¿El tapado?

En las últimas horas, mientras los nombres que se señalaban para ministro han resbalado, ha surgido el rumor del “tapado”: alguien que nadie espera.

Carlos Leyba Carlos Leyba 22-11-2019
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 Por Carlos Leyba

Distinguidos colegas ortodoxos insisten en que están dadas las condiciones para un inmediato despegue de la economía.

Al decirlo entienden que Alberto Fernández, de alguna manera, no la tiene muy mal y que a Mauricio Macri, que si bien hizo todo mal, la herencia que deja le salió bien. No por las buenas razones sino por las malas. Eso dicen.

La herencia que deja el macrismo, para estos colegas, casi casi es una oportunidad que Alberto debe aprovechar o puede desperdiciar.

Dicen “sólo haría falta la puesta en marcha de un programa macro económico consistente para comenzar un período de ordenada expansión”.

“Mauricio hizo la tarea sucia y ahora procede sacar los puntos de la herida”. Si se hace bien nos dan de alta y si se hace mal nos desangramos y morimos de inanición.

El futuro, según ellos, promete. La promesa está en las manos del nuevo Gobierno.

Esta mirada, de profundo optimismo sobre la herencia, se sostiene a pesar del estado de crisis en que navegan “los mercados”, a pesar de la penuria que sufren los ciudadanos de a pie y a pesar de la zozobra que desvela a los empresarios.

No pocos analistas ortodoxos exponen que la prosperidad de los más, la calma de los dueños del capital y el equilibrio de los mercados están preparados para amanecer.

Sólo, repiten, hace falta un programa macro consistente que disipe las sombras y el equilibrio, prosperidad y calma, vendrán por añadidura.

Además de un programa, dicen, está la necesidad de un “equipo” que genere “confianza” y elimine el riesgo de las vacilaciones.

Este comentario no es producto de una noche de ensoñaciones. Es el resultado de la escucha atenta de no una sino de varias exposiciones de colegas ortodoxos que, seguramente, habrán llegado a los oídos de Alberto.

Tal vez ahí radique el silencio y la calma que trasuntan los mensajes del futuro equipo.

¿El silencio oculta la sorpresa y la calma del pulso del cirujano tranquiliza al paciente? ¿Los ortodoxos saben quién es el “tapado”?

Los colegas ortodoxos señalan que la herencia es óptima para salir y que la responsabilidad por el resultado es de los que entran y no de los que salen.

Ellos señalan las potencialidades que ofrecen los superávit gemelos (externo y fiscal primario) y las capacidades ociosas y el desempleo.

A esa herencia se le reclama que proceda a la simultaneidad del programa consistente más la negociación exitosa de la deuda con acreedores privados y un nuevo acuerdo con el FMI.

El potencial de ese inmediato despegue, a criterio de esos colegas, es la suma de los “superávit gemelos”, las capacidades ociosas de la industria y el enorme desempleo.

La capacidad ociosa es monumental y el desempleo, subestimado, gigantesco, no hay duda.

La duda está en la virtud de esos superávit gemelos.

El superávit comercial externo, que es voluminoso, no es la consecuencia de un boom de exportaciones que habría permitido lograr un excedente por encima de las importaciones derivadas del pleno empleo de los recursos productivos. Todo lo contrario.

Las exportaciones difícilmente superen los US$ 65.000 millones. Una caída de 20% en dólares respecto de los US$ 82.000 millones de 2011. Lo más curioso, siendo la clave de las exportaciones el sector primario, es la caída respecto de hace 8 años con una cosecha récord y un dólar que abandonó el atraso.

La explicación para un saldo de US$ 15.000 millones en la balanza comercial está en el derrumbe de las importaciones producto de la megarecesión en la que vivimos.

Lo que se avecina, además, es que los términos del intercambio no apuntan a mejorar y que Brasil, el comprador de industria, está muy lejos de ofrecer un panorama alentador.

Es dificil imaginar (sin una política ad hoc) un salto en las exportaciones

Nadie (sin unas superzanahorias) puede imaginar inversiones que cambien el panorama. Y las políticas proconsumo, sin una economía de control, son leña en una hoguera de precios que deja el PRO y que se aproximan a 60% anual.

Nada de lo necesario es amigo de la ortodoxia.

El PIB por habitante de 2019 será 11% inferior al de 2011.

Y respecto al supuesto superávit fiscal hay que señalar que el déficit primario y financiero suman 5% del PIB.

En estas condiciones de estanflación, la reproducción de la pobreza y la derivada necesidad de aumento del gasto público para impedir que se convierta en indigencia, son fenómenos inevitables.

No parecen ser estas las condiciones ideales para empezar a resolver el problema sólo con un programa macro consistente. La ortodoxia parece poco.

En las últimas horas, mientras los nombres que se mencionaban para ministro han resbalado, ha surgido el rumor del “tapado”: alguien que nadie espera.

Los que merodean y forman la “cima” del poder Alberto han sostenido desde el comienzo que el “ministro” debería ser alguien que impusiera una línea de respeto.

Primero en todos los miembros del Gobierno (funcionarios, legisladores, gobernadores). Que generara una “confianza” desnuda en los “factores de poder” (grandes empresarios, dirigentes sindicales). Una “esperanza” en la dirigencia de los movimientos sociales. Y, fundamental, la seguridad de una personalidad solvente y criteriosa a los ojos de los acreedores y del staff del FMI.

Hasta ahora ese nombre no está.

Aparece el de Emanuel Alvarez Agis, que hoy oficia de consultor financiero y el reiterado de Roberto Lavagna. Uno no quiere dejar una exitosa carrera privada.

Otro ha dicho que jamás volvería al kirchnerismo con el que compitió abandonando el camino de su protegido Sergio Massa.

No parece que ninguno de los dos sea el “tapado”. Todos se preguntan quién será el ministro y ahora quién es “el tapado”.

Ese nombre es importante porque Alberto no explica un programa ni cómo llevarlo a cabo.

Si Alberto no ofrece un programa convocante, integral;y tampoco construyen un consenso, un pacto, la pregunta que se impone es ¿cómo aunar, juntar, convocar a coincidir a funcionarios, legisladores, gobernadores, grandes empresarios, dirigentes sindicales, movimientos sociales, acreedores y staff del FMI?

La respuesta nueva es “debe ser un tapado”. Alguien que no es uno de los que circulan. Alguien que sorprenderá por su solvencia acreditada en el mundo.

Alberto no ha dado a conocer hasta ahora ni una punta de un programa. Puede que exista y este guardado bajo siete sellos. Tal vez.

Tal vez la idea es que el programa se negocie través de un acuerdo y, por lo tanto, ese acuerdo debería estar ya en marcha.

Los días pasan sin programa anunciado ni acuerdo sugerido.

Es difícil que antes del 10 de diciembre se geste un acuerdo.

El Consejo acerca del hambre, si es indicativo de un estilo, no sugiere una concepción del tipo “acuerdo programático”.

Sin programa y sin acuerdo, es lógico que haya surgido la idea que, seguramente, Alberto tiene un “tapado”.

Sea el programa, sea el acuerdo, sea el tapado, lo que no cabe duda es que es muy difícil llevar a cabo una política que no cuente de partida con el favor de la propia tropa política, los factores de poder y la anuencia de los acreedores y del FMI.

Sin esa “confianza” todo es más difícil.

Creo que, además, es necesaria la anuencia de una parte sustantiva de la que hoy es oposición: el radicalismo y los peronistas del PRO, que no son pocos.

Recuerdo que la candidatura de Alberto fue embarazada el mismo día que CFK presentó su libro. Ese día agradeció a Alberto la idea y mencionó, por primera vez, elogiosamente en boca de un expresidente peronista (Carlos Menem, Eduardo Duhalde, Néstor Kirchner y Cristina) el Pacto Social del '73 y ese día empezó la gestación de la candidatura.

Tal vez por eso pensamos que Alberto se inclinaría por un acuerdo al estilo Perón de 1973.

En principio debemos descartarlo porque no lo está construyendo de la manera en que Perón lo hizo. Los pasos fueron primero la amistad política y por acá no pasa nada.

Después las coincidencias en una propuesta programática de fondo, con los partidos y los sindicatos y las empresas. Tampoco se está en eso.

Y tercero, una vez en el Gobierno, el pacto de política de ingresos, las leyes básicas y el envío al Congreso. Difícilmente se den esos pasos antes del 10 de diciembre. Y no es lo mismo “coincidir” si una de las partes es la que tiene el poder de decisión y no están todos en el llano. El pacto del '73 es el hijo de dos años de discusión y consenso en el llano.

No tienen porque saber que fue así y mucho menos tienen que pensar que eso sirva.

Lo mas probable es que no lo hagan.

Hay, por cierto, otras maneras de gobernar.

Un programa se puede anunciar antes del 10 de diciembre. O bien después. Pero cada día que pasa aumenta la incertidumbre.

Estamos en una calma inesperada. Una calma estable o bien una que anuncia la tormenta. No lo sabemos.

Hoy el indicador de incertidumbre no parece estar aumentando.

Pero no es menos cierto que el desgaste de los nombres ministeriales en juego no contribuye a fortalece la certidumbre.

De ahí que la gran, gran, jugada sea “el tapado”. Cristina hizo esa jugada del “tapado” con Alberto y ganó. El “tapado” paga. ¿El tapado existe?

Imaginemos un economista de prestigio académico en el mundo, sobretodo en los organismos internacionales y entre los hombres de las finanzas.

Un economista argentino facilitador de la deuda.

Uno que ha considerado que ser “ministro de economía” bien puede ser la coronación de una carrera llena de lauros. Y uno que no tiene miedo a asumir el ministerio en un momento de crisis descomunal como el presente.

Un economista de la corriente principal que ha dicho que el peronismo, como gobierno, es mejor que el PRO para administrar y salir de una crisis.

Alguien que le ha clavado banderillas de matador al cuero de Nicolás Dujovne que ha dejado muy mal parada a la profesión luego de su periplo ministerial .

Le tiro un nombre que cubre todas esas características: Guillermo Calvo. Vino para ser ministro en 2002 después de Jorge Remes. Pasa y deja ideas.

Un tapado con el que los bonos volarían?por un rato al menos. Nada malo para empezar y después vemos: la tradición nacional.

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