Guido Lorenzo: “Lo más preocupante en la economía del país es la falta de ideas nuevas”

4 de enero, 2021

Guido lorenzo lcg

Entrevista a Guido Lorenzo Director de LCG Por Enrique Pizarro

El Economista dialogó con Guido Lorenzo, director de la consultora LCG, sobre las proyecciones y expectativas de la economía del país para este año, en el marco de la recuperación tras el desplome de 2020 y en un contexto de crisis sanitaria aún no resuelta en el mundo.

A grandes rasgos, ¿con qué problemáticas se enfrentará el país en 2021?

Imagino un 2021 donde Argentina tendrá siempre dos problemas latentes. El primero son las olas de contagio del Covid, que si bien imagino que no implicarán confinamiento, complican el normal desarrollo. El segundo es la cuestión cambiaria. Actualmente, veo una asimetría, con mayor probabilidad de que vuelva a haber tensiones cambiarias que de reducción de la brecha. Esto se debe a que la economía tiene ratios de monetización ya elevados que convivirán con inflación elevada y pocas reservas por parte del BCRA. Esto impacta de manera muy negativa en el intercambio comercial. A mayor brecha, los costos se incrementan más que proporcionalmente.

¿Qué expectativas tiene sobre la negociación entre el Gobierno y el FMI?

Parte del descontrol que se vivió en 2020 y de los riesgos que vemos en 2021 se deben a la excesiva emisión sin un plan detrás que lo respalde. Un programa del FMI con mayores exigencias a una convergencia fiscal podría reducir este último riesgo que conversábamos. Pero no es gratuito: el FMI se preocupa porque tengas capacidad de repago, que no pierdas reservas y que, por el contrario, acumules. Esto implica suba de tasas, menor impulso fiscal y una recuperación que se ralentiza. El FMI es como el nutricionista: te dice el régimen que tenés que hacer, uno ya lo sabe, pero si no hay voluntad de ponerse en régimen, termina fracasando. A fin de cuentas, va a terminar dependiendo de cómo conjugar las exigencias del FMI con la dinámica de la actividad económica. Tengo entendido que el Gobierno quiere una negociación rápida, pero al mismo tiempo el ministro Guzmán envió al Congreso un proyecto con dos artículos y en uno de ellos dice que el acuerdo y sus modificaciones tendrán que pasar por el Parlamento. Eso puede demorar la cuestión y las futuras modificaciones que son habituales. La intención no es mala y es políticamente astuta, ya que buscan coparticipar las malas noticias. Pero puede generar un rezago interno importante en la implementación de un programa.

¿Cómo ve el frente político de cara a los desafíos económicos que tiene el país?

Lo que más preocupa es la falta de ideas nuevas y no contar con una política antiinflacionaria. Es decir, que vuelvan a surgir las distorsiones del modelo 2011-2015. Es extraño. Alberto Fernández añora la economía de 2003, que era una economía que tenía todo para ganar. Pero la situación cambió tanto local como internacionalmente. La vicepresidenta insiste en el modelo 2011-2015. A la luz de la mayoría de los analistas, incluido el actual ministro de Economía, Martín Guzmán, fue una etapa en la que se hicieron mal las cosas. Por otra parte, el ministro entiende los riesgos, pero no sabemos muy bien el margen de acción para ser determinante en temas concretos. Sólo por poner un ejemplo: aumentos de tarifas. Esa falta de entendimiento y coordinación no genera buen clima en el resto de la sociedad.

A propósito de la tensión cambiaria y de la necesidad de acumular reservas, los datos oficiales indican una marcada reducción del saldo positivo en la balanza comercial durante los últimos meses. ¿Cómo evalúa esta situación y qué prevé hacia adelante?

Estos son los efectos de la percepción de un dólar barato, independientemente de la discusión sobre si hay atraso o no. Si los importadores prevén que tendrán que reponer mercadería a un costo más elevado, anticipan importaciones. También se generan incentivos para importar realmente cualquier cosa, porque es la ventana de acceso a los dólares al tipo de cambio oficial. Así, con diferenciales grandes en el cambio, los esfuerzos siempre se vuelcan a la obtención de rentas en ese mercado. Es una cuestión de incentivos. Por el lado de las exportaciones, sucede un fenómeno similar. Pero esta vez aún no vemos retención pronunciada de la cosecha. Se debe más a un efecto de menores cantidades exportadas, producto de un comercio internacional muy débil aún. Esto, sumado a problemas de oferta propios de la actividad primaria, generaron una caída muy fuerte de productos primarios y manufacturas de origen industrial, en parte relacionadas con el sector primario. Esperamos que el superávit comercial ronde los US$ 13.000 millones. El tema es que este superávit responde más a malos motivos, es decir, caída de importaciones, que a la suba de exportaciones. La presión sobre las importaciones podría aparecer en la recuperación y dólares a este tipo de cambio no hay. Si el Gobierno se empecina en que este tipo de cambio es el adecuado, entonces recurriremos a restricciones cuantitativas, menores cupos, permisos de importación con criterios de disponibilidad de divisas, etcétera.

En las últimas semanas, algunos economistas han estado corrigiendo a la baja la estimación de la caída del PIB de 2020 y al alza la del rebote de 2021. ¿Qué estima usted al respecto?

En 2020, la actividad económica del país se contraerá en torno al 10%. Es una caída fuerte. En términos per cápita, significa retroceder al menos 15 años y con una perspectiva hacia delante poco promisoria. Para 2021, esperamos una recuperación en torno al 6% o 7%, lo cual en parte se debe a un efecto estadístico. Al haber tenido unos meses de recuperación sobre el final del año, en la comparación promedio ya se empieza desde un nivel más elevado.

¿De qué dependerá el nivel de recuperación?

La recuperación genuinamente en situaciones de elevado desempleo viene dada por la demanda, lo cual no implica que ese sea un modelo para Argentina, pero sí dependerá de la capacidad de recuperar demanda interna y externa. La demanda externa depende en parte de cómo evolucione el comercio global. No somos pesimistas en ese sentido, pero tampoco vamos a un boom sojero. El precio actual de la soja neto de los efectos por el clima adverso deja un diferencial que no es representativo para la economía local. La demanda interna dependerá de los salarios, jubilaciones y otros ingresos disponibles de las familias en términos reales.

En ese sentido, ¿se observarán mejoras reales en los ingresos?

Nosotros tenemos una preocupación muy grande respecto a una aceleración inflacionaria en conjunto con la inacción del Gobierno por la falta de un plan antiinflacionario. En los últimos años se registró un fenómeno interesante: pesó más la aceleración/desaceleración de la inflación para determinar la baja/suba de salarios reales. Fue algo que influyó más que la actividad o cualquier otro efecto. La masa salarial cayó tanto por salario real como por cantidad de trabajadores. El empleo esperamos que no sea muy dinámico, teniendo en cuenta que muchas empresas usan el trabajo que acumularon durante 2020 para hacer frente a la recuperación. Si el salario es “sorprendido” por una aceleración de precios, también caerá. Aunque no haya sorpresa inflacionaria, si no hay capacidad de negociar salarios en base a la inflación futura en lugar de la pasada, será difícil. Es por ello que esperamos principalmente un año de recuperación, pero bastante menos promisoria como para recuperar lo perdido este año.

¿En qué forma estima que se dará esta recuperación?

La recuperación ya empezó: la estamos viviendo. Es una recuperación con distorsiones. El sector de la construcción se vio beneficiado por la caída de los costos en dólares medidos al tipo de cambio relevante, es decir, el dólar libre. Ese sector será uno de los que impulsará. Aunque no se recuperen en términos reales los ingresos de las familias, la inflación más elevada fomenta el gasto y puede ser que veamos un poco más de actividad en el sector servicios. La inversión, que cayó a niveles mínimos históricos en términos del PIB real, no vemos que motorice la actividad más que por el efecto de la construcción (impacta directamente en este agregado).

Un reciente reporte de Came señala que durante 2020 más de 90.000 locales comerciales del país cerraron de manera definitiva. ¿Prevé reactivación durante este año?

Es un dato que duele, porque esos comercios generan empleo donde posiblemente más hace falta. Hay una parte de la pandemia que se traduce en insolvencia de las empresas por no poder vender. Por más política monetaria expansiva, no es un tema de liquidez. Son negocios que no soportaron o ahora no son rentables. Hay margen para que exista una reversión de este fenómeno, pero lamentablemente hay que pensar en que muchos de esos comercios deberán reconvertirse. Algunos hábitos de consumo han sido modificados. Es interesante notar cómo la mayor regulación del mercado laboral, a veces con buenas intenciones de querer defender a los trabajadores (prohibición de despidos, doble indemnización, etcétera), en ocasiones juega en contra. Quizás a veces es mejor darle más flexibilidad al sector privado, de manera tal que pueda reducir jornadas, suspender trabajadores, pero no cortar una relación o vínculo laboral. De ninguna manera planteo que Argentina debe ir a ese esquema de desregulación absoluta, pero es una enseñanza y un debate que debemos darnos. Los países con más flexibilidad lograron revertir más rápido el desempleo y tuvieron menos cierres de empresas y comercios. La forma en la que puede volver es si existe demanda pujante. En contextos como los actuales, uno invierte si aparece demanda en los mostradores de los comercios. Así y todo, la incertidumbre y la falta de rumbo generan un efecto de “esperar y ver”. Hay que ver cómo se conjuga esa recuperación y la fuerza que tiene en relación a la falta de certidumbre acerca del rumbo del país.

En esa misma línea, ¿cómo estima que seguirá la dinámica del empleo este año?

El empleo se recuperará debido a la reactivación de la economía. Pero muchas empresas generaron ahorro de fuerza de trabajo (“labor hoarding”) debido a que los costos de expulsión, recontratación y capacitación, entre otros, son elevados. Así que vemos un mercado de trabajo que no sintió con toda la fuerza el desempleo, aunque igualmente fue una crisis fuerte. Si uno considerara que la población que busca empleo se mantuvo en los mismos niveles de 2019, durante el primer semestre de 2020 el desempleo hubiese sido superior al 20%. De a poco, mientras se recuperan las tasas de actividad, podremos pensar que la recuperación dejará aún un desempleo cercano al 14% si la economía sigue con este ritmo. Pero, reitero, la economía argentina tiene dos piezas que le cantan jaque en forma muy seguida: la cuestión sanitaria y la cambiaria.