Voto bolsillo, descubrimientos tardíos, la grieta productiva y un antecedente olvidado

30 de octubre, 2019

urna elección primarias

Por Alejandro Radonjic

 

 

Pesos, dólares e identidades. ¿Corrió agua debajo del puente entre 2015 y 2019? Sí, pasó de todo. Solo una: el dólar (oficial) costaba menos de $10 y hoy está arriba de $60. Sin embargo, si un extraterrestre observara la evolución de las preferencias electorales en el cuatrienio, diría que las cosas no cambiaron tanto. Las elecciones son como una tomografía computada de una sociedad y las del domingo pasado mostraron que cambió el contexto, pero no el paciente.

 

En el balotaje del 22 de noviembre de 2015, Mauricio Macri obtuvo 12,9 millones de votos mientras que, el domingo pasado (que operó casi un balotaje), estuvo en 10,5 millones. Esta última cifra corresponde al escrutinio provisorio. Si los electores no hubieran tenido las opciones de las terceras fuerzas de Roberto Lavagna, José L. Espert y Juan J. Gómez Centurión, hubiera sido muy probable que Macri estuviera cerca de los 12 millones de otrora. Naturalmente, perdió adherentes desde 2015 por la frustración de las expectativas que suscitó entonces y la fallida gestión económica posterior, pero no tantos como se hubiera pensado dada la magnitud de la crisis económica.

 

Según las investigaciones del politólogo uruguayo Daniel Chasquetti, que compartió con El Economista, Macri fue el segundo Jefe de Estado de América Latina que fue en busca de su reelección y falló.

 

En otras palabras, en ese universo, el voto-bolsillo no pesó tanto como las identidades políticas que se pueden definir como antikirchneristas, que es la corriente mayoritaria del peronismo actual, como atributo contrario. O republicano, como virtud asertiva. El voto-bolsillo es importante, por cierto y, en un contexto de alta paridad relativa, define de qué lado cae la moneda, pero no tiene una importancia ni una capacidad de traducirse en votos tan intensa. Si la oferta política (y sus líderes) continúa unida hacia adelante, es probable que también se mantenga la expectativa de alternancia, más allá de una economía que, como siempre ocurre por estas pampas, es volátil.

 

En el campamento pankirchnerista, la situación nominal es similar a la de 2015. Mientras que Daniel Scioli obtuvo 12,3 millones en aquel balotaje de 2015, Alberto Fernández estuvo, el domingo pasado, en 12,5 millones. Casi lo mismo: 200.000 votos más. Una diferencia que crecerá con el conteo definitivo, pero que no será mayúscula. Más allá de la magnitud de la crisis, transformó pocas voluntades. Más teniendo en cuenta que la evocación de los años del kirchnerismo fueron más generosos con el bolsillo de todos. Más teniendo en cuenta que sumó a Sergio Massa al redil. En 2015, el tigrense militaba su Frente Renovador y sus votantes de la primera vuelta se fueron, en su mayoría, a Macri en el balotaje. Y daría la impresión de que allí se quedaron.

 

En el balotaje de 2015, Macri obtuvo 12,9 M de votos mientras que, el domingo, estuvo en 10,5 M: sin Lavagna, Espert y Gómez Centurión, hubiera sido muy probable que estuviera cerca de los 12 millones de otrora.

 

Un descubrimiento (tardío). Vaya si las derrotas pueden servir, a veces. Tras el rotundo fracaso en las PASO, el Gobierno descubrió la política. Coinciden en eso varios politólogos. Los números electorales muestran que Mauricio Macri, con un gran compromiso físico y una flexibilidad no menor para dejar atrás los manuales previos, acertó en la táctica posterior a las PASO y tuvo premio: sumó más de 2 millones de votos en un contexto económico crítico mientras que Alberto Fernández apenas agregó menos de 300.000 a su poroteo.

 

El #SiSePuede tour y la ocupación de la calle fueron los estandartes que permitieron arrimarse al bochín y, más allá de la derrota, irse con la frente en alto y sin dejar un cheque en blanco. “El macrismo descubrió la utilidad de la movilización partidaria y los operativos de fiscalización electoral. Ahora dicen que pondrán en valor sus bancas en el Congreso como oposición. O sea, aprendizaje de cómo ser un viejo partido de la vieja política”, reflexionó María Esperanza Casullo en Twitter.

 

La otra polarización. La polarización fue fortísima y los dos conjuntos de la grieta sumaron casi el 90% de las preferencias el domingo pasado. Un análisis inevitable es cruzar las preferencias electorales con ciertas variables económicas.

 

Macri se impuso en la región central del país: además de la Ciudad, ganó Entre Ríos, Santa Fe, Córdoba, San Luis, Mendoza, y también el interior bonaerense. Es la región más rica del país; la producción agroindustrial, con foco exportador, es la actividad saliente y el empleo privado sobresale sobre el público. Allí se generan los dólares que el país tanto necesita. En cambio, Fernández batió en el conurbano bonaerense, adonde la actividad privada está más volcada a la demanda interna (muy golpeada desde 2018) y el empleo público (o las transferencias monetarias directas) sobresalen en relación con los ingresos de mercado. Como suele ocurrir con el peronismo, también hizo punta en el norte del país, así como en la Patagonia profunda. Así, se puede sostener que Argentina tiene una polarización productiva.

 

Macri se impuso en la región central, en la que se generan los dólares que el país, y el nuevo Gobierno, tanto necesitará, pero la demanda de las otras regiones, donde Alberto cimentó su triunfo, puede ser incompatible.

 

Será un dilema para Alberto dada la escasez de dólares imperante, por un lado y las urgencias y demandas sociales sociales, por el otro. Grosso modo, la franja central del país reclamará dólar elevado (más competitividad), precios libres (se puede sumar a una expectante Vaca Muerta a ese reclamo) y menos presión impositiva mientras que las otras pedirán un dólar más bajo (equivale a mayor capacidad de consumo en dólares), precios más bien regulados y un Estado más activo a la hora de distribuir e inflar la economía.

 

Una excepción (que no fue tanto). Se habló poco el domingo porque se descontaba la victoria de Fernández y porque la noticia fue el acortamiento de la brecha entre que logró Macri, pero la derrota del Presidente fue algo que pasa muy poco en el mundo. Un aguja en un pajar.

 

Según las investigaciones del politólogo uruguayo Daniel Chasquetti, que compartió con El Economista, Macri fue el segundo jefe de Estado de América Latina que va en busca de su reelección y falla. El otro fue Hipólito Mejía en República Dominicana en 2004. La evidente cancha inclinada que tienen los oficialismos fue más que compensada por una gestión muy pobre en las consideraciones populares. Sin embargo, el algo más de 40% que obtuvo Macri permitió que se hable más de su recuperación que de su insólita derrota. Con una economía en crecimiento o incluso neutral, lamentaban algunos amarrillos en la noche del domingo, Macri hubiera tenido algunos puntitos extra y carretel hasta 2023.

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