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Rabia, dinamita o espinaca

Predicar la violencia no es una virtud y es obviamente un demérito para quien lo practica. Mejor espinaca que dinamita.

Rabia, dinamita o espinaca
Carlos Leyba 14 abril de 2023

Maurice Duverger (politólogo) propuso otra fórmula para la democracia. Proponía que "gobierno del pueblo por el pueblo" sea reemplazada por "gobierno del pueblo por una élite originada por el pueblo". 

Jacques Maritain (filósofo), a la fórmula tradicional de democracia, le adjuntaba la condición de "con el pueblo". 

Nuestra democracia, al decir de Carlos Auyero (dirigente demócrata cristiano), sufría de "pocas horas de vuelo". Después de 25 años sigue sufriendo el mal: el piloto en ciernes, al atravesar el mínimo accidente, nos hace sufrir de grosera inestabilidad. 

Nuestra democracia vuela con el peso de dos problemas que han ido creciendo en el tiempo y que hacen envejecer, antes de tiempo, a la joven democracia. 

¿Cuáles? Primero: esta democracia no está ocurriendo "con el pueblo" (Maritain). Esa situación quedó graficada -Carlos Pagni dixit- en un focus group: "la política es un circo vacío". 

Esa expresión confirma que nuestra democracia no está siendo "con el pueblo". 

Los actores políticos representan sus improvisaciones en un escenario en el que el público no escucha, porque no entiende o porque está de espaldas. ¿Democracia "sin" pueblo?

El otro problema es que, a lo largo de años de procesos electorales, no se nos ofrece una elección entre miradas y propuestas diferentes de lo que sensatamente podemos llamar una élite de dirigentes definida por sus virtudes y méritos. Una élite de virtudes y méritos. Respetada. No una oligarquía cualquiera fuera su procedencia.

Claro que hay personas virtuosas y meritorias que se ofrecen en la política. Pero no es por virtudes o méritos que se califica o que se ofrece o que se elige, o que se es "candidato". 

Lo habitual es que no se llega a candidato a consecuencia de un proceso de méritos y virtudes acreditadas luego de una carrera en la vida política. 

Esta democracia no está ocurriendo "con el pueblo" (Maritain). Esa situación quedó graficada (Carlos Pagni dixit) en un focus group: "la política es un circo vacío". 

No somos únicos en esto. Es un mal contemporáneo. Pero, como en casi todo, entre nosotros es "parecido pero exagerado". Nos movemos en el extremo. 

Mucho de lo vinculado a la política es una desmesura efímera: nos movemos a los bandazos sin apoyarnos en el pasado. 

Todo dura poco. A pesar que nada valioso se logra sin tiempo. Lo que en poco tiempo se hace, poco tiempo dura. 

Es que hay práctica de hacer camino destruyendo el pasado. M. Macri, este miércoles, dijo: "Cada vez más gente se enoja y que cree que hay que dinamitar todo, yo creo que hay que dinamitar casi todo". 

La política, este es un caso, sigue cerrilmente a la opinión pública encuestada (el enojo, la rabia) y en este discurso, para no quedar como mero eco de lo que "los demás dicen", particularmente asociándose a Javier Milei, nos aclara que no dinamitaría todo, sino "casi todo".

Javier Milei
Javier Milei

Si la categoría "populismo" significa algo, esto es "populismo" del peor: el que agita la pasión más baja del ser humano que es la violencia o las supuestas "soluciones" drásticas, las que eliminan los síntomas pero no las causas: el retorno de lo dinamitado es sólo cuestión de tiempo. 

Entonces, en la política, no se ofrece aquello que sí se exige habitualmente a una carrera profesional, en la empresa o la educación superior: trayectoria para poder identificar virtudes y méritos. 

C. Menem inauguró, por consejo de J. Mera Figueroa, la incorporación de "celebrities" a la política. Palito Ortega, cantante; Carlos Reuteman, automovilista; varias actrices, etc. 

El objetivo de esas nominaciones era "ganar" pero no gobernar. Obtener "el poder", pero no el "poder hacer las cosas". 

No funcionó porque no puede funcionar. Nadie pondría al frente de un avión con 300 pasajeros, un ómnibus con 40, ni un taxi, a alguien sin las "virtudes y méritos" para la tarea. 

Pero a la política de obtener "el poder" desentendida de "poder hacer las cosas" le da igual: de llegar se trata. Como dijo aquella legisladora tucumana: "en política lo peor no es la traición, peor es el llano". 

Los ejemplos de fracasos previsibles son numerosos. El rabino S. Bergman que confesó -honesto el hombre -que no tenía la menor idea de la razón por la que M. Macri (¡el mejor equipo de los últimos 50 años!) lo había nombrado ministro de Medio Ambiente: él nunca se había interesado en el tema. Para identificarse se vistió de planta. 

O Hernán Lorenzino, ministro de Economía de Cristina quien, cuando una periodista le preguntó por la inflación, huyó diciendo a cámara: "Me quiero ir". 

Hay actores peores por los daños inferidos: la historia de YPF privatizada por Menem, reprivatizada por Néstor K, estatizada por Cristina K y despanzurrada por Kicillof; y no hemos olvidado los US$ 90.000 millones que le sumó a la deuda externa el "equipo" de Mauricio. Podrían gritar juntos, Axel y Mauricio: ¡no nos prestan más! 

En los últimos 49 años sea en economía o seguridad o educación, etc., hubo la "mala praxis" que deriva de la militante ausencia de "mérito y virtud", es decir, ausencia "elite" que se ausculta por "trayectoria". 

Hay preguntas que no se hacen, por ausencia de estructuras partidarias sólidas que valoren la trayectoria. Un interrogatorio posible, sabiendo lo que ha pasado, debería comenzar con la pregunta: ¿qué hiciste en los 60, 70, 80, 90, 00, 10, 20? 

Dada la respuesta, el examen terminaría con: ¿por qué estás acá, después de las consecuencias, que no es dónde estabas entonces? ¿La borocotización es acaso mérito y virtud? ¿Cuántas horas de vuelo harán falta para que la democracia no se contamine con el oportunismo?

Tal vez por estas razones, además del fracaso mensurable, la política no está conectada con las mayorías y viceversa. 

En la era de la hiper conectividad no hay contacto de las mayorías con la política. La representación en crisis. 

También -del otro lado- juega la falencia en la "participación". La sociedad no valora la participación sino cuando la situación está en estallido. 

No es por preocupación, sino por "bronca" cuando ocurre "la participación", entonces lleva a formas de violencia: bloquear la comisaría, trompear al ministro, agredir a los maestros. 

Baja "representación", baja "participación". Eso no es "con el pueblo".

Cada hora se realizan mareas de encuestas para indagar qué es lo que "está pensando" -como dicen los políticos- "la gente". 

Hay información y desconexión al mismo tiempo. 

Pero ¿cuál es la función de la política? ¿Traducir en actos lo que las palabras de las personas expresan como deseo? 

¿O acaso la política no es pedagogía? 

La política es señalar futuros. Los hombres de Estado son tales sólo en la medida del futuro que son capaces de señalar, porque tienen una visión y la pueden expresar motivando. 

No se trata de lo que "la gente", a través de una encuesta, dice sentir, pensar o desear. 

Seguir ese designio, en el caso que sea correctamente decodificado, es suponer lo inmediato como solución. Privilegiar el presente. Administrar lo efímero. 

Lo que realmente "desea" el pueblo, es lo que sólo ocurre - el deseo- después de propuesto un programa con una arquitectura sólida, un camino iluminado que compromete la palabra en obra y con un compromiso mensurable, controlable. Pedagogía del horizonte. 

La legitimidad del poder nace de la voluntad del voto, pero esa legitimidad sólo madura cuando el programa se anuncia y se compromete y puede ser auditado, controlado, por aquellos que dieron el voto. 

La legitimidad de ejercicio es la plataforma para la continuidad de la acción; abre la posibilidad del largo plazo. Sin el largo plazo toda conquista, todo avance, se desmorona. 

Esa legitimidad de ejercicio transforma al político en Estadista. El tránsito entre el estadio de político al de Estadista se genera en función del liderazgo; y este nace de una visión y un programa. 

Sin programa, entendido como materialización de una visión, no hay liderazgo; y sin liderazgo no se construye consenso que es lo que sostiene el largo plazo. 

La salud del liderazgo depende del mérito y la virtud de quien lo protagoniza. 

Los liderazgos "desmesurados" que proceden de la captura mediática, sin merito ni virtud, son efímeros por ausencia de visión y programa. 

No se trata de dibujar quimeras que son los sueños de una "mente que no está correcta", como decía Atahualpa Yupanqui. 

La historia apesta de ejemplos, de esa calaña de quimeras de mentes no correctas, en sociedades insatisfechas. 

La insatisfacción colectiva nace de un pasado venturoso abandonado o de la certeza de posibilidades generosas desaprovechadas para las mayorías. 

Ambas tienen el registro de la decadencia. 

La nuestra, la profunda insatisfacción colectiva, adolece de la decadencia propia del quiebre de una larga etapa de progreso que los números instalan en 1975; y también del inmoral desaprovechamiento del potencial de un país que lo tiene todo y en el que está todo por hacer y que ha sido conducido sin rumbo. 

La economía hoy atraviesa desequilibrios múltiples que auguran soluciones extremadamente complejas. Y como toda medicina compleja resulta en altos costos. Costos cuya carga no será fácil distribuir. 

La cuestión está atravesada por aquello que el éxito no es una categoría de la política. Solucionar un problema implica inevitablemente generar otro. Resolver el descomunal desequilibrio de los precios relativos, para poder estabilizar la economía, implica inevitablemente un incremento de la inflación para que la misma se aplane. Evitar la continuidad del incendio obliga a hacer contrafuego para poder controlarlo. 

No es entonces "el éxito" lo que sostiene "la política" que ocurre en el tiempo. 

Lo que la sostiene es la visión, el anuncio y compromiso de materialización de un programa que erradique las "grietas" que inoculan la rabia colectiva.

Los políticos que siguen "a la gente" inoculan rabia y prometen dinamita. 

Aquellos que procuren erradicar las grietas (social, externa, demográfica, de productividad, etc.) que generan la rabia, sólo podrán lograrlo con una visión incluyente, "con el pueblo", y con una exigencia elitaria de virtud y mérito. 

Predicar la violencia no es una virtud y es obviamente un demérito para quien lo practica. 

Mejor espinaca que dinamita. 

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