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Elecciones

Polarización e incertidumbre en un Brasil inflamable

Brasil deja una enseñanza: la concentración de votos entre dos candidatos, combinada con una elevada distancia ideológica entre ellos, nos dejan un escenario altamente inflamable.

El resultado electoral, que parece nuevo y sorpresivo, no lo es.
El resultado electoral, que parece nuevo y sorpresivo, no lo es.
04-10-2022
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Brasil finalmente se expresó. Los dos líderes políticos más importantes del siglo en el vecino país finalmente quedaron mano a mano en una segunda vuelta que tendrá lugar el próximo 30 de octubre. El resultado fue, para muchos, inesperado, y dejó lecturas más refinadas y precisas del estado de opinión en la ciudadanía brasileña. Esta lectura también nos permite ver las dificultades que se acercan en el país limítrofe.

La primera clave de las elecciones, cayendo tal vez en el lugar más común visto en los medios en las últimas horas, fue que las encuestas no lograron medir con fidelidad el estado de la opinión pública. Hay dos posibles explicaciones para ello: la primera es que pudo haber existido un “voto vergüenza” a Jair Bolsonaro (máxime, si tenemos en cuenta que las encuestas si pudieron observar el caudal de votos de Lula da Silva) y la segunda es que Brasil suspendió su censo -previsto para el 2021- ya que el actual presidente decidió no incorporarlo a las previsiones presupuestarias. 

El censo es importante para los encuestadores ya que permite estimar correctamente los diseños muestrales, y ganar precisión. De hecho, sin información de fondo, esta elección -con sus bemoles- actuó como un censo en algunos aspectos, y permite extraer conclusiones (imperfectas) acerca de la distribución poblacional brasileña.

La segunda es que el resultado electoral que parece nuevo y sorpresivo, no lo es. Refleja la fuerte fractura entre los estados del nordeste y los estados del sur, sostenida desde las elecciones de 2006. El mapa electoral, con la excepción de la desviada elección de 2018, se mantuvo prácticamente inalterable desde entonces. Asimismo, en términos de números, los resultados son muy similares a la elección de 2006, donde Lula enfrentó a quien hoy es su candidato a vicepresidente, Geraldo Alckmin. 

También es cierto que, hasta ahora, el Partido de los Trabajadores siempre salió triunfador en las segundas vueltas con escenarios similares al actual. En estos escenarios, el rechazo al PT se concentra en una opción electoral concreta, el PT supera el 46% de los votos y las terceras opciones quedan muy distantes de las dos primeras opciones, y no hacen campaña distanciándose profundamente del PT. En este caso, podemos referirnos a las profundas críticas de Simone Tebet, candidata del MDB que se ubicó en el tercer lugar, al gobierno Bolsonaro.

Esta fractura observada cambia en esta elección, pese a su similitud aparente, por una razón: varía la distancia ideológica. 

Desde la primera elección en la que Lula fue candidato en 1989, siempre hubo un candidato que logró aglutinar -en primera o segunda vuelta- un perfil de votante “anti-lulista” o “anti-Partido de los Trabajadores (PT)”. 

Hasta hace 4 años, no había sido nunca un representante proveniente de los sectores más extremos. Desde 2018, de forma creciente, las posiciones políticas de un bloque y del otro resultan extremadamente diferentes, e incompatibles. Esto, desde la entrada a prisión de Lula en 2018, ha derivado en actos de violencia política que no solo no han mermado, sino que se han convertido en una constante en Brasil. No obstante, esta distancia ideológica y el recrudecimiento de la violencia, no necesariamente se traducen en una imposibilidad de lograr acuerdos a nivel parlamentario, dada la extrema fragmentación del Congreso brasileño.

La cuarta clave para entender la elección es el resultado de las elecciones legislativas. El bloque bolsonarista salió reforzado. Hizo una excelente elección, particularmente en aquellos estados con mayor representación legislativa (como San Pablo). Sin embargo, y aunque el Partido Liberal (partido del presidente) y el Partido de los Trabajadores han sido las dos primeras fuerzas, el centrão -conjunto de fuerzas de centro/centro-derecha que históricamente han sido los aliados de todos los gobiernos brasileños desde la vuelta a la democracia- ha hecho también una excelente elección. Si bien hoy esto puede parecer una fortaleza de Bolsonaro de cara a una segunda vuelta, también puede ser el principio del final del bolsonarismo en caso de una derrota, ya que existirían espacios a nivel legislativo con los que Lula y el PT podrían pactar.

Por último, vale señalar que el resultado de Bolsonaro no solo fue una buena noticia para el oficialismo brasileño, sino que le genera esperanzas a múltiples sectores de la opinión pública regional. Por un lado, pese a los efectos de la pandemia, el oficialismo brasileño fue capaz de hacer una buena elección y sostenerse competitivo. Por otra parte, también fue capaz de aglutinar en torno a la figura del actual presidente al grueso de los votantes recelosos de apoyar al PT. 

Si bien un caso particular no sirve y no alcanza para emitir generalizaciones, sí nos sirve para rechazar algunos dichos sobre la política regional: los oficialismos pueden eventualmente hacer buenas elecciones, y pueden ser aglutinantes en escenarios con alta distancia ideológica entre los candidatos. Por ello, América Latina debe prestar atención.

Brasil deja una enseñanza: la concentración de votos entre los dos candidatos más votados, combinada con una elevada distancia ideológica entre ellos, y todos los factores antes mencionados nos dejan un escenario altamente inflamable. Si consideramos que Brasil es, hoy por hoy, el verdadero centro de la región, la incertidumbre política, social y económica nos dejará una importante lección para los próximos escenarios electorales regionales.

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