera

Luis Domenianni Luis Domenianni 23-01-2022
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El comienzo del año 2022 no pudo ser menos auspicioso para la paz mundial. Tropas que son concentradas en las fronteras, sobrevuelos que superan los límites de exclusión aérea y maniobras marítimas de flotas de guerra, indican una continuidad “in crescendo” del uso de la fuerza para dirimir los conflictos internacionales.

En ese contexto, Ucrania y el Mar de la China del Sur son conflictos que superan el marco regional para ubicarse en la confrontación global que opone a Estados Unidos frente a Rusia y China, respectivamente.

Sin embargo, y aunque resulta difícil de catalogar como regional o global, es la controversia que opone a la dictadura comunista de Corea del Norte con su vecina Corea del Sur, con Japón y con Estados Unidos, quien amenaza con escalar hacia una confrontación bélica.

Si, por un momento, los puentes parecieron tendidos entre el expresidente norteamericano Donald Trump y el líder norcoreano Kim Jong-un, los avances hacia una distensión fueron limitados. 

El arribo del presidente Joe Biden a la Casa Blanca retrotrajo el conflicto a la situación de “ni guerra, ni paz” que rige desde el armisticio firmado en julio de 1953.

En ningún lugar como en Corea del Norte los hechos bélicos estuvieron tan a la orden del día en el primer mes del 2022. Un total de cuatro tiros de misiles hipersónicos de mediano alcance y otros dos convencionales de corto alcance surcaron el espacio aéreo y cayeron sobre objetivos predeterminados en el Océano Pacífico.

El misil hipersónico es más rápido y maleable que el convencional y, por tanto, de mayor dificultad para la intercepción de una defensa antimisilística.

De su lado, la agencia noticiosa oficial norcoreana KCNA evocó la “posible reanudación de tiros de misil de largo alcance susceptibles de transportar cabezas nuclearies y la reanudación de los ensayos nucleares”.

A su vez, el bureau político del régimen que encabeza el líder Kim Jong-un decidió “reanudar todas las actividades militares temporalmente suspendidas” habida cuenta de la “preparación para una confrontación de largo aliento” con los Estados Unidos.

La reanudación implica la finalización oficial de la moratoria sobre ensayos nucleares y balísticos decidida por Kim en 2018 en épocas de distensión con Corea del Sur y con Estados Unidos.

En rigor, ya en 2021, el dictador anunció su voluntad de retomar los ejercicios bélicos. Si bien no hubo ensayos con misiles de largo alcance, ni hipersónicos, fueron contabilizados seis tiros de misiles balísticos, uno de los cuales lanzado desde un tren y otro desde un submarino.

¿Qué pretende el régimen norcoreano con este tipo de actividades? El fin no parece otro que lograr concesiones por parte del gobierno norteamericano, más allá de reforzar las capacidades militares norcoreanas. En particular, el levantamiento de sanciones que afectan financieramente al país y, sobre todo, a sus jerarcas.

Vale recordar como antecedente que, hasta el 2017, Corea del Norte hizo detonar seis bombas nucleares. También testeó distintos tipos de misiles balísticos uno de los cuales con alcance intercontinental o ICBM, Inter-Continental Ballistic Missile. Se trata del Hwasong-16, con un rango de autonomía de 8.000 a 13.000 kilómetros. 

Para tener en cuenta: San Francisco, California, se ubica a poco menos 9.000 kilómetros de Pyongyang, la capital de Corea del Norte y Washington DC a poco más de 11.000 kilómetros. Ambos, en línea recta.

En 2020, en ocasión de la celebración con desfile militar del 75 aniversario del Partido de los Trabajadores, oficial y único legal, fue presentado el Hwasong-17, un monstruo de 26 metros de largo por 2,7 metros de diámetro que, a la vez, puede servir como arma en sí mismo o como portador de misiles más pequeños para un ataque múltiple. Aún no fue probado.

En la mira cercana 

El régimen comunista y dinástico de Corea del Norte (al frente del país se sucedieron abuelo, padre e hijo) cuenta tres enemigos resumidos en una única hipótesis de conflicto. A saber: Estados Unidos, Corea del Sur y Japón.

  1. Tres son los antecedentes que llevan a la enemistad norcoreana-japonesa. En primer término, las atrocidades cometidas por el Ejército Imperial japonés sobre la población coreana desde la invasión del país en 1910 hasta la liberación tras la rendición japonesa en la Segunda Guerra Mundial en 1945.
  2. En segundo lugar, los secuestros de ciudadanos japoneses llevados a cabo en Japón por agentes norcoreanos, transportados a Corea del Norte en submarinos, utilizados como “ilustradores” del modo de vida japonés. El régimen comunista reconoció los secuestros, aunque no su totalidad y aun utiliza a los pocos supervivientes como recurso de negociación política.
  3. En tercer término, la estrecha alianza que une a Japón con Estados Unidos y el avance japonés hacia un nuevo esquema militar que supere la actual imposición constitucional -derivada de la derrota de 1945- de solo contar con una fuerza de autodefensa, para pasar a un modelo defensivo-ofensivo de sus fuerzas armadas.

La animosidad norcoreana hacia el Japón quedó de manifiesto cuando en agosto de 2017, el régimen del dictador Kim lanzó un misil que sobrevoló territorio japonés sobre la isla de Hokkaido, la segunda en tamaño del archipiélago, y se desintegró en tres partes al caer al mar a 1.100 kilómetros de las costas japonesas.

Por su parte, con Corea del Sur, se trata de un conflicto que comenzó como una guerra civil ideológica y que en la actualidad adquiere ribetes de dramática supervivencia para cada uno de los regímenes que los gobierna. 

Desde el armisticio tras la guerra de 1950-53, ambas Coreas se encuentran separadas por una franja desmilitarizada de 4,5 kilómetros de ancho que corre desde el Mar Amarillo al sur hasta el Mar de Japón al norte. Un armisticio firmado por Estados Unidos y Corea del Norte que puso fin a las hostilidades.

Dicho armisticio previó la firma de un ulterior tratado de paz que nunca fue alcanzado. En consecuencia, técnicamente ambas Coreas y Estados Unidos están en guerra, aunque hace 68 años que no combaten.

Pero no combatir no significa paz. No son pocos los ciudadanos norcoreanos que buscan refugio en Corea del Sur para escapar del régimen dictatorial y sobre todo de una situación económica de carencia permanente frente a la relativa opulencia que exhibe el “vecino capitalista”.

Aunque la mayoría de los refugiados norcoreanos llevan a cabo un largo periplo por China y algunos países del sudeste asiático, en particular, Tailandia, algunos osados se arriesgan a atravesar la zona desmilitarizada. Por el contrario, son muy escasos quienes recorren la ruta inversa.

Megáfonos, octavillas lanzadas a través de globos, conforman las “armas” que organizaciones surcoreanas, con apoyo más o menos encubierto del Gobierno, utilizan para incitar a la rebelión de los norcoreanos. Sumado a ello algunas escaramuzas entre patrullas ofrecen la excusa para la autopresentación como víctima del régimen del “líder” Kim.

Octavillas frente a ensayos nucleares y balísticos, una desproporción a toda prueba que el relato norcoreano transforma en una agresión digna de desencadenar una confrontación nuclear.

Por otra parte, el objetivo de la reunificación coreana, con familias divididas a ambos lados del paralelo 38 (la zona desmilitarizada) que llevan décadas sin reencontrarse, aparece cada día como más lejano. El régimen del Norte dice cada vez menos al respecto, aunque el sentimiento de unidad aparece como más vivo en el Sur.

El arsenal balístico norcoreano cuenta, además de los misiles intercontinentales, con misiles de corto y mediano alcance. Los primeros reservados para Corea del Sur, los segundos para Japón.

En la mira lejana

Misiles intercontinentales y cargas nucleares deberían preocupar a cualquiera. No obstante, sin que se la niegue, la amenaza norcoreana lejos está de ser considerada como una hipótesis de guerra principal por parte del Pentágono -el Ministerio de Defensa- y el Departamento de Estado -el Ministerio de Relaciones Exteriores- de los Estados Unidos.

Cierto es que la superioridad bélica norteamericana es incuestionable. Tan cierto como que el desarrollo militar norcoreano avanza en sofisticación y está en condiciones, o se apresta a obtenerlas en el corto plazo, de vulnerar la defensa antimisiles de los Estados Unidos. 

Para ello, Corea del Norte debería fabricar suficientes misiles balísticos de alcance intercontinental utilizables, a su vez, como plataforma de lanzamiento de misiles de alcance medio y corto que resulten casi imposibles de interceptar ante cualquier falla de la defensa. No se trata, pues, de una hipótesis de peligro inminente, pero tampoco lejano.

Para los observadores, en general, las “fintas” belicosas del régimen de Kim se asemejan en demasía a un chantaje que pretende obtener beneficios a cambio de apaciguamientos que nunca dejan de ser momentáneos.

Sin embargo, la cuestión va más allá. Es más compleja. Como todo régimen político, más aún si es autoritario o directamente dictatorial, el objetivo del gobierno norcoreano es su supervivencia. El camino elegido para dicho fin es el del aislamiento total del país y el del sobredimensionamiento de los peligros externos.

Un sobredimensionamiento que justifica gastos en defensa, impensables para la escuálida economía del país y más aún para la situación social de la mayor parte de su población. De allí que cualquier conversación internacional con representantes del régimen verse también sobre ayuda en materia de alimentos.

El expresidente Trump, tal vez por su identificación con los regímenes autoritarios, “comprendió” el juego norcoreano. No solo reconoció de hecho el régimen dictatorial al encontrarse en dos oportunidades con el “líder” Kim Jong-un, sino que le dio visos de legalidad y de integración a la comunidad internacional.

Los gestos de Trump, reunión en Singapur, primero, y en el único lugar de encuentro en la frontera entre las dos Coreas, en Panmujon, después, alcanzaron para calmar por un tiempo la belicosidad norcoreana.

No más que para ello. Kim Jong-un no detuvo, aunque sí ralentizó, su programa armamentístico y limitó los ensayos. La llegada del presidente Biden al poder, redujo todo a fojas cero.

Al igual que Trump, Biden centra su mira en China, quizás con demasiada miopía sobre cuanto ocurre en el resto del “teatro global”. Así, se encuentra con Afganistán, con las ambiciones rusas sobre Ucrania y con Corea del Norte. Es que, para Trump, Kim puede ser un igual, pero para los valores de la democracia norteamericana que encarna, con éxito o sin él, Biden, no.

El presidente Biden reacciona en consecuencia. Congelamiento de fondos para jerarcas norcoreanos, apelaciones al Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, donde China y Rusia niegan el apoyo, y algún ejercicio militar conjunto con tropas surcoreanas. Poco, muy poco, frente al desarrollo bélico del régimen norcoreano.

Los fondos

El primer día del año 2022, el autócrata Kim Jong-un rompió la tradición de sus discursos de principios de año ante el plenario del oficialista Partido del Trabajo. Siempre los discursos de Kim versaban sobre las conflictivas relaciones exteriores de su Gobierno. Esta vez, giro mediante, priorizó el desarrollo económico, la situación alimentaria y la pandemia.

Producto del cierre total de fronteras ante la pandemia del Covid, de los gastos militares crecientes al infinito y de las sanciones occidentales como represalia por dichos gastos militares, la situación económica del país evidencia la mayor recesión de su historia y la penuria alimentaria está a la orden del día.

El cierre total de fronteras privó a la economía de los gastos de los turistas chinos, únicos en visitar en grandes proporciones al país. El comercio con China quedó reducido a solo un tercio del valor total logrado en 2019.

Semejante estado de cosas deriva en un incremento del ya omnipresente autoritarismo del régimen con el objeto de evitar cualquier tipo de contestación. La mínima connivencia con el extranjero, en particular con Corea del Sur, sea tan menor como el pase de una grabación de video hecha del otro lado del paralelo 38 puede ser castigada con la pena de muerte.

Solo un rubro resiste al agravamiento de la situación económica: el de los gastos militares. ¿Cómo se financia? Por un lado, con recursos del Estado que dejan de ir a otros renglones. Por el otro, en negro.

Así, el régimen expatría trabajadores, fundamentalmente a China, que remiten recursos en moneda fuerte a sus familias. El Estado se apropia de dichos recursos y a cambio entrega a los familiares won -moneda norcoreana- a una tasa de cambio absolutamente arbitraria. Contabiliza a precio oficial, paga a un valor mucho menor. Ergo, la diferencia no se blanquea.

Alrededor de 150.000 expatriados -todos ellos con familias que deben permanecer en Corea del Norte- generan unos US$ 450 millones anuales, de los cuales solo un promedio del 25% llega a las familias. El resto, caja negra con destino incierto. Corea del Norte figura en el lugar 170 en un ranking de 190 sobre corrupción.

Otra fuente de financiamiento es el robo informático de cripto monedas. Es decir, un desvío de fondos pertenecientes a terceros que los hackers profesionales y oficiales del régimen norcoreano manipulan para adueñarse de esos activos.

Según un informe de Naciones Unidas, entre el 2019 y el 2020, los miles de ciber piratas norcoreanos desviaron US$ 316,4 millones. Las víctimas: instituciones financieras y bolsas de valores. O sea, víctimas que prefieren guardar silencio, repartidas por todo el mundo, aunque principalmente de Corea del Sur.

Con todo, algunos casos trascendieron. Todo parece haber comenzado con el ataque sobre Sony Pictures como venganza por su filme The Interview, una sátira que ironiza sobre el propio Kim, producida en 2014. Otros robos: US$ 81 millones al Banco Central de Bangladesh y US$ 60 millones al banco taiwanés Far Eastern International.

Como ocurrió en el pasado y como suele ocurrir con los regímenes autoritarios, más aún con los dictatoriales, a medida que la crisis empeora recrudece el discurso nacionalista centralizado en que los culpables son los de afuera. 

El régimen comunista dinástico norcoreano lleva 77 años en el poder, pero la historia siempre comienza hoy.

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