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Crisis en el FdT

En busca del tiempo perdido

Cuando concluya 2023 habrán pasado 40 años de vida en democracia, el período más extendido de estabilidad democrática. Los pobres resultados económicos y sociales empañan un hecho digno de celebrar, si tomamos en cuenta la inestabilidad y la violencia del período 1930-83.

La salida de Martín Guzmán marca el final de la presidencia de Alberto Fernández.
La salida de Martín Guzmán marca el final de la presidencia de Alberto Fernández. Archivo.
Ignacio Labaqui Ignacio Labaqui 04-07-2022
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Restan 17 meses para la conclusión del mandato de Alberto Fernández. Dada la magnitud de la crisis económica que enfrenta Argentina, la ausencia de un plan económico y la crisis en el seno del Frente de Todos, el escenario más probable es que la situación económica se agrave de aquí a 2023.

Esos 17 meses parecen una eternidad.

La principal preocupación dentro de la coalición oficialista pasa por contener el daño autoinfligido y evitar que el mismo socave su base electoral, con la esperanza de mantener viva la chance de permanecer en el poder, no ya con Fernández, cuya figura cotiza en términos políticos casi al mismo precio que el de los bonos argentinos.

La salida de Martín Guzmán, aunque nadie lo diga explícitamente, marca el final de la presidencia de Alberto Fernández y el tiro de gracia sobre cualquier intención de mantener a flote su proyecto reeleccionista. En lo formal, si no hay imprevistos, el Presidente seguirá en funciones hasta el 10 de diciembre del año que viene.

En los hechos, el take-over hostil de su administración que la vicepresidenta viene realizando en cómodas cuotas, deja en claro que, a lo sumo, Fernández solo puede bloquear por un tiempo las demandas de la vicepresidenta, para luego someterse a las mismas.

No es claro qué capacidad tendrá el oficialismo para contener el daño. Menos claro aún es la integración de la fórmula presidencial del Frente de Todos, que al menos hasta las elecciones de 2023, permanecerá unido.

La vicepresidenta, pese a los altos niveles de rechazo que recoge en las encuestas -y que comparte con otras figuras del FdT-, es la única figura oficialista que cuenta con una masa crítica y leal de votantes. El operativo clamor por su candidatura presidencial suya no solo revela la fortaleza de la vicepresidenta dentro de la coalición, sino también la principal debilidad del kirchnerismo: la incapacidad de generar un nuevo generación de dirigentes electoralmente competitivos.

El grado de competitividad del Frente de Todos y la integración de la fórmula presidencial es solo uno de los interrogantes de cara al año que viene. La otra pregunta bastante obvia pasa por las candidaturas dentro de Juntos por el Cambio y el grado de fragmentación dentro de la oposición.

Sin embargo, dado que el camino que lleva hasta 2023 luce largo y sinuoso, como en la canción de los Beatles, parece más relevante preguntarse cómo llegará Argentina a las elecciones del año que viene y cuál será la herencia que recibirá quien suceda a Fernández.

Cuesta ser optimista y pensar que el Gobierno de Fernández y Cristina Kirchner comenzarán a solucionar los problemas estructurales que desde hace tiempo aquejan a la economía argentina en lo que resta del mandato presidencial.

Del oficialismo solo cabe esperar más de lo mismo. Desde la instauración del primer cepo cambiario cuatro días después de la elección presidencial de octubre de 2011, la política económica del kirchnerismo se ha mantenido constante y poco permeable al cambio, independientemente de las circunstancias.  

Es decir, que no cabe esperar giros copernicanos -como algunos analistas esperaron al comienzo de la presidencia de Fernández- en esta o en una futura administración kirchnerista. Las iniciativas promovidas por la vicepresidenta desde el Senado no dejan lugar para las dudas.

¿Y de la oposición? Hasta 2023 solo le corresponde ejercer la función de control. De triunfar en las elecciones del año que viene, deberá afrontar una herencia mucho más pesada que la de 2015.

Es de esperar que esta vez haya una mayor conciencia de los problemas a resolver, un buen diagnóstico de estos y una evaluación seria de las capacidades y recursos disponibles.

Cuando concluya 2023 habrán pasado 40 años de vida en democracia, el período más extendido de estabilidad democrática que haya vivido Argentina.

Los pobres resultados en materia económica y social empañan un hecho que es sin duda digno de celebrar, si tomamos en cuenta la inestabilidad y la violencia política del período 1930-83.

Sin embargo, de un tiempo esta parte la conclusión de cada período presidencial deja la sensación de tiempo perdido y oportunidad desperdiciada, en tanto que el comienzo de un nuevo ciclo se aparece como la oportunidad de recuperar el tiempo perdido, como reza el título de la célebre novela de Marcel Proust.

Resolver los problemas estructurales que aquejan a Argentina tomará tiempo. Sería deseable que al concluir el próximo período presidencial la percepción dominante sea la de tiempo recobrado (como en el título del último volumen de la monumental obra de Proust) antes que la de un nuevo período desperdiciado. 

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