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¿Y la agenda?

Una visión de la estabilidad y del desarrollo armonizadas son el fundamento de una agenda coherente. La disociación es esquizofrénica.

No hay estrategia o plan, para una sociedad que carece de prioridades compartidas.
No hay estrategia o plan, para una sociedad que carece de prioridades compartidas.
Carlos Leyba Carlos Leyba 28-10-2022
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Mauricio Macri se preguntó a los gritos: "¿Dónde mierda están las prioridades?". Lo ovacionaron (?). 

De un político no esperamos una pregunta sino una definición acerca de "sus prioridades" y los argumentos acerca de porqué deberían ser las de todos y luego, esperamos la enumeración de las medidas para satisfacerlas. 

Mauricio enfáticamente sólo quiso saber "dónde están las prioridades". Raro.

No es el único que no propone prioridades a resolver. Funcionarios u opositores, sindicalistas o empresarios, ni siquiera las balbucean. Militan la prioridad sectorial. Tejen una sociedad de "compartimentos estancos". La expresión atomizada de "la sociedad de las grietas". 

Cuando se prescinde de debatir las prioridades de la vida en común, de la Nación, no hay espacio para acunar un sueño colectivo. 

No hay estrategia o plan, para una sociedad que carece de prioridades compartidas. 

Un ejemplo penoso de la carencia de "prioridades" ha sido la discusión del último Presupuesto. 

Hay una manifestación positiva, si bien adolescente y en clima de pregunta, lo que es mejor que la negación. Es la invitación del G6 (ADEBA, Bolsa, Cámara de Comercio y Camarco, SRA y UIA) a Felipe González para que exponga sobre los Pactos de la Moncloa de 1977. 

El G6 se propone "alcanzar acuerdos básicos". 

Es obvio que "los acuerdos básicos" lo deben ser sobre las "prioridades" y sobre la manera de satisfacerlas. 

De ambas cosas, en esta propuesta del G6, no da referencia alguna. 

La saludable preocupación del G6 es, dado el tema y el invitado, por el "método" para un acuerdo. 

Un viaje intelectual al pasado y al exterior. 

Una negación habitual de nuestra historia. Antes, en la Argentina, políticos, empresarios y sindicalistas hicieron "una Moncloa". 

Aquella Moncloa argentina fue destruida por los Montoneros a base de asesinatos (Firmenich: el asesinato de Rucci para liquidar la pata sindical del acuerdo). Pero más allá de éxito o fracaso, también fue un método que además delineó prioridades, según la opinión de los representantes de más del 80% de los argentinos (partidos, trabajadores, empresarios). 

Una de nuestras carencias más dramáticas es la ausencia de una conversación pública acerca de las prioridades colectivas.

Somos un país sin agenda. En riesgo de dejar de ser Nación. Veamos. 

La palabra "agenda" significa "lo que hay que hacer". En su etimología está incluido el concepto de "conducción". 

El "para qué" son las prioridades, no hay agenda sin prioridades . 

Y tampoco la hay si no hay definición de "la conducción". 

La densidad de la "conducción", la continuidad de la tarea, está dada por el grado de consenso logrado para las prioridades. 

La política es la construcción del consenso de largo plazo para las prioridades. 

En función de ello es que se construye la agenda de "lo que hay que hacer" para salir de la agobiante realidad económica, social, política y cultural del presente. Una telaraña paralizante de la acción y hasta de las ideas. 
Sin ideas y sin acción, sin agenda, todos los problemas, con el mero transcurso del tiempo, en lugar de aplacarse, se agravan. 

El ir a la deriva no resuelve nada y complica todo. No hay viento favorable... 

La economía se estanca, la pobreza se profundiza. La política se aleja de esa realidad para no quedar atrapada en ella. 

La política, sin agenda, está fuera de la realidad. Veamos.

Sin embargo hoy, a grandes rasgos en la conversación política, hay un "para qué" dominante. 

Es consecuencia que la inflación es un mal cuya información, la medida del mal, la tenemos presente todos los días y además llevamos registro preciso de ella. 

Ese "para qué" dominante se transforma en cómo lograr la estabilización macroeconómica.

Entonces, hay un cierto consenso en que la estabilización macroeconómica terminaría con el descomunal desorden que provoca la inflación, la caída de la capacidad de consumo de la mayoría, el parate y el malestar social.

En oferta hay una primera propuesta de "para qué" que sería una agenda para la estabilidad macroeconómica. Demanda de políticas fiscales, monetarias, cambiarias y de ingresos que confluyan hacia la estabilidad. 

El discurso dominante sostiene que, lograda la estabilidad macro, las fuerzas de la producción, las reacciones del mercado, generaran las inversiones y de ahí el crecimiento. 

El proceso, que demandará tiempo para absorber el excedente monetario, reducir el déficit fiscal, ajustar el tipo de cambio, coordinar las expectativas de formadores de precios y salarios, en este planteo, deberá ocurrir en el marco de los presentes colosales desequilibrios estructurales. La pobreza y el desempleo; la restricción externa; el estancamiento de la producción. 

La propuesta dominante es que, lograda la estabilidad, comenzará a disminuir el nivel de los desequilibrios. Pero mientras dure la "inestabilidad macro" los desequilibrios estructurales serán como mínimo el punto de partida; y tal vez se agraven.

La tesis implícita es que la estabilización es la condición necesaria (y seguramente suficiente) para lograr que las fuerzas del mercado generen los equilibrios estructurales. 

Un elemento adicional de este planteo es la reforma de la legislación que reduce la elasticidad del empleo o la elasticidad tributaria. Esto implica reformas de tipo desregulación, desestatización.

El supuesto implícito (el ejemplo habitual) es que los países que disponen de una razonable estabilidad, medida por la tasa de inflación, tasa de interés y tasa de retorno, gracias a ella carecen de desequilibrios estructurales o los reducen en el tiempo.

Estamos hablando del "para qué". Claramente el "para qué" dominante es, como mínimo, insuficiente. 

En realidad los países que gozan de equilibrios macro, los alcanzaron una vez que lograron equilibrios estructurales. Es así. Pero no se parte de ahí.

Las dos cosas están asociadas: deben marchar en paralelo, lo macro y lo estructural. 

Son dos las vías sobre las que debe marchar la locomotora del progreso.

Entonces la agenda, debe ser para la estabilización macroeconómica y también para los equilibrios estructurales. Ambas cosas a la vez. No hay una sin la otra.

Una manera de decirlo es que la pobreza genera déficit fiscal y el déficit fiscal la multiplica. Cuando hablamos del 36% de pobreza no es posible reducir el déficit fiscal sin procurar reducir la pobreza. 

La agenda sólo es consistente si es, al mismo tiempo, para la estabilización y para la resolución de los desequilibrios estructurales. 

Una visión de la estabilidad y del desarrollo armonizadas son el fundamento de una agenda coherente. La disociación es esquizofrénica. 

Dada la densidad y dimensión de los problemas nacionales, la agenda requiere un planteo de larga vida. 

En democracia es esencial la alternancia. Por lo tanto no hay largo plazo sin consenso que requiere investigación, valores, distribución de costos y beneficios. 

Se debe gestar desde la política y las fuerzas sociales y desde los intelectuales, cuando -es nuestro caso - el consenso implícito se ha extraviado.

Porque tuvimos consenso implícito en los dos períodos históricos de fuerte crecimiento. 

El de 1866/1930, inmigración, incorporación de territorio, infraestructura, educación obligatoria y gratuita, comienzo de la democracia, integración económica a la expansión liderada por Inglaterra. 

La economía, los salarios, crecieron, las condiciones de vida mejoraron. De punta a punta el PIB per capita creció 86,4%. 

Fruto de un país pensado (T. Halperin Donghi), de un futuro propuesto y de condiciones objetivas que contribuían al progreso. 

En 1930 ese modelo económico naufragó. El Imperio dejó de ser una cadena de arrastre y pasó a ser un ancla para el estancamiento. 

Pero otra vez, a pesar o gracias a la crisis, hubo un país pensado. El modelo de industrialización para recuperar energía productiva y luego, siguiendo los paradigmas europeos y americanos, las ideas del Estado de Bienestar. Un consenso paradigmático económico y social. Desde 1930 hasta 1974, el PIB per capita creció 94,5%. Conservadores, Forja, el nacionalismo católico, y Juan Perón, que lideró una de esas etapas (1945-1955), profundizaron la industrialización y aceleraron las condiciones de bienestar. 

Hasta 1974 fueron 44 años de consenso económico y social implícito. 

Crecimos sólo cuando pensamos el largo plazo y se generó un consenso profundo, implícito, un paradigma sobre recursos y prioridades.

En 1975 ese consenso fue quebrado. Pero no se logró otro que no fuera destructivo. 

Las políticas dejaron de ser inclusivas socialmente (pobreza) territorialmente (Belindia) destruyeron el Estado (por aglomeración). Por ahí van las prioridades.

No hay manera de construir consensos sobre otra materia que no sea "el futuro". Exige definir un Paradigma sobre los recursos y la manera de apropiarlos, sobre las prioridades y la manera de resolverlas, una estrategia y una cultura de Plan como ética en acción (P. Ricoeur).

Para que haya consenso debe ocurrir "la política". Ella ocurre cuando conversamos acerca de las ideas que hay que tener para, desde el Estado, construir una Nación. Una Nación como proyecto sugestivo de vida en común. 

Estamos en un desierto en término de ideas para ejecutar desde el Estado. En esa ausencia la conversación es imposible. 

Este Estado sólo reacciona. No gobierna. Lo gobiernan los problemas. La política es "a la defensiva". 

Esta "agenda" no es previa a la acción, la acción conforma la agenda. Es consecuencia de no tener un consenso sobre las prioridades.

¿No le parece que tenemos que terminar con la pobreza del 60% de los niños? Ellos no pueden esperar hasta que lleguemos al pleno empleo de dignidad. 

¿Hay que terminar con "este estado del Estado"? Nueve años para empezar un caño, no poder terminar el Censo. Inutilidad y fracaso. 

Hay que terminar con el desastre logístico y reinstalar el sistema ferroviario. 

Hay que imitar al mundo desarrollado promoviendo grandes proyectos industriales y polos de desarrollo para el reequilibrio territorial. 

La materialidad de las prioridades desencadena el apetito del futuro. 

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