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Horas desesperadas

Lo que se juega por estas horas es más que dejar claro quién fue el padre o madre de la derrota en las urnas.

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16-09-2021
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Por Luis Tonelli

En momentos en que se escriben estas líneas, la amplia derrota del oficialismo en las urnas está mostrando sus primeras consecuencias políticas. Y ellas son de una gravedad extrema. Los ministros nombrados por sugerencia de la vicepresidenta han ofrecido su renuncia al Presidente.

Lo que se juega por estas horas es más que dejar claro quién fue el padre o madre de la derrota en las urnas. Es retomar la iniciativa para tratar de dar vuelta el resultado, pero también para establecer un nuevo equilibrio, y que esta vez que no signifique el inmovilismo de estos dos años.  

El jaque de la vicepresidenta es claro: si Alberto Fernández les acepta la renuncia a los ministros K, pero mantiene a los suyos, la crisis se trasladará a la estabilidad de la coalición del Frente de Todos. Si se las rechaza a todos, y también mantiene a Martín Guzmán, corre el riesgo de que el ofrecimiento de la renuncia se convierta en una renuncia indeclinable de los ministros K, y el efecto sobre la estabilidad de la coalición sería el mismo.

Si renuncia el ministro Guzmán tiene solo una oportunidad de salvataje. Colocar a alguien que no sea considerado una imposición de Cristina, pero aceptado por ella.

Todos los ojos de las personas con decisión en Argentina miran a Sergio Massa. Durante meses se ha preparado para su reingreso a un gabinete peronista. Su ambición es la de ser un Súper Ministro de Economía, como nunca lo permitieron ni Néstor ni Cristina (ni Mauricio).

La “solución Massa” aparece en la coyuntura como óptima: para Alberto, es la forma de presentar a la sociedad que en realidad nadie impuso nada, sino que se resolvió dentro de la coalición. Para La Cámpora es reafirmar una alianza estratégica que Massa y Máximo Kirchner vienen desarrollando en el Congreso. El ajuste se evitaría por las expectativas positivas en los mercados, seducción a la que se abocó el exjefe de gabinete de Cristina Kirchner desde el mismo comienzo del Gobierno de Fernández. Todo eso redundaría en una oleada de optimismo que permitiría revertir el ominoso resultado del domingo pasado.

Por cierto, a favor de la posible recuperación electoral hay antecedentes. El más cercano, el triunfo de María Eugenia Vidal en el 2015, cuando en la votación general logró sumar 1.200.000 votos de personas que no habían ido a votar en las PASO. Y la esperanza del oficialismo es que quienes no los han votado, y habiéndolo hecho antes, no migraron a la oposición.

Solo queda un enorme interrogante. ¿Aceptará la jugada Cristina, sabiendo que, si la “solución Massa” tiene éxito, su consecuencia es tener un candidato único a la Presidencia? 

La alternativa sería la radicalización. Pero los votos que se fueron o se quedaron en sus casas, lo hicieron tanto porque no tienen plata, como porque la inflación hace que la plata que tengan valga cada día menos. Si el problema de emitir hoy es la falta de confianza que hace que todos vayan al dólar, una radicalización llevaría muy rápido a una venezualización de la economía, para que la actual sea añorada como una dictada por Wall Street.

El tema es revertir expectativas. Pero hay una fundamental sobre la cual se ciernen los interrogantes más grandes. ¿Qué quiere Cristina?

Por lo pronto, algo queda claro. Guzmán puede ser un buen muchacho, pero no es audaz. Y sin audacia, lo sabemos, el peronismo no existe.

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