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Del espejismo al estancamiento: la industria no logra reanimarse

A partir del golpe que sufrió por la pandemia, el rebote de la industria no ha sido homogéneo sectorial ni temporalmente.

industria
02-09-2021
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Por Santiago Manoukian y Belén Rubio Economistas de ABECEB

A días de iniciado septiembre, la actividad productiva pasó la etapa de normalización y requiere de señales para perforar sostenidamente los magros niveles de actividad y empleo prepandemia. Desde el pico de actividad alcanzado a principios de año, la recuperación muestra un sendero errático que no ha permitido consolidar el crecimiento.

La pandemia y la cuarentena golpearon con fuerza a la industria argentina: la actividad se contrajo 7,5% en 2020, cayendo por tercer año (-17,7% vs. 2017) consecutivo. Si bien todas las ramas se vieron afectadas, el ritmo y la magnitud del derrumbe, y posterior rebote, no han sido homogéneos sectorial ni temporalmente.

Al inicio de la pandemia, el impacto en cada actividad respondió a su carácter de esencial, mientras que las distintas autorizaciones de reapertura, la necesidad de recomponer stocks y los cambios en los patrones de consumo dieron forma a la reactivación de los meses posteriores. Sobre el final de año, la disparada de la brecha cambiaria y las expectativas devaluatorias, sumadas a las mejoras en planes de financiamiento de corto, volcaron el esquema de incentivos a la demanda de durables, como la industria automotriz y la de maquinaria agrícola que traccionaron otras cadenas industriales. La industria cerró 2020 recuperándose más rápido de lo previsto, y siendo motor del rebote económico junto con la construcción.

Pero en los primeros meses de 2021 el panorama cambió: la disminución de la brecha, la inflación corriendo por encima de los salarios, la ampliación del menú de consumo de las familias y compras adelantadas en 2020 indujeron a un amesetamiento en la adquisición de durables y en la reposición de bienes de capital mientras que, al mismo tiempo, se recuperó parcialmente la demanda de sectores rezagados.

Con la mira puesta en las elecciones, las autoridades apuestan a volver a estimular “el veranito de consumo durable”. Para ello renuevan paritarias, proponen programas como los Ahora 12 y sus variantes de cuotas, extras de seguridad social, dólar y tarifas pisadas que, sumados a una brecha más elevada, y limitado acceso al dólar, vuelven a dar algo (limitado) de espacio al sector automotriz, de motos, de maquinaria agrícola, de insumos para la construcción y de electrodomésticos, entre otros. Sin embargo, en este caso, las restricciones de ingresos junto con el empobrecimiento de la clase media, implican un horizonte de mejora de muy corto plazo, especialmente para aquellos que tienen su límite en el mercado interno.

La restricción externa continuará influyendo sobre la producción. Si bien pueden favorecer a algunas industrias, como las de indumentaria y calzado que encuentran un mercado cautivo a partir de las restricciones a las compras al exterior y de menores viajes, otorgan una oferta limitada (en cantidad y variedad), presionando sobre los precios o postergando la decisión de compra de los consumidores. Al mismo tiempo, la escasa disponibilidad de divisas limita la expansión de la producción al amenazar el flujo sostenido y previsible de insumos y bienes finales.

En contraste con lo esperado para el consumo durable, el consumo masivo ha venido cayendo y sólo se espera una tibia recuperación en los próximos meses asistida por las políticas de ingreso y una parcial recuperación del salario real y el empleo.

Los sectores con mejor inserción externa continuarán siendo los de mayores oportunidades, empujando su cadena de valor. El agro, con exportaciones récord, implicó en 2021 un gran año para la maquinaria agrícola y los fertilizantes, aunque en la campaña 21/22 habrá que volver a seguir de cerca el impacto climático de una potencial “Niña” en el rendimiento de los cultivos y el impacto del “tapering” de la Fed sobre los precios internacionales.

Las exportaciones de manufacturas de origen industrial también dan buenas noticias y en julio superaron los niveles de 2019 en un 20%. El sector automotriz y de químicos fueron apalancados por la recuperación más acelerada de Brasil. Por su parte, la industria alimenticia encuentra cierto espacio para aprovechar una mayor demanda asiática y precios internacionales en buenos niveles, aunque la política de control y regulación amenaza, como en el caso de la carne vacuna, la reputación y planeamiento de la actividad y la rentabilidad, aumentando el riesgo de la inversión.

Si bien de cara a los próximos meses, la industria mostrará un ritmo de recomposición más parejo el desempeño de los sectores industriales estará determinado por la interacción de dos factores: una macro mediocre e inestable que acorta la visión al muy corto plazo con una hoja de ruta del Gobierno que, con ojo en las elecciones, apunta a “aguantar y después vemos”, y una aceleración de los cambios derivados de las mejoras tecnológicas, la demanda de un nuevo consumidor y las presiones para incorporar la ESG y la sustentabilidad en los modelos de negocio.

La confluencia de ambos determinantes genera ganadores y perdedores en el corto y en el mediano plazo, incluso enviando señales mixtas (no son los mismos los ganadores del corto plazo que los del largo). En una recuperación dispar los promedios serán cada vez menos representativos.

Ante un contexto de inflación persistiendo en niveles elevados, escasez de dólares e incertidumbre respecto a la dirección de la política económica, las empresas seguirán operando obligadas a enfocarse en un horizonte de corto plazo. No obstante, aquellas que logren levantar la mirada y adaptarse a las nuevas condiciones estarán mejor posicionadas para sortear los desafíos que imponen los principales catalizadores del cambio: la tecnología y la innovación, los nuevos hábitos de consumo y la sustentabilidad. La industria argentina perdió más de un ciclo de inversiones internacionales, es necesario retomar el camino para no perder una nueva fase más.

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