Ideas monetarias

De Hayek a Milei: qué es la competencia de monedas

El hastío de una parte de la sociedad con la moneda fiduciaria está provocando un giro hacia soluciones de mercado y un intenso debate

Las propuestas de diferentes economistas buscan evitar un Plan Bonex o una licuación hiperinflacionaria
Las propuestas de diferentes economistas buscan evitar un Plan Bonex o una licuación hiperinflacionaria
Jorge Bertolino Jorge Bertolino 13-05-2022
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El libro “La desnacionalización del dinero”, escrito por Friedrich Hayek, fue publicado por primera vez en 1976, y se ha convertido en un clásico, de lectura obligatoria, si se desea comprender el origen de las ideas que han comenzado a discutirse, recientemente, en nuestro país, con respecto a un hipotético abandono del dinero fiduciario, y su reemplazo por un sistema de convertibilidad, dolarización o competencia de monedas.

Esta obra es un fuerte alegato en favor de la libre competencia en la emisión y circulación de medios de pago.

Presenta al dinero como una mercancía que, de forma similar a los restantes bienes existentes en un mercado, puede ser suministrada con mayor eficiencia a la sociedad por el sector privado, en lugar de serlo por un monopolio estatal.

Las diferentes monedas, que proveerían emisores particulares, concurrirían libremente en el mercado, siendo su mayor o menor grado de aceptación por parte del público lo que finalmente decidiría cual/es se impondrían y cuál sería la relación de cambio entre ellas.  

La propuesta esbozada por Javier Milei, que está siendo muy publicitada en los últimos días, en tanto, supondría la libre competencia de monedas suministradas por monopolios estatales extranjeros.

Sin embargo, podría tratarse solamente de una primera etapa, tal como lo describe en la obra citada, el autor vienés, de donde habría obtenido el economista argentino las ideas para sus actuales propuestas.

Según Hayek,  el principal fallo del orden de mercado, su susceptibilidad de atravesar periódicas épocas de depresión y desempleo, es una consecuencia de un antiquísimo monopolio del Estado: el de la emisión de moneda.

Luego, dice, que la idea de privar al gobierno de su antigua prerrogativa de monopolizar el dinero resultaría todavía demasiado insólita y sorprendente para muchas personas, que no se decidirían a patrocinarla en un futuro próximo. Sin embargo, la gente podría empezar a descubrir sus ventajas si, al principio, cuando menos, las monedas de los diversos gobiernos pudieran competir libremente entre sí por el favor del público. 

Añade, por último, en cuanto a los efectos de la adopción de su propuesta, que se trata de impedir a las autoridades financieras y monetarias que se conduzcan de una forma que les resulta políticamente imposible de evitar, en tanto dispongan de poder para hacerlo.

Se refiere, obviamente, a la muy enraizada costumbre de los gobiernos de ceder a las múltiples demandas de la sociedad, emitiendo nuevo dinero para acallarlas. 

Dolarización y banca Simons

En otro apartado, Hayek se refiere a lo que actualmente se conoce como la banca Simons.

Supone que el negocio de crear dinero no es demasiado compatible con el control de grandes carteras de inversión.

Aunque no lo dice explícitamente, cabe suponer que esta distinción lo muestra muy cerca del sistema ideado por Herbert Simon, que obtuvo el premio Nobel de Economía en 1978, por sus importantes contribuciones en la investigación del proceso de toma de decisiones.

La propuesta de Milei, tal cual lo expusiera en diversas entrevistas radiales y televisivas, incluiría la adopción de este audaz sistema, que no fue nunca probado, aún, en ningún lugar del mundo.

Habría dos tipos de bancos. Los transaccionales, que únicamente recibirían depósitos en cuenta corriente y prestarían, además, el resto de los servicios habituales de un banco comercial, excepto, la recepción de depósitos a plazo fijo. No tendrían posibilidades de crear dinero secundario, puesto que el actual sistema fraccionario, que permite hacerlo, sería reemplazado por un encaje del 100%.

Los encargados de recibir los ahorros del público serían los bancos de inversión, que a través de los mercados de valores, emitirían bonos, letras y papeles comerciales, que podrían ser adquiridos por los ahorristas.

El financiamiento al sector productivo se daría en este último segmento, tal cual se realiza en la actualidad, a través del sistema de avales de las Sociedades de Garantía Recíproca.

Un fuerte alegato a favor de la banca Simons, puede encontrarse en “Dinero, crédito bancario y ciclos económicos” del profesor Jesús Huerta de Soto. Su caracterización del depósito como un contrato de custodia y su posterior desnaturalización, por parte de los banqueros, es original, y se encuentra jurídicamente muy bien fundamentada.

El problema del prestamista de última instancia 

Sin embargo, en nuestro país, no existe consenso respecto a la utilidad de este particular arreglo financiero.

La Banca Simons es duramente criticada por muchos economistas. El más sólido de ellos podría ser Emilio Ocampo, coautor, junto a Nicolás Cachanosky de “Dolarización. Una solución para la Argentina”.

Si bien estos autores le reconocen fuertes virtudes, siendo la más importante la de brindar la posibilidad de eliminar la necesidad de contar con un prestamista de última instancia, consideran que es de imposible implementación.

La propuesta  de este libro es una dolarización completa y la búsqueda de alternativas privadas al problema del prestamista de última instancia.

Una posibilidad interesante, que analizan, sería la creación de un fideicomiso, que se encargue de la liquidación de los activos y pasivos del BCRA, que debería dejar de existir.

Las letras intransferibles y los adelantos transitorios serían "empaquetados" y utilizados como colateral para emitir bonos globales. Con los fondos recaudados, se procedería a "comprar" la base monetaria y los pasivos remunerados, que conforman el principal pasivo de la autoridad monetaria.

Proponen, además, que el fideicomiso se estructure en una jurisdicción segura, fuera del alcance del gobierno argentino y que el agente fiduciario sea creíble e independiente del poder político.     

Aunque no está contemplado en el libro, este ingenioso arreglo podría ser utilizado, igualmente, para funcionar como caja de conversión. En lugar de comprar la oferta de dinero, lo que debería hacerse, en este caso, sería utilizar los fondos del fideicomiso para respaldar el circulante y los pasivos remunerados del BCRA.

Una última idea a considerar es la de Jorge Avila, quien propone una internacionalización de la banca nacional. 

Los bancos extranjeros establecerían en el país sucursales, en lugar de sociedades anónimas. Las sucursales prestarían a clientes residentes y extranjeros sin distinción, con el fin de diversificar riesgos y asegurar el valor de los depósitos. Sus balances se consolidarían con los de las casas matrices, con el fin de que las eventuales pérdidas sean cubiertas por estas últimas,  que actuarían como prestamistas de última instancia, pero sólo de sus propias sucursales.

Por su parte, los bancos nacionales, asociados a bancos extranjeros AAA, estarían habilitados para captar depósitos y otorgar préstamos por cuenta y orden de sus socios extranjeros. 

Apuntes finales

El dinero se define habitualmente como el medio de cambio generalmente aceptado. Es, por lo tanto, fruto de la anónima interacción de millones de individuos que, libremente y sin proponérselo conscientemente, se "ponen de acuerdo" en aceptar a tal o cual especie como medio de cambio habitual en las transacciones del comercio y las finanzas.

Debe considerarse, entonces, una institución creada espontáneamente por la sociedad, con el objeto de facilitar el intercambio y los negocios.

El hastío de una parte de la sociedad mundial por el irresponsable manejo de la "producción" del artículo más vilipendiado en la actualidad, esto es, la moneda fiduciaria, está provocando un giro hacia soluciones de mercado.

La aparición de las criptomonedas parece indicar una "rebelión", por parte de un sector de la sociedad en todo el orbe, en contra de la potestad omnímoda de los estados de alterar el valor del dinero, aumentando su cuantía, o alentando la existencia de prolongados períodos con tasas de interés negativas, que desalientan el ahorro y premian la especulación desenfrenada en activos que, de otra manera, no tendrían la volatilidad que se ha visto en los últimos años.

En nuestro país, salir de la actual situación de incipiente descontrol inflacionario, con más de una década de estancamiento, requerirá, casi seguramente, una reforma monetaria que implique convertibilidad, dolarización o competencia de monedas.

Cualquiera de ellas "requiere", lamentablemente, una previa licuación del stock existente del ingente volumen dinerario que se emitió en los últimos años.

Esta "solución" puede ser inducida por el gobierno o terminar siendo fruto del total descontrol que provocaría un eventual y súbito colapso de la demanda de pesos, por parte de familias y empresas.

Las propuestas de diferentes economistas, algunas de las cuales se mencionaron anteriormente, buscan evitar una solución disruptiva, al estilo del Plan Bonex, o de una licuación hiperinflacionaria.

El debate es importantísimo, porque podría permitir una mayor comprensión de las alternativas disponibles y una eventual adopción de la más prometedora, al inicio de la nueva administración, que surgirá luego de las elecciones del año próximo, cualquiera sea su signo político. 

Es muy probable que el tiempo acucie. La grave situación que supondría una eventual inacción, durante el resto del mandato del actual gobierno, haría necesario actuar rápidamente, implementando con premura y determinación, un plan económico ideado con anterioridad.

El arreglo monetario, obviamente, debería ser sólo una parte de un todo más amplio. En otras palabras, se requiere de un sólido plan de estabilización y crecimiento, al que debería sumarse un fuerte apoyo político para implementarlo.

Hay tiempo, aún, pero este no es infinito.

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