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Larga vida al dólar barato, el debate por el déficit y la economía del 2018-2019

El Gobierno encara el último tramo del 2017 con desmesurado optimismo y el apoyo empresarial para Macri no deja margen para otra cosa que el optimismo hacia el 2018. ¿Convalidará la realidad?

24-11-2017
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Por Leandro Gabin

Se acerca el final de año y el Gobierno encara el último tramo con desmesurado optimismo. Apoyado por los hombres de negocios que prefieren hacer ciertas críticas en privado, o por lo menos “valorar” el vaso medio lleno, es que el apoyo a la gestión de Mauricio Macri (refrendado en las urnas hace poco) no deja margen otra cosa que el optimismo hacia el 2018. Curiosamente, el Gobierno y los privados concuerdan en que la economía crecerá este y el próximo año. Es más, el siempre optimista Enrique Cristofani, el número uno de Santander Río, dijo que la entidad calcula que el PIB va a crecer como piso 3,5% en 2018 y 2019. De ser así, el vaticinio está en línea con lo que esperan en Jefatura de Gabinete y en el Palacio de Hacienda. “Empezamos a ver que hay acuerdos básicos en la sociedad en torno a la importancia de tender a una situación fiscal equilibrada, una inflación en baja, menor carga tributaria y una inserción inteligente el mundo”, manifestó el presidente de Santander Río.

Ese diagnóstico, con una oposición que no parece rearmarse detrás de un candidato importante, deja las puertas abiertas para una reelección de Macri en 2019. “Tiene el arco libre. Se piensa en otro mandato de Mauricio para después pasarle la antorcha a María Eugenia (Vidal) o a Marquitos (Peña)”, dice un dirigente de Cambiemos, entusiasmado, ante quienquiera oírlo.  Es lógico que el Gobierno esté haciendo lobby para instalar un segundo mandato de Macri. Después de todo, es la figura política avalada por la sociedad con los votos, con una economía que crece (no mucho y con ciertos desequilibrios) y una inflación a la baja. Los precios, como dijo Cristofani en la semana durante el agasajo anual a la prensa, “no bajan tanto como uno quisiera, pero se valora la tendencia”. Esa es la definición que más escucha en el ámbito empresario con respecto a la inflación: mejora, pero todavía falta mucho. Por eso el torniquete de Federico Sturzenegger con las tasas para enfriar los precios en la época más caliente como a fin de año. Esta semana puso el freno pero en la city no se descarta que haya nuevas subas si no ceden los precios en los próximos meses. El Gobierno internalizó la era de hielo del Banco Central. “Nos gustaría que las empresas tengan un entorno más sencillo para competir, pero la realidad es que el dólar bajo llegó para quedarse por un tiempo”, admitió Francisco “Pancho” Cabrera, el ministro de Producción, durante un evento del Banco Nación.

Claro que las tasas altas producen un dólar atrasado que, además, fomenta no sólo la compra de dólares por parte del público (la sensación de un bien cuyo precio está bajo) sino una déficit enorme de la cuenta corriente. El rector del CEMA, Carlos Rodríguez, un economista liberal de los más acérrimos con este Gobierno, afirma que hay un deja vu con lo vivido en 1979-1981. “El sector público entra dólares y el sector privado los saca en carretilla. Dólar barato, cuenta comercial en déficit y ahí es cuando empezó el déficit cuasi fiscal. Debe ser pura coincidencia nomás”, disparó, filoso, Rodríguez. En esta cuestión a una sensación en el gremio de los economistas de que la fuga de dólares puede empezar a preocupar si se mantienen en estos niveles.

La compra de dólares por parte de los argentinos sigue firme y no se detiene en lo que va de este año. Tan es así, que entre enero y octubre los ahorristas se llevaron de los bancos un total de US$ 26.176 millones. El dato, que pinta de cuerpo entero la situación actual, esconde otra comparación más que odiosa para el Gobierno: el monto ya supera a todo lo que se compró durante el 2011, el año en donde Cristina Kirchner lanzó oficialmente el cepo cambiario. En ese entonces, a CFK se le fueron de los bancos US$ 25.963 millones a pesar las restricciones que se oficializaron recién sobre el final de ese año pero que actuaban implícitamente.

Otro síntoma de esto es la fuga de dólares por el turismo de los argentinos en el exterior que sumó -hasta octubre- la friolera de US$ 10.600 millones, según se desprende de los datos publicados por el BCRA. En términos netos, esto es descontando los dólares que ingresan o dejan en el país quienes vienen para hacer turismo, la cuenta es igualmente de impresionante. El rojo llega a US$ 9.030 millones y crece 27% en lo que va del año. Por cada 10 dólares que los argentinos gastan por turismo, los extranjeros gastan tan sólo 1. El creciente déficit por los viajes y gastos con tarjeta afuera es un claro síntoma del atraso cambiario que tiene el país, un fenómeno que sucede por el fuerte ingreso de dólares proveniente de las emisiones de deuda en el exterior -que llegan este año a US$ 24.000 millones sumando las del Gobierno, provincias y compañías-. Esos dólares que ingresan por la deuda, sumado a los que genera el agro, básicamente son los que financian los altos déficit de la economía argentina (el de la cuenta corriente principalmente). Ya ni en el Gobierno lo pueden ocultar y admiten que el dólar barato fomenta el turismo hacia afuera y encarece notablemente a los que intentan vacacionar en el país. Cabrera tuvo que decirlo frente a empresarios ayer.

“No podemos vivir así toda la vida pero esto es una transición hacia una economía mucho más sana”, contextualizaba una fuente de Gabinete. “Fijate cómo le llueven dólares cuando el Gobierno tiene que emitir deuda. Los dólares, sobran”, graficaba. Y es cierto. Luis Caputo volvió a licitar sus Letes por US$ 600 millones y recibió demanda por US$ 2.583 millones. Todo un ejemplo de abundancia.

Un muy interesante informe de Consultora Ledesma plantea que el problema es el déficit fiscal, y no la forma de financiarlo. Dice que cualquier déficit significativo y sostenido, cuyo ajuste se retrase, cualquiera sea la fuente de financiamiento utilizada, termina apreciando el tipo de cambio real. Léase, “encareciendo la economía local”. “En particular, y siempre pensando en economías pequeñas y abiertas (tomadoras de precio y tasa) y en el mediano-largo plazo (las opciones de esterilización son limitadas y los recursos y factores productivos son escasos)”, dicen.

Agrega que cuando el déficit se financia lisa y llanamente con emisión monetaria, el proceso de apreciación del tipo de cambio real (TCR) se produce porque el alto diferencial de inflación respecto de los socios comerciales termina más que compensado cualquier tasa de devaluación nominal. Cuando el déficit se financia con emisión de deuda externa, Consultora Ledesma dice que sucede una de dos: a) si el Tesoro le da las divisas al BCRA para que este le de pesos para financiar gasto, entonces hay emisión y se genera nuevamente una relativamente alta tasa de inflación local con respecto al movimiento del tipo de cambio nominal (TCN) y la tasa de inflación de los socios comerciales, y b) si el Tesoro vende directamente las divisas en el mercado de cambios para hacerse de los pesos, entonces produce una apreciación del TCN que se traslada directamente al TCR.

“Cuando el déficit se financia con emisión de deuda interna se produce el efecto desplazamiento, con la consecuente alza de la tasa de interés local. El alto rendimiento local alimenta el carry trade. Los consecuentes flujos de capitales de corto plazo producen la apreciación del tipo de cambio nominal o fuerzan al BCRA a monetizarlos para evitarlo (emitir)”, señala. Moraleja, “todo déficit fiscal sostenido se traduce en un proceso de apreciación real. Por eso mismo, el problema es gastar por encima de nuestras posibilidades, no la forma de financiar el despilfarro”, concluyen.

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