¿Se viene el bolsonarismo sin Bolsonaro?

10 de abril, 2020

Por Santiago C. Leiras Politólogo y Profesor Asociado Regular de la UBA

 

La historia política de Brasil, a partir de la tercera década del Siglo XX y las primeras décadas del Siglo XXI, aparece atravesada por la emergencia de liderazgos de carácter disruptivo y con fuerte impronta antipolítica en ciclos de aproximadamente 30 años: tales han sido los casos de Getulio Vargas en 1930, Janio Quadros en 1960, Fernando Collor de Mello en 1989 y Jair Bolsonaro en 2018.

 

El destino de los liderazgos antipolíticos en Brasil ha estado caracterizado por un final poco feliz: suicidio de Vargas en 1954, renuncia en el caso de Quadros en 1961, juicio político y destitución a Collor de Mello en 1992 y nos encontramos frente a un imprevisible proceso de consecuencias inciertas en el caso de Bolsonaro.

 

¿Cuáles son las principales lecciones que nos brinda esta experiencia antipolítica en Brasil?

 

  1. Las estrategias antipolíticas pueden dar lugar a la conformación de coaliciones electorales exitosas, pero resulta dudoso que las mismas puedan tener traducción efectiva en la construcción de una coalición de gobierno.

 

  1. La ausencia de apoyos estables en los ámbitos de representación territorial –Congreso, por ejemplo- o funcional –jugadores con veto institucional como las Fuerzas Armadas- conspira contra las posibilidades de consolidar un tipo de liderazgo y una estrategia antipolítica.

 

  1. La concepción mesiánica presente en los líderes antipolíticos y una visión radicalmente crítica de la política partidaria –débil o fuertemente- institucionalizada que la acompaña inhiben la posibilidad de conformar coaliciones estables de gobierno.

 

¿Cuál ha sido el aprendizaje político del presidente de Brasil respecto de las enseñanzas aquí señaladas? Parece que poco.

 

Con el trasfondo de la emergencia sanitaria internacional, provocada por la pandemia del Covid-19, el presidente Bolsonaro ha adoptado por lo menos de manera inicial una estrategia de minimización y subestimación del problema a tono con aquella adoptada por Donald Trump en Estados Unidos, Boris Johnson en Gran Bretaña y Andrés Manuel López Obrador en México, entre otros mandatarios.

 

 

Esta actitud tuvo manifestación a través de sus definiciones del coronavirus como un “resfriadito”, o la participación en actos públicos contraviniendo todas las recomendaciones ya de público conocimiento –en uno de los últimos actos el presidente aparece estrechando sus manos con los asistentes al acto-. Todo ello en el marco de un conflicto con el Congreso, los principales medios de comunicación, una parte de las propias Fuerzas Armadas (incluido su representante en la jefatura de la Casa Civil), los gobernadores federales y un más reciente conflicto con su ministro de Salud, entre amenazas de destitución de Luiz Mandetta y, finalmente, el acatamiento de las directivas en materia sanitaria por parte del primer mandatario, en medio de fuertes presiones desde el ámbito legislativo y castrense para evitar la destitución del titular de la cartera de salud y políticas de aislamiento social llevadas a cabo por los jefes de los ejecutivos a nivel estatal.

 

Curiosa paradoja: la estrategia de aislamiento político de Bolsonaro resultó ser la contracara del rechazo a las indicaciones de mayor aislamiento social para enfrentar la pandemia.

 

¿Cuáles serían los posibles desenlaces de la crisis política en Brasil? Renuncia, destitución mediante algún golpe clásico, juicio político, rebelión callejera o un temprano inicio de la carrera por la sucesión presidencial de 2022: esta última alternativa parece ser la más acorde con un panorama de bolsonarismo sin Bolsonaro

 

La renuncia no parece estar en los planes del Presidente y, por lo tanto, esta alternativa solo sería factible en un contexto de aislamiento político mayor y presión directa, pero sin intervención directa, para este desenlace por parte de las Fuerzas Armadas (“coupvolution”, como en Bolivia durante el 2019 pero sin rebelión callejera).

 

Ni el golpe clásico ni el impeachment, en las actuales condiciones de emergencia sanitaria, parecen factibles. Por las mismas razones, la rebelión callejera no parece representar una alternativa viable.

 

Solo quedaría como salida un temprano inicio de la puja por la sucesión presidencial con vistas al 2022: muchos aspirantes se encuentran en la línea de largada esperando la señal: el gobernador de Rio de Janeiro Wilson Witzel, el ministro de Justicia Sergio Moro, el gobernador de San Pablo Joao Doria, el vicepresidente Hamilton Mourao, la lista continúa.

 

¿Y la reelección de Bolsonaro?

 

Señores, hagan sus apuestas.

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