La verdadera agenda

20 de octubre, 2017

Dólar dólares

 

Por Carlos Leyba

 

Hasta la aparición de un cadáver en el río Chubut, que bien podría ser el de Santiago Maldonado, el Gobierno lideraba la agenda política.

 

Tenía la iniciativa, el entusiasmo judicial y las manchas delictivas que en el camino dejaron los funcionarios K.

 

En ese clima, Mauricio Macri anunció que “los cómplices de la década pasada van a terminar todos presos”. Si fueran balas de verdad, y no de fogueo, temblarían los árboles genealógicos, así como las vinculaciones sociales y societarias.

 

Pero después de esas palabras, un cuerpo flotando ocupó la primera plana de los medios y cambió la inclinación de los ojos del oficialismo que pasó a mirar para abajo. Eso es perder, al menos por unas horas, la iniciativa.

 

La última tapa de entusiasmo que lideró el oficialismo fue el 53º Coloquio de IDEA en la que los ejecutivos se pusieron de pie aplaudiendo a la verdadera “estrella polar” del PRO.

 

La imagen de María Eugenia Vidal, la mejor del barrio, tuvo un alto impacto mediático: dice más que mil palabras. No tiene nada de CEO.

 

La “estrella polar” es la luz que, en la incertidumbre de la noche, señala a los navegantes la dirección del Norte. La de Vidal es la imagen más deseada, sacrificio y austeridad, que el PRO quiere proyectar de “su” política. La oferta de servicio, casi a medida, es el nuevo Norte de “la política”: te escucho.

 

Pero el Río Chubut cayó como un telón que obliteró esa imagen y la campaña se paralizó: una aparición indeseada y difícil de explicar.

 

Seguramente el misterio, la incertidumbre, habrá de opacar los entusiasmos de campaña. Pero atención, lo ganado difícilmente se pierda en la contienda electoral, pero Cambiemos no sumará un voto más desde esa aparición sin explicaciones.

 

Macri usó en Mar del Plata la imagen de la “estrella polar” citando a Perón.

 

Juan Domingo, en la década del ‘50 (Congreso de la Productividad que anticipó el Pacto Social del ’73,  su gran legado ignorado por todos los autodenominados peronistas) dijo que la “estrella polar” de la economía es la productividad. Macri adhirió al líder.

 

Productividad es el concepto que mejor define la meta del subsistema económico. “Justicia” y “equidad” definen la meta del subsistema social.

 

No es posible avanzar en la productividad sino se avanza pari passu en el camino de la equidad y la justicia. También es difícil pretender avanzar en el camino de la justicia y la equidad, sin dar pasos consistentes en el sendero de la productividad.

 

Las políticas rengas, de una u otra pata, son efímeras (insostenibles) por más que, violando la meta del sistema político -que es el combo de libertad ciudadana y ejercicio legítimo del poder-, se quiera sostener con violencia, o prolongar con anabólicos, lo que la naturaleza de la sociedad impide. La política es compromiso.

 

La idea de “estrella polar” representa la guía para los navegantes que señala el Polo Norte.

 

El rumbo

 

La metáfora refiere a la imperiosa necesidad de navegar la economía a la búsqueda del incremento sostenido de la productividad.

 

Pero la mención a la “estrella polar” refiere también a que no hay manera de navegar las 24 horas del día seguros de la marcha en dirección al Polo Norte sin detenerse en la noche y ubicarse por las señales del firmamento.

 

José Ortega y Gasset recordaba la aventura de Robert Peary, que en 1909 había conquistado el Polo Norte (aunque en verdad no lo había logrado) y que, en el trayecto con su trineo de perros, una noche observó la esfera celeste y comprobó que, a pesar del esfuerzo a la luz del día, la noche le informaba que estaba más al Sur. ¿Qué había pasado?

 

Había viajado hacia el Norte. Pero sobre un témpano al que la corriente profunda del mar arrastraba hacia el Sur.

 

La corriente profunda. Es eso lo más difícil de detectar, como las enfermedades silenciosas y, sin embargo, es imprescindible hacerlo para no agotarse en el esfuerzo vano.

 

Descartemos la mala voluntad. Alejemos la vulgaridad de las teorías conspirativas.

 

El sol encandila, quita distancia en la mirada. Sólo el reposo de la noche, la reflexión sin prisa, informa de la estrella polar.

 

Ignorancia, urgencias, debilidad de los diagnósticos, terapias de tangente. Vaya a saber. Lo cierto que la mirada de largo plazo nos informa de la dirección de la corriente profunda que nos arrastra en la dirección contraria. ¿Dónde nos lleva la corriente profunda?

 

A los números…

 

El PIB por habitante no es una medida de la productividad. Pero es un indicio. Desde 1975 a la fecha hemos crecido 0,7% anual y a esa tasa de expansión (productividad) tardaríamos cien años en duplicar el PIB por habitante.

 

Resulta obvio que si ese ha sido el ritmo de nuestro “progreso económico” no deberíamos asombrarnos que la pobreza –la midamos como la midamos– se haya multiplicado a una tasa verdaderamente china. Desde 1975 a la fecha, el número de personas bajo la línea de pobreza ha crecido en promedio a 7,5% anual.

 

Si la economía, la productividad, hubiera crecido –en estos cuarenta años– al ritmo que creció el número de pobres (7,5) y la pobreza al ritmo que creció la productividad (0,7), estaríamos hoy en el país que soñamos. Desarrollo invertido. ¿Qué corriente profunda nos arrastra en la dirección contraria a pesar que todos los que tuvieron el timón han querido navegar hacia el verdadero norte? Es evidente que hemos viajado hacia un rumbo equivocado.

 

Es cierto, la mirada de largo plazo, esa maldita referencia al pasado, revela cosas que nos negamos a ver, pero también nos condena a lamentarnos de los escombros del pasado y en ese menester tal vez mutilamos la energía necesaria para construir el futuro. Pero del pasado hay que aprender.

 

De 1975 en adelante, con sus más y sus menos, la política económica argentina fue la consecuencia de una ruptura del consenso básico compartido por gobiernos, civiles y militares, en los treinta años anteriores. Aquel consenso metodológico implicaba el planeamiento de metas de largo plazo, la política industrial activa, la consideración expresa de una Argentina de dos velocidades –que implica un tipo de cambio razonable para la industria y retenciones para el sector primario– y el cuidado del pleno empleo.

 

Cada período, en esos treinta años, puso un acento diferente. Pero esas grandes líneas apuntadas de construcción estuvieron siempre presentes, y en esos 30 años el PIB por habitante creció al ritmo del de Estados Unidos.

 

Stop and go y crisis estuvieron presentes y el país no logró acortar distancias con los países desarrollados. Pero no se ampliaron las distancias.

 

Una pobreza de 4% y un perfil industrial vigoroso sintetizaron los últimos días de aquellas políticas.

 

Para los imberbes, que Perón echó de la Plaza, esas condiciones –que hoy miramos con envidia– eran “prerrevolucionarias” y justificaban, entre otras tropelías, el asesinato de José Rucci y el camino al socialismo por las armas.

 

Y para quienes diseñaron la catástrofe genocida de la dictadura había que destruir ese sistema para que el mercado y la sacrosanta tasa de interés impongan la racionalidad del “verdadero tipo de cambio de equilibrio” y dobleguen la inflación.

 

El resultado fue el drama del estancamiento y la pobreza mencionados; dos hiperinflaciones y el cachetazo de la deuda externa con la secuela del default y la fuga de capitales, blancos y negros, que hoy suma US$ 400.000 millones y cuyo drenaje continua mientras la bicicleta financiera aplasta el dólar, y la tasa de interés para vencer la inflación, multiplica el retorno especulativo.

 

¿Estamos ahí? Un debate desapasionado debería conformar una respuesta sólida.

 

Pero miremos hoy. En ese marco, la buena noticia, es que la economía está rebotando. Impulsada por la obra pública (necesaria) y el anabólico crediticio del consumo y la gimnasia hipotecaria.

 

Un ejecutivo comentaba, con optimismo, en estos días que entonan, después de los duros de la recesión continuada, que “las cosas van bien y en 2018 estaremos en los niveles de 2015”.

 

La frase sintetiza la idea del presente. Las cosas mejoran. Pero hasta aquí sólo estamos llegando a 2015.

 

Eso es “rebote”: volviendo al punto de partida. Está bien.

 

Pero, ¿hay señales que nos estamos aproximándonos al camino de la productividad?

 

La primera cuestión es la tasa de inversión reproductiva. Acerca del pasado ni hablar.

 

Lo que explica nuestro estancamiento de largo plazo, y la pobreza misma, es la miserable tasa de inversión reproductiva de décadas. Por razones largas de explicar este también es el fundamento del monumental déficit fiscal.

 

No se trata de incapacidad de generar excedente. Los US$ 400.000 millones de argentinos en el exterior (US$ 100.000 millones disparados durante la era K) son una muestra más que evidente de nuestra capacidad de generar excedente. La mísera tasa de inversión reproductiva, de décadas, es una muestra de la incapacidad del sistema para aplicar, a la producción, el excedente que la economía genera.

 

Se trata de que no disponemos de los instrumentos imprescindibles para incentivar la inversión.

 

No hay planeamiento de largo plazo, no hay legislación promocional tributaria y financiera, no hay estrategia de precios sombra para asignar proyectos a los que la tasa de interés de mercado rechaza y que el futuro –con seguridad– premia.

 

Y básicamente no hay retenciones que permitan – con el mismo tipo de cambio nominal– que la industria tenga futuro y el sector primario valide su presente.

 

El agro argentino es lo mejor que tenemos. Pero es absurdo que su eficiencia se convierta, por el absurdo de un mismo tipo de cambio nominal, en una sombra para el desarrollo industrial argentino. El modelo de retenciones habilita el desarrollo de la industria y contribuye al equilibrio fiscal.

 

Las tribunas PRO exaltan abrirnos al mundo. Pero antes es imprescindible que estudien la realidad de cómo se promueve en el mundo desarrollado, ahora, la realización de inversiones. Cuando hayamos hecho lo mismo que ellos hacen hoy, entonces estaremos en condiciones de abrirnos. La mejor apertura es la apertura mental, abandonar la irracionalidad de los dogmas y mirar lo que hacen los demás… No lo que dicen.

 

Dejá un comentario