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"El palacio y la calle", el libro de Miguel Bonasso sobre la crisis de 2001

A veinte años de su publicación original, Sudamericana publicó la edición definitiva del clásico de Miguel Bonasso que retrata la crisis de 2001 y el fin del gobierno de Fernando de la Rúa.

"El palacio y la calle", el libro de Miguel Bonasso sobre la crisis de 2001
15 agosto de 2023

—¿Sacaste las cosas del baño? —preguntó Fernando de la Rúa, con un imperceptible temblor en su voz aguardentosa—. ¿No te olvidaste nada?

—No, señor Presidente. Está todo —aseguró, entre lágrimas, Ana Cernusco, la fiel secretaria de todos los tiempos.

Anochecía precipitadamente tras los ventanales que daban al Río. Y anochecía la cara enrojecida del hombre de 64 años que se despedía a la vez de la presidencia y la vida política. Los escasos testigos de la escena observaban en silencio la maldición de otro mandatario radical que debía dejar el poder en forma anticipada.

Chrystian Colombo, el voluminoso y barbado jefe de Ga­binete, mantenía el rostro de vikingo en duelo que imponían las circunstancias; para adentro se preguntaba —no sin cierta socarronería— qué elemento estratégico podía ocultarse, entre desodorantes, peines y colonias, para merecer el cuidado ob­sesivo del político que debía abandonar el gobierno en el día 740, cuando aún le faltaban dos años redondos para cumplir su mandato. Era una retirada mucho más ominosa que la padeci­da por todos sus antecesores: porque no se iba como Hipólito Yrigoyen y Arturo Illia, empujados por un golpe militar. Ni an­ticipaba su salida pocos meses, como su odiado Raúl Alfonsín, para dejar el gobierno en manos de un presidente elegido por el voto popular, como lo era en aquel remoto 1989 Carlos Menem.

Colombo observaba a ese presidente que en mayo lo había humillado, con sus ojos azules más saltones y brillantes que nunca por la vigilia de negociaciones con los justicialistas. Tra­taba de explicarse las razones profundas de la hecatombe. No pensaba, como la calle, que De la Rúa había sido barrido por la explosión social que sacudía al país desde la víspera, aunque la gigantesca, temible pueblada, hubiera jugado un papel im­portante.

Tampoco compartía la visión conspirativa del renunciado ministro de Economía, que más de una vez lo había llamado a las cuatro de la mañana acusándolo tácitamente de colabo­rar —por acción u omisión— con el "complot" que según él organizaba Alfonsín, junto con "su secuaz" Leopoldo Moreau y otros dirigentes del radicalismo y la Alianza. "Lo que pasa es que vos querés ser ministro de Economía", le había cacareado Domingo Cavallo la última vez, con esa voz sarcástica que solía preludiar sus ataques de histeria.

Para el pragmático Jefe de Gabinete, que además era banque­ro, De la Rúa había forjado su perdición al unir su destino a los errores estratégicos del Mingo, a quien Colombo detestaba. La porfía de Fernando en defender al ministro y sus marchas y contramarchas lo habían dejado sin base de sustentación. La oposición peronista no quería asegurarle más la gobernabilidad y el propio partido radical le había bajado el dedo. Colombo, que le reconocía a De la Rúa dotes de "intelectual" y de "ora­dor", pensaba también que ningún presidente había gozado de tanto apoyo y lo había dilapidado generando el vacío bajo sus pies.

Un calor pegajoso acentuaba la incomodidad del momen­to: por el problema de pulmón que Fernando había padecido tiempo atrás, en las oficinas del Presidente no se encendían los aparatos de aire acondicionado. Colombo sudaba la gota gorda, sentía que la barriga hinchada por el cansancio le expulsaba la camisa afuera y que las perneras del pantalón estaban algo arrugadas para el momento histórico que se estaba viviendo. Espiaba al Presidente y lo veía absolutamente lejano, indesci­frable, como corroborando la fama de autista que le había he­cho el programa de Marcelo Tinelli y antes que "Videomatch" el ingenio anónimo de la calle, que lo había bautizado "Luis XXXII", "porque Luis XVI era medio boludo". Se dijo que, tras esa máscara de goma, de la nariz carnosa, prominente y los labios resbaladizos, la mirada perdida del príncipe en desgracia debía proteger un vacío atroz, una autoestima dinamitada, la conciencia de que la historia lo consideraría, por los tiempos de los tiempos, un inepto.

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"El palacio y la calle", el libro de Miguel Bonasso sobre la crisis de 2001

En verdad, De la Rúa quería huir hacia el sueño. Por sus problemas vasculares, por perniciosas alquimias digestivas, por angustias y furias mal domadas, por la magnitud de las deci­siones que había debido enfrentar desde los primeros días del gobierno de la Alianza —que debutó con la masacre del puente de Corrientes— era proclive a dormir mucho, en tiempos cada vez más cortos. El chiste que hacía Jorge Lanata al cerrar su programa televisivo, cuando se acomodaba sobre una almohada y simulaba dormir con una sonrisa beatífica, no tenía nada de gracioso para la servidumbre de palacio, que debía hacerle la cama al Señor cada dos horas. Con sábanas primorosamente limpias y planchadas cada vez, para no encender las iras del político que sonreía con dulzura en los comerciales de campa­ña del norteamericano Dick Morris, pero que en la intimidad solía ser despótico con los subordinados, hasta engendrar un espeso resentimiento en buena parte de los empleados de la Presidencia.

En aquellas horas finales del 20 de diciembre deambuló so­litario por la multitud de salones y despachos del primer piso que había convertido en área exclusiva del Presidente. Minuto a minuto le llegaban las malas noticias, confirmándole que la maldición que pesaba sobre los mandatarios radicales estaba por cumplirse una vez más. En otros ámbitos del Palacio, mu­chos de sus colaboradores habían olfateado, aun antes que él, la inminencia del naufragio y se entregaban con frenesí a poner a salvo sus pertenencias.

Por los pasillos, incluso por la galería que en épocas opulen­tas Roque Sáenz Peña había engalanado con genuinos vitrales art nouveau, circulaban presurosos carritos de supermercado cargados de biblioratos y carpetas. Por las escaleras descen­dían funcionarios apresurados cargando papeles en bolsas de consorcio. En los salones semidesiertos, mientras un televisor que nadie miraba mostraba las cargas de la Montada contra periodistas y manifestantes, ajetreados empleados de camisa arremangada se llevaban las computadoras. Más que la sede del gobierno, el Palacio parecía el cuartel general de un ejército en fuga. Abajo, en el Salón de los Bustos, donde solían hacer declaraciones los visitantes ilustres, la alfombra roja había sido enrollada, como mudo testimonio de que nadie importante in­gresaría ese día a la Casa Rosada. Sólo faltaba, pastando en el Patio de las Palmeras, la vaca que García Márquez encontró en el otoño de su Patriarca.


En uno de los despachos nuevos, Fernando de la Rúa escribió de pie el último discurso de su Presidencia, donde convocaba "al justicialismo, que triunfó en las elecciones del 14 de octubre y tiene mayoría en ambas cámaras, a que participe en un go­bierno de unidad nacional". Lo leyó en la sala de prensa, a las cuatro y diez de la tarde. Condenado a los gags tragicómicos, el Presidente anunció que esperaría unos minutos, a que llegaran "los ministros". Pero sólo fue acompañado en la tarima por dos hombres que no eran del famoso "entorno", Colombo y el vocero Juan Pablo Baylac, y por dos viejos colaboradores que a veces tenían roces con el núcleo más íntimo, el que rodeaba a su hijo Antonio: el canciller Adalberto Rodríguez Giavarini y el secretario general de la Presidencia, Nicolás Gallo. Los otros miembros del gabinete no aparecieron. La ausencia más notoria fue la del ministro del Interior, Ramón Mestre, que estaba furioso con De la Rúa y para esas horas aseguraba a los periodistas que había renunciado. Principalmente, para no hacerse cargo de la represión policial y los muertos.

De regreso a su despacho, el Presidente se cruzó con el mi­nistro de Salud, Héctor Lombardo, amigo íntimo y según el pérfido de Alfonsín, un importante "cajero del delarruismo", que, sin embargo, lo había hundido ante los periodistas el día que tuvo que hacerse la angioplastia, al revelar que padecía ar­teriosclerosis. "Che, dicen que hay muertos. ¿Por qué no averi­guás?" "Voy a llamar al SAME", respondió Lombardo. Y nadie sabrá nunca si lo hizo, porque De la Rúa declararía después ante la justicia que no tuvo información oficial de las muertes hasta cerca de la medianoche.

El justicialismo estaba muy lejos, política y físicamente de la tardía convocatoria a un gobierno de unidad nacional. La corporación de los gobernadores peronistas se había dado cita desde una semana antes en la localidad de Merlo, en la provincia de San Luis, donde el dueño de casa, Adolfo Rodríguez Saá, inauguraba un aeropuerto y renovaba su apetencia de llegar al sillón que estaba dejando De la Rúa.

Hacia San Luis se dirigió poco después Ramón Puerta, el ex gobernador justicialista de Misiones, que presidía el Senado tras el triunfo electoral de octubre. Un poderoso empresario yerbatero, que permanecía soltero a los cincuenta años ("porque me gustan las mujeres y no porque sea puto", como él mismo suele aclarar sin abusar de los eufemismos). Un playboy, que se luce en las revistas del corazón con una chica que fue reina de la belleza de su provincia y tiene, entre otras singularidades, un departamento en el XVIème. arrondisement de París. A De la Rúa le gustaba su cortesía y sus modales campechanos, pero lo sometía —como a todos, por otra parte— a su implacable desconfianza. Colombo lo conocía bien, porque había sido di­rector del Banco Macro cuando Puerta gobernaba Misiones y privatizó el banco provincial, otorgándoselo a la entidad que gerenciaba el Jefe de Gabinete. Ahora Puerta era —gracias a la renuncia de Chacho Álvarez— el Número Dos en la línea de sucesión.

De la Rúa, que ese día fatigó los teléfonos llamando —entre otros políticos— a sus antiguos rivales y actuales aliados, Car­los y Eduardo Menem, habló ansioso con el virtual sucesor, antes de que éste se embarcara en un Cessna Citation rumbo a San Luis.

—Presidente, no se apure, espere el resultado de la reunión —le dijo el misionero con su estilo cachazudo. Y agregó—: Quédese tranquilo, que va a haber un fuerte apoyo a las insti­tuciones.

De la Rúa, que en otras circunstancias hubiera sido más cau­to, dejó traslucir su ansiedad:

—¿A qué hora me van a dar el apoyo?

—Bueno, mire, primero tiene que hacerse la reunión.

—¿Y a qué hora es la reunión?

—Está citada a las siete de la tarde, pero usted sabe que en política siempre se empieza una hora más tarde. Yo, antes de las diez de la noche, le tengo noticias.

El Presidente protestó:

—¡Ah, no! A las diez ya va a ser de noche.

El Número Dos largó la carcajada.

—Y sí, que a las diez va a ser de noche se lo puedo asegurar. Es más, es lo único que le puedo garantizar en este momento.


A partir de ese diálogo, todo se derrumbó.

El vocero Baylac, que no es graduado en diplomacia, fue a la sala de periodistas y confesó:

—Si el peronismo dice que no, De la Rúa renuncia.

El Presidente lo vio por TV, se indignó, lo mandó llamar y le dijo de todo. De inmediato envió al ingeniero Gallo, que tampoco era un as de la retórica, a desmentir al portavoz. Gallo ingresó en la sala de periodistas haciendo honor a su apellido: como su amigo Fernando, pensaba que los medios eran grandes responsables de todo lo que estaba pasando.

Ese mismo 20, al mediodía, habían citado a Gustavo López, director del Comité Federal de Radiodifusión (Comfer) a la Secretaría Legal y Técnica de la Presidencia. Allí Gallo y el secretario legal y técnico, Virgilio Loiácono, le informaron que habían redactado un decreto, basado en el estado de sitio im­plantado pocas horas antes, para censurar algunas imágenes en los canales de televisión. Pero que luego, pensándolo mejor, habían decidido cambiar el decreto por una resolución admi­nistrativa del Comfer. Gustavo López se negó rotundamente y dijo algo que no debió caerles bien a los amigos del Presiden­te, pero especialmente a Loiácono: "La última vez que se hizo algo así fue durante la guerra de Malvinas y lo hizo el general Galtieri".

Loiácono, un hombre bajo, morrudo y canchero, que ama los sacos de tweed y las expresiones fuertes, debió mirarlo con inquina. Un cuarto de siglo antes había sido funcionario de la dictadura militar, en la misma Secretaría Legal y Técnica que ahora comandaba.

Una vez enfrentado a los medios, el ingeniero Gallo informó que el Presidente iba a esperar el resultado del cónclave justicia­lista de San Luis. Uno de los periodistas quiso saber si esa espe­ra no podía resultar fatal, dada la violencia de la represión que llevaba siete horas sin parar. Gallo soltó una frase reveladora:

—Hablemos de cosas lindas.

A las 18:19, el periodista de Canal 13, Gustavo Sylvestre, adelantó que el bloque de diputados justicialistas estaba por pedir el juicio político al Presidente. Cinco minutos más tarde, el mismo Sylvestre le dio la puntilla al anunciar que el titular del bloque radical de senadores, Carlos Maestro, "le habría pedido al Presidente que renuncie porque están agotadas las negocia­ciones con el justicialismo". El diálogo había existido. Y no sólo con Maestro, sino con Horacio Pernasetti, el jefe de la banca­da radical de Diputados. Ambos le habían dicho también que detuviese la represión porque la televisión ya hablaba de cinco muertos en la Capital Federal y de diecisiete en todo el país. En realidad eran seis en la ciudad de Buenos Aires y treinta y tres en todo el territorio nacional. De la Rúa lo rechazó airado:

—No es así, son cuentos.


A las siete de la tarde dijo "esto se acabó" y escribió su re­nuncia de puño y letra. También le pidió al fotógrafo oficial de la Casa Rosada, Víctor Bugge, que le sacara la última foto. Traje oscuro, camisa celeste grisácea, corbata de rayas negras y rojas y una pose que pretende no ser pose: el Presidente hace como que trabaja revisando los papeles de su escritorio.

Sin embargo, en esas horas trabajó a un ritmo más febril que de costumbre. Los sucesores pronto dirían a quien qui­siera escucharlos que De la Rúa no firmaba más de un decreto por día. La numeración correlativa muestra que, en este punto al menos, sus críticas no eran del todo fundadas. El tema, en cualquier caso, no es cuantitativo. La caída tenía que ver con muchas medidas de gobierno que no debieron tomarse nunca.

Virgilio Loiácono, que era un experto en decretos para lega­lizar hechos consumados, le había acercado esa mañana el que llevaba el número 1681/01, por el cual se aceptaba la renuncia del ministro de Economía, Domingo Cavallo. La dimisión más deseada de la Argentina había sido anunciada por el empresario periodístico Daniel Hadad a la medianoche, en su programa televisivo "Después de hora", y causó un júbilo generalizado.

Excepto al propio Cavallo, que no había renunciado. Cuando empezó a reponerse de la sorpresa, atribuyó la falsa renuncia a una maniobra de su archienemigo: el Jefe de Gabinete.

Entre los antecedentes del dúo De la Rúa-Loiácono figuraba un sonado escándalo: el 14 de julio del año 2000, el secretario legal y técnico había redactado un decreto "reservado" (el 564) por el cual se le otorgaban 30 millones de pesos adicionales a la Secretaría de Inteligencia del Estado (SIDE), en manos del banquero Fernando de Santibañes, íntimo amigo del Presidente. El 5 de octubre, "blanqueaba" el "reservado", con el 881 que era "público". Una maniobra para demostrar "transparencia", cuando todas las miradas se dirigían a la SIDE por el escándalo de los sobornos en el Senado.

Ahora, en la despedida, Loiácono había preparado el de­creto 1682/01, por el cual se ponía "a disposición del Poder Ejecutivo Nacional" a 29 personas detenidas por la mañana y algunas ya liberadas por la acción de los jueces. La mayoría de las detenciones se había practicado de manera ilegal y salvaje, como ocurrió con el Defensor Adjunto del Pueblo de la ciudad de Buenos Aires, Gustavo Lesbegueris, a quien la policía había golpeado y arrastrado por los cabellos para meterlo en el ca­mión celular. Como la jueza María Romilda Servini de Cubría había anunciado que impediría la salida del país del Presidente, el ministro del Interior, el secretario de Seguridad y el jefe de la Policía Federal, investigados por la represión, no estaba de más emprolijar esos virtuales secuestros. Para otorgarles aún mayor calidad institucional a los dos decretos, figuraba la firma al pie del ministro del Interior, Ramón Mestre, el hombre que aseguraba a la prensa haber renunciado un día antes.

A las 19:52 un helicóptero despegó de la terraza de la Casa Rosada. Algo que no ocurría desde que Raúl Alfonsín viajó a Campo de Mayo a negociar con Aldo Rico y sus carapintadas. Pero la mayoría, al ver la escena, pensó en Isabel Martínez de Perón, llevada con engaños de mal teatro a la base militar del Aeroparque.

Pero el sexagenario perplejo y despeinado, que logró trepar al helicóptero más pequeño de la presidencia, auxiliado por el teniente coronel Gustavo Giacosa (que ese día debutaba como edecán), no había sido derribado por ningún golpe militar, ni por la exclusiva conjura de su correligionario-enemigo Raúl Alfonsín y su ex rival Eduardo Duhalde, como el derrocado comenzaba a repetirse a modo de consuelo, sino por una com­pleja amalgama de circunstancias que se correspondían con la magnitud y trascendencia de la mayor crisis de la historia argentina.

Compleja amalgama que no excluye, por cierto, la existencia de una conspiración.

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