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Brasil negocia en soledad con China y Estados Unidos

19 noviembre de 2019

Por Jorge Riaboi Diplomático y periodista

Para el Brasil que preside Jair Bolsonaro y pilotea el asertivo ministro de Economía Paulo Guedes, el Mercosur y la asociación estratégica con Argentina ya no ocupan un espacio prioritario en la gestión oficial. El gobierno prefiere dedicar sus mayores esfuerzos a negociar con bajo perfil, y a marcha forzada, sendos acuerdos de libre comercio con grandes mercados hegemónicos como Estados Unidos y China, así como a impulsar sin descanso el visto bueno para negociar su membresía a la OCDE. Una especie de menemismo paquete.

Tales enfoques son bastante previsibles. Se inspiran en la escuela monetarista de Chicago y en la colindante simpatía por el ahora golpeado milagro chileno, cuyas premisas hasta poco tiempo sólo parecían necesitar un serio replanteo de la equidad social y de los pilares del crecimiento. Ello obliga a reconocer que “la realidad no dejó de ser ?como dice la Ley de Murphy? un caso excepcional e inexplicable de la teoría económica”.

En semejante revuelo del intelecto, el liderazgo brasileño tiende a ignorar que la política comercial es un animal distinto, no apto para economistas que razonan por analogía, no con sabiduría, y obsesionados por negociar en soledad. Cualquiera de los brillantes ex cancilleres y vicecancilleres de Itamaraty que pasaron por la OMC, podrían aclarar por qué el asunto es entender, no suponer, cómo funciona este mundo global y para qué sirven las reglas que rigieron setenta años de prosperidad, expansión del intercambio y prolongado crecimiento. También en Brasil el Estado es la escuela más cara del país.

Al nuevo poder brasileño tampoco le parece molesto someterse a los caprichos de los gigantescos mercados terrestres, cuyo exceso de capacidad hegemónica los tienta a desplumar a sus contrapartes más débiles, incautas y menos preparadas, a las que les venden el mantra de asumir con pasión la clase de compromisos que sus respectivos gobiernos no están dispuestos a respetar, como las “buenas prácticas” de la OCDE, las sofisticadas disciplinas de la OMC y los razonables mensajes que solía parir el Grupo de los 20. Esta disparidad de fuerzas se acaba de reflejar en el contrato de adhesión

que firmaron el año pasado México y Canadá con Estados Unidos, el que se conoce como el nuevo Nafta (el USMCA o T-MEC), y en el deficiente borrador de acuerdo adoptado, aún no suscripto, entre el Mercosur y la Unión Europea.

El tamaño del mercado que uno representa importa al afrontar esta clase de negociaciones, ya que supone mejores resultados y mayor respeto de las contrapartes como lo acaba de reiterar, con sugestiva perspicacia, el doctor Juan Tokatlian, vicerrector de la Universidad Torcuato di Tella.

Pero el tinglado que está a la vista es la referencia del día y la clase política regional debería tomar nota de que el actual poder de Brasilia no escucha fundamentos ni cree en el simbolismo progre. Tampoco es permeable a la noción de evaluar alianzas temáticas o sectoriales (como las que sostiene el ahora desdibujado Grupo Cairns, del que Brasil y el resto del Mercosur forman parte).

Bajo tal paraguas fluye un intercambio poco visible de borradores de acuerdos bilaterales de librecomercio con Estados Unidos y China, dos economías que son la antítesis conceptual de la economía de mercado que delineó el papito virtual del monetarismo, y del actual Brasil, el doctor Milton Friedman. A su vez el ilegal, imprevisible y delirante mercantilismo del Gobierno de Donald Trump, al que Bolsonaro le rinde culto, ignora todas las reglas del manual y acaba de reponer el comercio administrado de los años '70 para crear una teología que Guedes no parece dominar. En esto no caben las medias tintas: los profetas Friedman y Trump no pertenecen a la misma liga, al mismo ideario y a similares objetivos.

Cualquier negociador experimentado de Itamaraty también puede explicar con gran solvencia por qué las rebajas unilaterales de protección arancelaria como la que en estas horas propone Guedes para Brasil y el resto del Mercosur son, sino cumplen determinados requisitos como el generar un sólido y fundado “quid pro quo” para alcanzar tangible equilibrio a largo plazo, una carísima payasada económica.

En Argentina, la apertura unilateral del mercado se ensayó hace unas tres décadas por el ex ministro Domingo Felipe Cavallo, quien no quiso advertir a tiempo que con ello bastardeaba a dedo el nivel protección efectiva (al no tomar en cuenta que al fijar un precio político para el dólar, quedaban librados al despojo inflacionario los precios relativos, así como la parte de competitividad económica que depende del realismo cambiario y de reformas estructurales que rara vez alcanzan plena vigencia). Además, al no entender que siempre hay que dar y recibir al mismo tiempo (trade-off) para lograr una fórmula equilibrada, se formó un cerco de baja competitividad e insuficiente acceso al mercado global, que redujo la generación de divisas al intercambio de pocos productos con pocos países. Así se forjó y creció parte de la desindustrialización inducida del Hemisferio Occidental, hoy proveedor de insumos y materias primas al Asia que gobierna Beijing. Y ese es el perfil que Trump desea romper con esquizofrénicas guerras comerciales.

Por otra parte, si uno regala unilateralmente el acceso a su mercado de importación de bienes y servicios, o acepta como acto de fe el aumento de los derechos de propiedad intelectual, mata los incentivos que tiene el país para generar reciprocidad de sus contrapartes. ¿Por qué motivo los que ya son beneficiarios de una apertura unilateral estarían dispuestos a pagar concesiones ya recibidas de un ministro al que le basta rebajar los aranceles por “razones doctrinarias”? Bajo esa sola perspectiva, la apertura unilateral implica rifar la capacidad de regateo (el “leverage”). El que tenga dudas acerca de estos hechos, debería estudiar en su contexto la oferta de servicios que hizo Argentina en la Ronda Uruguay del GATT, en el entendido de que lo cuestionable es la gratuidad no la razonable apertura.

Bajar aranceles de importación en períodos de recesión o crisis económica (como los que vive en la actualidad casi todo el Mercosur), es sucumbir a una cultura eclesiástica del interés económico. La excusa de abaratar los costos sectoriales u horizontales de producción, capitalización y consumo (y la consiguiente merma de recaudación fiscal que implica la medida), supone crear un malsano subsidio a la competencia importada y fomentar el rechazo social.

En este contexto, Brasil dijo estar preparado para suscribir el modelo de acuerdo comercial de “nueva generación” a imagen y semejanza del nuevo Nafta (leáse México), un acuerdo que puso el acento en aumentar, no en disminuir los componentes de integración regional y nacional para el sector automotriz (ver mis anteriores columnas) con la mirada puesta en reducir el déficit comercial de Estados Unidos, lo que equivale a bajar por decreto el superávit de México. Sería interesante saber cómo podrá encajar Brasil en tal paquete y por qué no fue posible incorporar igual pasatiempo al Mercosur.

En apariencia, y siguiendo el enfoque del acuerdo suscripto por Washington con Japón, los ministros negociadores (el canciller de Brasil y el titular del USTR por Estados Unidos) decidieron, semanas atrás, adoptar un paquete inicial para algunos sectores clave y luego intentar un acuerdo integral. En su momento esta columna destacó de entrada, al ver la canasta de productos incluida en el Acuerdo suscripto entre Estados Unidos y Japón, que estamos ante un Washington que se apresta a seguir ignorando la OMC o con gente muy inexperta. Un acuerdo parcial, sin plan global viable para la liberalización de la parte sustantiva del comercio dinámico de los actores (90% del total como mínimo), no está exento de la cláusula de Nación más favorecida, motivo por el que las ventajas negociadas bilateralmente deberían ser extendidas gratis, sin negociación ni compensación alguna, a los 162 miembros restantes de esa organización. Estas negociaciones parciales también explican el pago a cuenta que hizo Brasil al autorizar la importación de etanol estadounidense en un mercado que no sabe donde colocar sus grandes excedentes.

Sin embargo, Brasilia tampoco se ve exultante con la idea de firmar un acuerdo ornamental, de poca sustancia, para colaborar con el plan político y electoral del jefe de la Casa Blanca, el que desea llegar al 3 de noviembre próximo con la posibilidad de mostrar varios pequeños acuerdos, todos de cuestionable base legal. Washington aspira hacer el mismo trato con la India y China, donde se mezclan el corto y largo plazo con disputas legales y estratégicas de muy difícil solución. Este enfoque es muy llamativo, ya que supone comprometer delivery en la etapa más sensible del proceso electoral, hecho que no condice con la trayectoria de un país que no solía discutir liberalización de comercio en momentos de contienda política.

La parte estadounidense también exhibe dudas, porque aún subsisten disputas comerciales entre ambas naciones y Brasil se resiste a dejar que Washington encare la negociación bajo el criterio de dar por terminados los pleitos bilaterales pendientes antes de firmar el acuerdo mayor, como los diferendos sobre el comercio de etanol, las carnes y el trigo (ésta última parece haber tenido respuesta parcial con la habilitación de la nueva cuota negociada en la Ronda Uruguay). En Planalto tampoco hay entusiasmo por suscribir un primer acuerdo light.

Algunos lobistas estadounidenses presionan por conseguir decisiones vinculadas con el proteccionismo reglamentario, como la que ya mencioné al comentar el menú demócrata en la materia. Para estos sectores es importante recrear muchos de los requisitos que surgieron en los debates vinculados con la ratificación legislativa del Acuerdo con México como la facilitación de comercio, medidas anticorrupción y los obstáculos técnicos, alegándose la existencia de altos costos operativos en Brasil.

No obstante el diagnóstico precedente, sería deseable que Planalto y la Casa Rosada no dejen marchitar los aspectos rescatables de la integración regional. Las cambiantes y efímeras discrepancias políticas no justifican el indiscriminado bombardeo a lo que todavía puede ser no sólo un gran proyecto, sino algo que hoy constituye una visible realidad.

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