Los consensos acerca del posible diálogo entre EE.UU. e Irán

3 de septiembre, 2019

Los consensos acerca del posible diálogo entre EE.UU. e Irán

Por Atilio Molteni Embajador

 

Al concluir la Cumbre del Grupo de los Siete (G7) que se efectuó en Biarritz, el Presidente Donald Trump elogió la iniciativa de su colegay anfitrión francés, Emmanuel Macron, quien trajo al convite un audaz e improvisado diálogo sobre las relaciones con Irán. Tal movida originó una notable revisión del enfoque estadounidense sobre este conflicto, ya que el Jefe de la Casa Blanca sostuvo que su gobierno estaba abierto a la posibilidad de organizar una reunión con el presidente iraní, Hassan Rouhani, en oportunidad de efectuarse la apertura de la Asamblea General de la ONU. Quizás el tercer martes de este mes.

 

Ese desarrollo fue precedido por conversaciones en las antesalas del G7, donde el ministro iraní de Relaciones Exteriores, Mohammad Javad Zarif dialogó con Macron y con representantes del Reino Unido y Alemania, sobre las que el mandatario francés informó más rápido que inmediatamente al mismo Trump. Este último aprovechó la oportunidad para declarar que su gobierno no promueve el cambio de régimen en Teherán, sino la mera intención de suscribir un nuevo acuerdo sobre bases más claras y simples, comollevar a la práctica la consigna destinada a eliminar las armas nucleares y los misiles balísticos estirando, con esa finalidad, los plazos que actualmente regulan el programa nuclear iraní, para que éstos superen los establecidos en el Acuerdo Nuclear de 2015, del que Washington se retiró el año pasado. Para lograr tal objetivo, el ocupante la Oficina Oval imagina que las gestiones podrán convivir con su actual política de máxima presión mientras Teherán aplica los nuevos o parecidos enfoques de Washington. Sobre todo esto, la moneda está en el aire.

 

En respuesta a lo expresado por el Jefe de la Casa Blanca, el Presidente Rouhani dijo que su objetivo era resolver los problemas de su país, motivo por el estaba dispuesto a reunirse con cualquier persona que pudiera contribuir a obtener tal resultado, siempre que el proceso incluya como condición el levantamiento de las sanciones actualmente en vigor.

 

La iniciativa de Macron se asemeja a un arreglo concretado en 2003, cuando Irán aceptó negociar con la UE, representada entonces por los enviados de Francia, Reino Unido y Alemania. En esa oportunidad sólo fueron necesarios dos años de gestiones para suscribir una serie de acuerdos relacionados con el programa nuclear iraní, luego superados, en febrero de 2006, cuando la Junta de Gobernadores del OIEA decidió enviar el caso de Irán al Consejo de Seguridad de la ONU, donde se gestaron una serie de sanciones internacionales que, con diversas variantes, y cambios de enfoque, persisten hasta nuestro días.

 

Uno de los incentivos que tendría Irán para retomar el diálogo con Washington, es que Macron propuso a Teherán una línea de crédito de US$ 15.000 millones para cubrir la falta de compras de petróleo por parte de Europa, iniciativa que parece contar con el acuerdo de Trump. Sin embargo, los interlocutores de esta nueva propuesta deberían tener en cuenta que el presidente Rouhani representa sólo a un sector de las distintas facciones que componen su Gobierno y siempre estuvo a favor del dialogo con la comunidad internacional para concluir el aislamiento de su país. Con esas ideas logró el poder en su primera elección a la presidencia en 2013 y consiguió renovar su mandato en mayo de 2017. Otra cosa sucede con el ayatolá Khamenei, que es la autoridad suprema de Irán; conlos dirigentes conservadores “duros” y con la Guardia Revolucionaria, contingentes quenunca renunciaron al enfoque que se sustenta en la resistencia a Occidente como uno de los principios básicos del régimen islámico. Estos esenciales factores de poder tangible suelen respondercon máxima energía contra quienes no demuestran suficiente animosidad ydesconfianza hacia Washington, lo que respaldan con casi cuarenta años de confrontación.

 

Ante el largo proceso que demandó la suscripción del acuerdo de 2015 (o PAIC), las autoridades de Teherán sostuvieron la necesidad de generar un estatus quo diplomático que no afecte el desarrollo de su capacidad nuclear, como fórmula para responder al mesianismo religioso, al nacionalismo persa y a una oposición radicalmente antagónica al orden mundial establecido, ya que en ello se basó el histórico proceso revolucionario que consagró al régimen. Sólo si tan poderosas fracciones extremistas hicieran un repliegue táctico o temporal, al no quedar otra opción, sería viable un arreglo negociado de valor real. En 2015 el régimen de sanciones internacionales estaba afectando severamente la economía iraní, puesto que la Administración Obama fue capaz de poner en práctica, desde 2012, una acción diplomática coercitiva que logró aceptación en todos los miembros permanentes del Consejo de Seguridad y en la Unión Europea(UE), un hecho sin precedentes en la comunidad internacional.

 

Pero la presente situación parece afectada por dos elementos que tienden a modificar 0el balance de poder en la estrategia de Irán hacia los Estados Unidos. En primer lugar, la actitud desafiante que exhibe con sus acciones bélicas en el Golfo Pérsico y en otros países de la región, además del gradual desconocimiento de sus obligaciones que emergen del acuerdo con el PAIC, aunquelo hace sin mostrar señal alguna de que piensa retirarse del mismo. En segundo, por la notable voluntad de negociar con Washington bajo ciertas condiciones y garantías, como el levantamiento de las sanciones que dañan su economía y el flujo de las inversiones extranjeras que podrían tener interés en su mercado. Teherán actúa con la expectativa de que Trump busca golpes de efecto para aumentar sus posibilidades de reelección en 2020, bajo la premisa de que él puede lograr un acuerdo que permitasuperar las deficiencias del PAIC que aceptó Barack Obama.

 

Además, en otros planos también suceden cosas. Loshechos y especulaciones precedentescoinciden con la visible intensificación de los ataques israelíes a Irak, los que comenzaron el 19 de julio tras un intervalo de treinta y siete años (los que habían cesado en 1982) y, más recientemente, en Siria y Líbano, contra proxies iraníes y contra emplazamientos de misiles. Todo ello configura un notable escalamiento de la actividad bélica respecto del nivel de las acciones que se vieran durante la guerra civil en Siria, al ampliar sin aviso conocido las características y el teatro de operaciones territorial. Ello sucedía en consonancia con la amplia publicidad otorgada por el gobierno judío al objetivo de neutralizar cualquier adición de capacidad misilística destinada al Hezbolá que pueda emplearse para atacar a Israel. Por otra parte, es obvio que esas acciones se utilizan para dar músculo a la campaña del primer ministro Netanyahu en las nuevas elecciones parlamentarias que tendrán lugar el 17 de septiembre, donde él trata de demostrar que su capacidad es única para dar seguridad a la población.

 

Desde ese último punto de vista, la concreción de un diálogo significativo entre Washington y Teherán no sería un elemento positivo para su retórica tradicional anti-iraní y su programa nuclear. Desde que se suscribió el PAIC, en julio de 2015, la posición de Irán en Medio Oriente se fue consolidando sin pausa y con mayor firmeza, pues su colaboración con el régimen de Bashar Al-Assad le permitió vencer a sus oponentes y reconquistar gran parte del territorio que habíancontrolado el Estado Islámico y otros grupos sunitas. En paralelo, su influencia en el Líbano le permitió catapultar la integración del Hezbolá en el gobierno de Beirut y conservar su capacidad militar, la que ahora se extiende a Siria y tiende a gobernar las gestiones orientadas a fortalecer su capacidad misilística. En Yemen, Teherán aumentó su colaboración con los huties, un grupo que ataca sin pudor a las fuerzas sauditas, mientras financia en forma creciente a Hamas y a la Jihad Islámica en la Franja de Gaza. Ello no impide que en Iraq los grupos chiitas favorables a Irán, sean cada día más fuertes y ello facilite el control de un importante sector del Parlamento, proceso que sigue en marcha a pesar de la presencia y colaboración de Washington con el gobierno central.

 

Las acciones del presidente Trump frente a Irán están guiadas por la noción de presionar al límite al gobierno de Teherán hasta lograr que sus autoridades se convenzan de las ventajas y necesidad de encarar la nueva negociación. Una parte de esa movida se sustenta en la hipótesis de que las sanciones económicas tienen el efecto de menguar los recursos financieros que hacen posible su presencia bélica y táctica en la región. Sin embargo, Teherán hasta ahora demostró enorme capacidad de desarrollar una guerra asimétrica, cuyos resultados no guardan vínculo exclusivo con la inversión en las acciones respectivas. Por ello, la importancia de la reunión del G7 en Biarritz está directamente relacionada con la viabilidad de dar el primer paso para restablecer la estructura de cooperación internacional con la UE, algo que en su momento le permitió a Washington llevar adelante un proceso diplomático basado en sanciones comprensivas que fueron puestas en vigencia con el objetivo de llevar al gobierno a la mesa de negociaciones, no en desmedro del pueblo iraní.