Vladimir Putin se propone fungir como líder vitalicio

28 de enero, 2020

putin rusia

Por Atilio Molteni Embajador

 

El 15 de enero, el actual presidente de la Federación Rusa, Vladimir Putin, hizo notar, mediante un inesperado anuncio oficial, que no estaba dispuesto a interrumpir sus servicios al país después de 2024, año en el que concluye su actual mandato. Esa noticia dejó flotando una clara fragancia a liderazgo vitalicio, algo que no resulta original en la vida política de muchas naciones asiáticas o en ciertas dictaduras de Africa y América Latina. Esa fue, también, la sorpresa que les regaló a los oyentes del tradicional Informe a la Duma (el Parlamento) sobre el estado del país, en cuyo texto insertó un proyecto de reforma constitucional que modifica en forma sustantiva la estructura política y de gobierno de la Madre Rusia.

 

Putin lleva veinte años en el poder. Si sus propuestas son aceptadas, preservará el control de los acontecimientos rusos por mucho tiempo, dejando en la nada la discusión de quien lo sucederá o la pérdida de poder que se suele acoplar a toda transición.

 

Leamos el hecho con un poco de historia. En diciembre de 1999 Boris Yeltsin se vio forzado a presentar su renuncia por razones de salud y por la presión interna originada en la aguda crisis política y económica del momento, tras gobernar y trastabillar seis años en el ejercicio del poder presidencial por medio de una acción decidida contra los parlamentarios sublevados y un referéndum popular que aceptó su propuesta.

 

Tras la tambaleante salida de Yeltsin, y con bajo perfil inicial, Putin se hizo cargo, interinamente, de la Presidencia. Antes de dar ese paso había sido Primer ministro desde agosto, cuando llegó escalando posiciones en varios cargos, entre ellos como jefe del FBS, (organismo de inteligencia que sustituyó a la KGB, una especie de AFI rusa, salvando las distancias). En marzo de 2000, el apoyo oficial le permitió ganar la elección presidencial con el 53% de los votos. Dicho proceso estuvo signado por un visible marco de inestabilidad e infectado por los conflictos bélicos que entonces se registraban en Chechenia.

 

En 2004 Putin fue reelecto para un segundo término hasta 2008, cuando Rusia ya estaba en un período de sustancial desarrollo económico y cierta apertura hacia Occidente. Tan es así, que sólo las disposiciones constitucionales que prohibían un tercer mandato consecutivo, hicieron que se armara un tinglado en el que se ungió a Dimitri Medvedev, un protegido de Putin, quien a su vez lo designó como Primer ministro, rango oficial que le permitió conservar el poder real, en un sistema en que el Ejecutivo es la base del orden interno y donde no existen otras estructuras de relevancia. En 2012 se acabó la ficción y Putin volvió a ser presidente de Rusia, entonces por seis años, en virtud de una reforma de la Constitución que le dio más facultades y bajo una campaña que se caracterizó por una crítica constante a los Estados Unidos y al presidente Barack Obama. Tanto se consolidó la figura de este ex (¿?) miembro de la KGB, que en 2018, fue reelecto por el 77 % de los votos, lo que se debió al apoyo gestionado por su Partido “Rusia Unida”, cuya dirigencia logró el respaldo de otras organizaciones políticas.

 

Con estos saltos de calidad para cierto sectores del frente interno, Putin convirtió a Rusia en lo que se puede llamar “un espectáculo protagonizado por un hombre orquesta” pues, bajo su mando, y el de colaboradores de confianza como Medvedev, el Kremlin pudo decidir a voluntad y prácticamente sin limitaciones, con un margen de acción parecido al que logró, con otras modalidades, José Stalin. Casi todos los analistas consideran a Putin un personaje autocrático y personalista, alguien libre de adicciones ideológicas, que sólo se guía por su instinto político y su experiencia en los organismos de inteligencia. Un hombre que sólo rinde culto a un exacerbado populismo. Gradual y constantemente ese mismo personaje logró reforzar su autoridad y popularidad (acorde con la tradición rusa que da preeminencia al Estado y asigna una función decorativa la separación republicana de poderes). En esa perspectiva se dedicó a controlar la economía con una versión modificada de capitalismo del Estado; con ciertos rasgos de desarrollismo y con un persistente diálogo con los grandes grupos económicos. También se caracterizó por su clara vocación de consolidar la solvencia de las fuerzas armadas y modernizar los inventarios de armas estratégicas y de otro carácter, así como el papel estelar de los órganos de inteligencia. Obviamente, a Putin nunca le pasó por la mente el ser fanático de las libertades de prensa y de asociación. En el campo internacional, bajo su mando el Kremlin se orientó a concretar un proceso de hegemonía regional, con la idea de colocar a Rusia a la cabeza de los países que constituyeron el precedente imperio soviético –incluyendo a las naciones del Báltico–, un proceso que abarcó la secesión y absorción de Crimea por la vía militar y el apoyo a los secesionistas del este y sur de Ucrania.

 

Casi todos los analistas consideran a Putin un personaje autocrático y personalista, alguien libre de adicciones ideológicas.

 

Adicionalmente, el Kremlin expandió su presencia militar y geopolítica en Medio Oriente, donde logró devenir en una especie de árbitro del conflicto sirio, país con el que Rusia tiene una vieja relación, e intenta una acción parecida en Libia, sin descuidar los nexos con potencias regionales como Turquía, Israel y Arabia Saudita, que son aliados tradicionales de Estados Unidos.

 

Esas reivindicaciones territoriales y áreas de influencia, lo llevaron a un muy tirante vínculo con la Unión Europea, región que viene aplicando diversa clase de sanciones sobre Moscú, hecho que rompió la unidad de propósitos de Bruselas, por cuanto el presidente Emmanuel Macron de Francia encabeza la idea acercase a Rusia e interrumpir el presente nivel de hostilidades.

 

Todo eso sucede en un muy mal momento, porque la identidad de la UE se ve afectada por el Brexit y el previsto alejamiento de la canciller Angela Merkel.

 

Lo cierto es que Putin también explota hábilmente las diferencias entre los países de la OTAN, la actual fractura de la Alianza Transatlántica con Estados Unidos y la falta de una estrategia coherente del presidente Trump, quien no participa del criterio bipartidario de su país a la hora de contener a Moscú.

 

Tampoco es anecdótico el nuevo y formidable desarrollo de vínculos euro asiáticos como la amplia alianza de Putin con Xi Jinping (quienes hasta poco tiempo atrás eran tradicionales adversarios), donde China se abre paso con gran inteligencia y sutileza de recursos.

 

Los cambios que Putin desea introducir a la Constitución de su país, una vez adoptados a nivel parlamentario y sometidos a un referéndum popular, consisten en:1) adoptar el enfoque de que tanto los futuros primeros ministros como su gabinete, sean elegido por el Parlamento (actualmente ello es una mera facultad presidencial); 2) Los antedichos funcionarios no podrán desempeñarse por más de dos términos consecutivos; 3) se pondría en práctica el criterio de otorgar un mayor poder al Consejo de Estado, hoy un órgano consultivo de escasa relevancia; 4) impondrían nuevas restricciones a los candidatos presidenciales, quienes no podrían ser elegibles de haber vivido en el extranjero por más de veinticinco años o tener un pasaporte o un permiso de residencia de otro país, condición que eliminaría a algunos adversarios de Putin; y 5) se otorgaría preeminencia al orden jurídico ruso sobre el Derecho Internacional, para evitar los cuestionamientos que hoy son viables en casos de violación de derechos humanos considerados por el Consejo Europeo y el Organismo de Seguridad y Cooperación en Europa, de los que Moscú es integrante oficial.

 

Tras el anuncio, tanto el Primer ministro Medvedev como su Gabinete renunciaron para facilitar las reformas, movida que no supone haber perdido la confianza presidencial, ya que Putin lo nombró vicepresidente del Consejo de Seguridad que él preside (una especie de Politburó), lo que le abriría la posibilidad de retornar a la presidencia. En su lugar fue designado Mikhail Mishustin, un burócrata que dirigió y modernizó el sistema de recaudación de impuestos (la AFIP local). Este último no es políticamente significativo pero conoce las características y el modo de accionar de los grandes grupos económicos. Paralelamente tiene la experiencia necesaria para diseñar políticas orientadas a captar capitales chinos y del Medio Oriente, un insumo necesario para la economía de su país.

 

El cambio de ministros también facilita la aplicación de nuevas políticas económicas con el fin de resolver los problemas sensibles existentes los que, según Putin, son consecuencia de los precios de la energía –la principal fuente de ingresos del país– y de las sanciones impuestas tras la anexión de Crimea. Asimismo, la reorganización es de paralela utilidad para formar una nueva generación de líderes, una frecuente demanda popular, y para acelerar las acciones vinculadas con la modificación de la edad jubilatoria.

 

Los analistas imaginan que las propuestas le darán a Putin diversas opciones para continuar ejerciendo el poder cuando deje la presidencia en 2024, un cargo que experimentará un menoscabo al redistribuirse sus actuales facultades entre varios órganos del Estado. El Presidente podría verse atraído a ser nuevamente Primer ministro (como lo hizo entre 2008 y 2012), para lo que necesitaría ser electo por el Parlamento, cuya dirección opera bajo el control de su Partido “Rusia Unida”. Alternativamente podría intentar ser Presidente de ese cuerpo legislativo o estar a cargo del Consejo de Estado, cuyas funciones ejecutivas internas y externas habrán de adquirir mayor importancia. Todo ello indica que la nueva balanza del poder le puede otorgar diversas alternativas para seguir determinando las políticas rusas y a la comunidad internacional la oportunidad de seguir lidiando con el activismo del jefe del Kremlin.

 

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