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Rougier: “En nuestro país, la industria es sinónimo de desarrollo”

Marcelo Rougier destacó que la producción industrial tiene el potencial de generar empleo de calidad con el agregado de la movilidad social.

rougier
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02-09-2021
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El crecimiento económico de Argentina estuvo apuntalado por el desarrollo industrial hasta la llegada de la última dictadura militar en 1976. A partir de ese momento, se inició un ciclo de desindustrialización y deterioro considerable en las condiciones de vida de la población, que todavía está presente. Para el magíster en Historia Económica y doctor en Historia, Marcelo Rougier, “en nuestro país, la industria es sinónimo de desarrollo”.

En diálogo con El Economista, el investigador del Conicet y profesor de la Universidad de Buenos Aires comentó que la producción industrial tiene el potencial de generar empleo de calidad con el agregado de la movilidad social. “No es casual que la industria esté ligada a un bienestar económico y que la ausencia de ella esté asociada con la exclusión y la pobreza”, destacó Rougier.

¿Qué etapas podemos identificar en el desarrollo industrial y las nuevas tecnologías?

A grandes rasgos, podemos comenzar en el Siglo XX con la producción en masa que significó el modelo fordista, muy vinculado a políticas de corte keynesianas y a los Estados de Bienestar. Esas políticas entraron en crisis entre 1970 y 1980, pero el sector tuvo grandes transformaciones que se tradujeron en nuevas formas de producción iniciadas en gran medida en países del sudeste asiático, principalmente en la industria automotriz. A eso se sumó el proceso de globalización de los años '90 que generó también un nuevo esquema con una vinculación tecnológica fenomenal. Actualmente, el nuevo paradigma es lo que llamamos industria 4.0 con la integración de la tecnología digital a lo largo de todos los procesos productivos. Esa es la discusión que se da, sobre todo, en los países más desarrollados.

En Argentina, la industria es casi un sinónimo de desarrollo económico. ¿Cómo es posible pensar hoy esa relación?

No es casual que la industrialización esté asociada al desarrollo por la implicancia que tuvo la industria en las grandes transformaciones sociales a lo largo de los últimos siglos. Los países desarrollados tienen una pata industrial muy fuerte. Aún en un contexto dónde actividades más ligadas a los servicios digitales han tomado tanta fuerza, el desarrollo productivo sigue siendo importantísimo para los países centrales. La industria es sinónimo de desarrollo en nuestro país también. La producción industrial es, y ha sido, una gran generadora de empleo de calidad, bien pago y con la posibilidad de generar una cierta movilidad social.

¿Qué etapas podemos identificar en la historia de la industria nacional?

En Argentina, el desarrollo industrial cobra relevancia a partir de la crisis mundial de 1929 con la lógica de comenzar a sustituir importaciones de bienes que no podíamos comprar. Ese momento estuvo signado por el desarrollo de la llamada industria liviana que duró hasta mediados de los años 50. Luego comenzó una etapa del desarrollo sustitutivo más complejo donde se avanzó sobre los bienes y equipos más difundidos para el desarrollo industrial, que finalizó en 1976. Ese proceso de fuerte industrialización está asociado, más allá de otros problemas que tenía nuestro país, a un avance en el PIB, bienestar social y una sociedad más inclusiva. A partir de la dictadura, la industria perdió peso y el crecimiento económico fue más lento, o prácticamente nulo en términos de PIB per cápita, con una disparada exponencial de la pobreza. No es casual que la industria esté ligada a un bienestar económico y que la ausencia de ella esté asociada con la exclusión y la pobreza.

¿Cómo fue el desarrollo del sector a partir de la vuelta a la democracia?

Luego del proceso militar hubo casi una ausencia de políticas industriales que duraron hasta la crisis y el estallido de la Convertibilidad en 2001. El kirchnerismo encaró después una etapa de recuperación económica y cierta revitalización de las actividades industriales. Se rompió un poco con esa lógica de que la producción nacional era de peor calidad que lo importado. Si bien no se volvió a los años previos a la dictadura, hubo una clara reactivación. Esa mejora no estuvo asociada tanto a las políticas públicas o sectoriales, sino a un tipo de cambio más competitivo, luego de la salida del 2002, con un crecimiento de la demanda interna. Algunos sectores exportaban, otros estaban protegidos y cierto consumo sostenía la demanda en el mercado local. Esa recuperación tuvo límites, particularmente asociados a la restricción externa, por la crisis internacional de 2008. Ahí el sector industrial comenzó a perder peso y estancarse hasta 2015. A partir de allí, tuvimos políticas antiindustriales que llevaron a una caída fuerte en un contexto macroeconómico desfavorable que terminó con la irrupción y el golpe que significó la pandemia. Hoy vemos una recuperación después de tamaño golpe.

Usted nombró la restricción externa. ¿Ese ha sido el gran problema argentino para avanzar hacia una industrialización potente?

El gran dilema de la economía para avanzar en un proceso de industrialización fue, es, y me animo a decir que seguirá siendo la restricción externa. Vemos una industria que produce para el mercado interno. A medida que la demanda se expande, necesitamos más insumos y bienes que provienen del exterior. La aparición de nuevas actividades fue agrandando esa brecha. En su momento, esas divisas sólo podían provenir del agro. Por eso es importante fomentar las exportaciones de bienes industriales con valor agregado, esa estrategia se desarrolló hasta la dictadura y fue el momento de mayor crecimiento de la economía argentina en términos modernos.

¿Cómo fue el rol de las grandes plantas industriales y de las pymes a lo largo de nuestra historia?

Tradicionalmente, las grandes empresas han tenido mayor implicancia en la industrialización de nuestro país. De todos modos, las pymes han sido un sector con mucho peso político por el grado de generación de empleo que tienen. Un entramado social, productivo y corporativo que alcanzó cierta presencia política, que representó intereses más vinculados al mercado interno y el consumo local. A este segmento se lo asoció mucho más a un proyecto político vinculado al peronismo: la llamada burguesía nacional. Durante el desarrollo más potente del Siglo XX el eje estuvo puesto en las grandes empresas porque eran las que obtenían economías de escala y desarrollos tecnológicos. En las últimas décadas se reconoció más el rol de las pymes, no sólo en la generación de empleo, sino en las posibilidades de desarrollo tecnológico y de exportación y generación de divisas de estos segmentos. Históricamente impulsar estas compañías fue una forma de amortiguar el peso de las grandes firmas de capital nacional y de capital extranjero, por los efectos positivos que tienen en la economía.

Las actividades terciarias, sobre todo las ligadas a la revolución digital cobran una relevancia enorme en la economía mundial. ¿Cómo debemos pensar el desarrollo de las actividades productivas en ese contexto?

Hay una tendencia mundial donde el sector terciario ha crecido mucho respecto a las décadas anteriores ante esta revolución digital que estamos viviendo. Sin embargo, las grandes potencias están sumamente respaldadas por industrias potentes. Creo que el desarrollo en este siglo tiene que incluir un programa de desarrollo para todos los sectores. En Argentina, por ejemplo, es imposible pensar un modelo de desarrollo sin el sector agropecuario, por el peso que tiene en la generación de divisas. Asimismo, una estrategia que sólo considere el agro está destinada a fracasar más temprano que tarde. En concreto, es vital el incentivo de la producción industrial para el crecimiento económico de un país. Hoy en día, eso también implica sumar las nuevas tecnologías a los procesos productivos.

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