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Elecciones

Francia: la influencia de Ucrania y Africa en la probable reelección del presidente Macron

En la división actual del mundo entre democracias liberales y populismos autoritarios, la Francia de Macron parece estar confundida y sobrepasada, por los hechos que acontecen en Europa y en Africa

Macron es el gran favorito para las elecciones, aunque deberá pasar por la segunda vuelta
Macron es el gran favorito para las elecciones, aunque deberá pasar por la segunda vuelta Soazig de la Moissonnière
Luis Domenianni Luis Domenianni 27-03-2022
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A pocos días de la primera vuelta de las elecciones presidenciales francesas, las encuestas reflejan cuán lejos se encuentran cualquiera de los doce postulantes para alcanzar la mitad más uno de los votos y evitar, así, el repechaje previsto para 14 días después.

Todo indica que, tras la elección del próximo 10 de abril, a la segunda vuelta concurrirán los mismos rivales que se enfrentaron en el ballotage del 2017, es decir, el actual presidente Emmanuel Macron y la líder de la extrema derecha, Marine Le Pen. En aquella instancia, Macron derrotó a Le Pen por 66% a 34%.

Entonces, en primera vuelta, el actual presidente obtuvo 24% y su ahora repetida rival, 21,3%. Poco más del 22% de los ciudadanos con derecho a voto no lo ejercitaron en primera vuelta y en segunda instancia, la abstención alcanzó al 25,5%, la mayor en la historia de las presidenciales francesas.

¿Quiénes son los candidatos para la inmediata primera vuelta? 

  • En la extrema izquierda, la profesora de economía Nathalie Artaud, 52 años, candidata del partido trotskista Lucha Obrera, y Phillippe Poutou, 55 años, exsindicalista, del Nuevo Partido Anticapitalista. En las encuestas, Artaud mide 0,5% y Poutou, 1,5%. Ambos, solo testimoniales.
  • En la llamada Gauche Radicale (izquierda radical), no tan extrema como la anterior, figuran Jean-Luc Melenchon de Francia Insumisa, 70 años, exministro socialista, hoy diputado, que aparece en cuarto lugar 12%, y Fabien Roussel, 52 años, experiodista, candidato del Partido Comunista, que mide 4%. Melenchon, a tener en cuenta.
  • Por la izquierda tradicional, el Partido Socialista, la candidata presidencial es la actual alcaldesa de París, hija de inmigrantes españoles, exinspectora de trabajo, Anne Hidalgo, 62 años. Otrora partido mayoritario, a la fecha Hidalgo y el socialismo aparecen muy relegados en las encuestas con solo el 2,5% de las preferencias. Sin chances.
  • Yannick Jadot, 54 años, es el candidato de Europe Ecologie-Les Verts, o sea el candidato verde. Es eurodiputado. Venció en la primaria ecologista por un margen estrechísimo a Sandrine Rousseau. Las encuestas le auguran un sexto lugar con 7% de las preferencias. Demasiado lejos.
  • El centro del arco político lo ocupa el actual presidente de la República, Emmanuel Macron, 44 años, un exsocialista que prometió una renovación de la vida política y una superación de la dualidad izquierda-derecha. Para ello fundó el partido La République En Marche que gira alrededor de su figura. Las encuestas lo colocan en primer lugar con 29%. Favorito.
  • A su derecha, como candidata de las fuerzas conservadoras, la expresidente de la región Ile-de-France que comprende y circunda Paris, Valérie Pécresse, 54 años, por el partido Les Republicains. Como Hidalgo, aunque menor, Pécresse muestra la decadencia de los partidos tradicionales. Aparece quinta en los sondeos con 10,5%. A la expectativa.
  • En la extrema derecha, apuntan tres candidatos. La principal es Le Pen, 53 años, hija de Jean-Marie Le Pen, fundador del Frente Nacional, diputada y candidata presidencial por tercera vez. Figura segunda en las encuestas con una intención de voto del 16%. Probablemente, la encargada de disputar la segunda vuelta frente al presidente Macron.
  • Sorpresa, ubicado en tercer lugar, con 13%, otro candidato de la extrema derecha, Eric Zemmour, 63 años, por el partido Reconquista. Experiodista participante de emisiones de televisión y de radio, expone posiciones radicales, fundamentalmente frente al islam, que le valieron varias condenas judiciales. A no descartar para una segunda vuelta.
  • El de menor arrastre en dicha franja, con solo 2% de intenciones de voto, es Nicolas Dupont-Aignan, 61 años, que se reivindica “gaullista” (por el general y expresidente Charles De Gaulle) y euroescéptico. Por último, difícil de clasificar, Jean Lasalle, 66 años, del partido Resistamos con una intención de voto del 2%.

Programa

Muchos franceses, en particular aquellos que se distinguen por su politización, vieron con malos ojos y criticaron acabadamente la negativa del presidente Macron a debatir con sus once rivales presidenciales o, al menos, con algunos de ellos.

Pero, a nivel del electorado, no parece ser demasiado importante. En primer lugar, porque casi siempre ocurre cuando un candidato lleva una delantera clara en las encuestas. Nadie corre el riesgo de perder en una confrontación televisiva la ventaja acumulada hasta ese momento.

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Macron, en su despacho del Palacio del Eliseo

En segundo término, porque los debates dejan poco en claro y porque la preparación de los candidatos limita los riesgos de un traspié que modifique los humores del electorado. En síntesis, los debates ya son solo un espectáculo que atrae a poca gente.

En todo caso, vuelve a adquirir mayor relevancia -lenta y paulatinamente- la cuestión programática. Y la campaña del actual presidente profundiza sobre el tema por dos razones. La primera: la necesidad de avanzar en lo que el propio Macron define como la transformación de Francia. 

La segunda: la posible mayoría que el oficialismo consiga en las elecciones parlamentarias que deben llevarse a cabo el 30 de junio de 2022.

¿Qué propone Macron? 

En política, mayor participación ciudadana, discusión sobre la autonomía de Córcega, introducir una dosis de método proporcional para las elecciones legislativas y la creación de consejeros territoriales. También la formación de una comisión transpartidaria para estudiar una reforma constitucional.

Desde lo social: aumentar la edad jubilatoria a 65 años con una jubilación mínima de 1.100 euros, la renovación o construcción de 700.000 viviendas anuales, ocupación para los beneficiarios del ingreso social, introducir obligaciones de formación para los jóvenes que no estudian, ni trabajan y reciben beneficios sociales, cambiar las reglas del seguro de desempleo.

También avanzar en la represión de las violencias contra las mujeres, mayor libertad pedagógica para los docentes, mayores requisitos para otorgar la carta de residencia para extranjeros, formular demandas judiciales por Internet y no legalizar el cannabis.

En seguridad, propone aumentar el presupuesto de las Fuerzas Armadas, crear una fuerza de acción republicana y 200 brigadas de gendarmería, lucha contra la cibercriminalidad y recuperar los postulados originales de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN).

En economía, financiar masivamente la independencia agrícola, reducción impositiva, inversiones estatales en sectores de futuro. En energía, invertir a la vez en energías renovables, pero también en energía nuclear, llegar a la neutralidad carbono para el 2050, reducir las exportaciones de basura.

En materia internacional, reforzar el espacio Schengen, continuar con las sanciones a Rusia y con el envío de armas a Ucrania, recibir refugiados ucranianos. En cultura, protección de la independencia informativa, financiamiento estatal para los jóvenes creativos, reducción de impuestos sobre el audiovisual.

Europa 

Las relaciones internacionales, la geopolítica, los bloques, la grieta -ahora definitivamente insalvable- entre democracias liberales y populismos autoritarios, no suelen ser motivaciones que impulsan el voto en los países que aceptan y protegen el Estado de Derecho. 

Sin embargo, cuando las discusiones, los contenciosos o los conflictos pasan al grado de la confrontación militar las sociedades libres comienzan a tener en cuenta el comportamiento de sus gobiernos no solo frente a la guerra en sí, sino frente a sus consecuencias. Por ejemplo, humanitarias y económicas.

El presidente-candidato Macron se encontró, se topó, con la invasión rusa sobre Ucrania cuando comenzó su presidencia rotativa de la Unión Europea (UE) que acaba el último día de junio de 2022. Pese a las reiteradas advertencias de la inteligencia norteamericana, Macron, al igual que gran parte de los líderes europeos, no lo esperaba.

El presidente francés imaginó siempre -seguramente como una herencia directa del general De Gaulle- que su país debía cumplir un rol de equilibrio entre los dos grandes actores de la Guerra Fría: Estados Unidos y Rusia, rol que debía ampliarse, llegado el caso, con la incorporación de China en la disputa por la hegemonía mundial.

En notable mayor medida que el Reino Unido, a los gobiernos franceses les cuesta aceptar que su país es una potencia de segundo orden. Mucho más, si como es el caso actual, además encabezan al conjunto europeo. En la versión actualizada de aquella “independencia” gaullista ya no se trata tanto de Francia por sí misma, sino de Francia como cabeza de Europa.

Y Europa, con Francia a la cabeza, soñó tras la caída del muro de Berlín en 1989 con la idea de un mundo poshegemónico. La guerra de Ucrania sonó como un indeseado despertador. Obligó a tomar conciencia de la dependencia tecnológica, energética, comercial y militar a la que está sometido el Viejo Continente.

Es más, las consecuencias de la invasión a Ucrania demuestran que esa dependencia, cuando se verifica respecto de un país que no es un aliado geopolítico, equivale a un suicidio estratégico. Es precisamente el caso de Europa -en menor medida de Francia- respecto de la necesidad de la importación de gas y petróleo rusos.

A la fecha, la Europa que conduce, rotativamente, el presidente francés muestra impotencia militar, dependencia energética e incapacidad política frente a Rusia -y probablemente también a China-, que no la considera como interlocutor válido sino como subordinada a Estados Unidos y, por ende, como perteneciente a un orden mundial que debe ser modificado.

A su vez, la siempre declamada y siempre postergada defensa común europea señala la dependencia total del Viejo Continente respecto de la capacidad militar-tecnológica de Estados Unidos.

Ahora bien, la visible mezcla de ingenuidad e irresponsabilidad de la Europa de los 27, ¿puede afectar las intenciones de reelección del presidente Macron? Difícilmente, dado lo escaso del margen de tiempo que separa este momento de la fecha de la elección.

Si la resistencia ucraniana continúa con vida, si las tropas rusas no logran conquistar las ciudades ucranianas, si solo persisten en destrozar el país, es posible que los líderes europeos, Macron incluido, mantengan sus puestos. Los ucranianos habrán pagado todos los precios y los europeos se mostrarán como quienes salvaron las vidas de sus respectivos connacionales.

Distinto sería el caso de un triunfo ruso. Si ocurre, no quedará otro remedio que reconocer que la Tercera Guerra Mundial ya empezó y que al frente de los estados hacen falta personajes distintos, capaces de convertirse, si es necesario, en jefes de guerra como lo fue Winston Churchill en el pasado. Como lo es el presidente ucraniano Volodimir Zelenski en el presente.

Por fortuna, para el presidente Macron y para los demócratas franceses, las extremas -derecha e izquierda- quedaron demasiado comprometidas con el autócrata ruso. Su visión fue aun más limitada que la ingenuidad y la irresponsabilidad oficial. Fue la visión subalterna de quienes aceptaron ya no el final de un mundo hegemónico, sino el cambio de hegemonía en el mundo.

Africa

Si Francia, al igual que Europa, despertaron tardíamente frente al peligro que representa el populismo autoritario que llega desde el este, el intervencionismo francés en aquello que considera como “su” mundo privativo o “su” esfera de influencia, por temprano que haya sido, no depara buenos resultados, sino todo lo contrario.  

A ojos de los africanistas, la actuación político-militar en el Sahel y en el Golfo de Guinea si bien respondió a un parámetro de combate contra el terrorismo yihadista se convirtió en una intervención que superó la jurisdicción de los gobiernos locales. 

El caso particular del Mali es por demás paradigmático. Si bien las tropas francesas mostraron una disciplina y una voluntad de combate que el Ejército maliano está a años luz de alcanzar, determinadas decisiones y actitudes francesas generaron un resentimiento que se expandió más allá de los cuarteles. Es decir, en buena medida entre la población civil.

Alcanza con un caso concreto para ejemplificar lo antedicho, el de la ciudad de Kidal, en el noroeste del país. En 2012, Kidal fue conquistada, junto con Tombuctú y Gao, por los independentistas tuaregs que vencieron al Ejército de Mali. 

Los independentistas tuaregs fueron, a su vez, desalojados por los grupos yihadistas islámicos que operan en la región. Tras el desembarco francés en 2013, Tombuctú y Gao fueron liberadas por una operación conjunta con tropas de Mali. Kidal, en cambio, fue entregada a los tuaregs y los franceses prohibieron, durante largo tiempo, el acceso del Ejército de Mali.

Fue suficiente para dar lugar al resentimiento que, sumado a la corrupción e ineptitud del Gobierno del presidente constitucional Ibrahim Keita, dio origen al doble golpe de Estado militar que barrió las instituciones de Mali y obligó al retiro de las tropas francesas de la Operación Barkhane. 

Peor aún, Francia no solo debe partir casi de apuro, sino que debe llevarse en su retiro a los contingentes militares europeos que la secundaban en la lucha antiterrorista, la Fuerza Takuba.

Y más grave: a las tropas francesas se las reemplaza con mercenarios rusos del Grupo Wagner. Algo que también ocurre en la República Centroafricana -otra excolonia francesa- a varios miles de kilómetros de Mali.

Por si algo faltaba, el golpe de Estado en Mali no ocurrió en solitario. Otro tanto pasó en Guinea y en Burkina Faso, débiles democracias que fueron barridas por los Ejércitos golpistas de ambos países. Ambos, Guinea y Burkina Faso, también formaron parte del imperio colonial francés.

En la división actual del mundo entre democracias liberales y populismos autoritarios, la Francia del presidente Macron parece estar confundida y sobrepasada, por los hechos que acontecen en Europa y en Africa.

Su mermada influencia sufrió un duro golpe en Oriente cuando Australia canceló un multimillonario contrato de provisión de submarinos convencionales para optar por una propuesta británico-norteamericana de provisión de submarinos a propulsión nuclear.

Probablemente, la política exterior no será el eje principal sobre el que girará la preferencia del electorado francés en las presidenciales de abril 2022. No obstante, la invasión rusa a Ucrania deja en claro que la Unión Europea, encabezada por Francia, no está en condiciones de “independizarse” ni de la tutela norteamericana, ni de la energía rusa.

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