El mito del desempleo tecnológico

Pablo Maas Pablo Maas 24-05-2016
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por Pablo Maas

Es cierto que los robots se van a quedar con nuestros trabajos? Ultimamente, el fantasma del desempleo tecnológico ha resurgido en paralelo a los avances registrados en los campos de la digitalización, la inteligencia artificial, los robots y las “máquinas inteligentes”. Al ritmo que avanza la tecnología, sostienen algunos consultores, no falta tanto para que un gran número de empleos sean automatizados y los trabajadores de carne y hueso sean reemplazados por máquinas, algoritmos y software de computadoras.

En un artículo que escribieron en septiembre de 2013, dos académicos de la Universidad de Oxford, Carl Frey y Michael Osborne, le pusieron un número preciso al fenómeno. Dijeron que, en base a una metodología novedosa, estimaron la probabilidad de computarización de 702 ocupaciones y concluyeron que nada menos que el 47% del total de los empleos en Estados Unidos están en riesgo de ser automatizados “en los próximos diez o veinte años”.

Los resultados del trabajo del economista Frey y el ingeniero Osborne parecían confirmar la abundante evidencia anecdótica acumulada en los últimos dos años acerca del impacto de las nuevas tecnologías en el trabajo. Los autos que se manejan solos desarrollados por Google estarían por desplazar pronto no solo a los conductores particulares sino también a los choferes profesionales de camiones, por ejemplo. Unos cuantos trabajos menos. Pero no solo los empleos de relativa baja calificación estarían en peligro. Entre la inteligencia artificial, el Big Data, las impresoras 3D y los algoritmos de todo tipo, también correrían serio peligro de desaparecer muchos trabajos calificados de médicos, abogados e ingenieros.

El artículo de Frey y Osborne (“The future of employment: how susceptible are jobs to computerisation”) fue citado hasta el hartazgo por los medios de comunicación, expertos y consultores como prueba de que la profecía de Jeremy Rifkin, autor de “El fin del trabajo” (1995), finalmente comenzaba a cumplirse más de 20 años después. A pesar del escalofriante porcentaje del 47% de empleos que se perderían a manos de la tecnología estimados por Frey y Osborne para EE.UU., nadie se había animado a desafiar sus métodos y conclusiones. Hasta ahora.

La semana pasada, la OCDE publicó un estudio de tres economistas alemanes especializados en temas laborales que destruye la tesis de Frey y Osborne. En el artículo de 35 páginas (“The risk of automation for jobs in OECD countries, a comparative analysis”), Melanie Arntz, Terry Gregory y Ulrich Zierahn sostienen que, lejos de representar un riesgo para el 47% de los empleos, la automatización amenaza apenas a un promedio del 9% de las ocupaciones en 21 países de la OCDE, con un mínimo de 6% en países como Corea y un máximo de 12% en Austria. Para Estados Unidos, el porcentaje es del 9%, bastante lejos del 47%.

Arntz, Gregory y Zierahn dicen que el pecado original del estudio de Frey y Osborne se basa en el supuesto de que la tecnología automatiza ocupaciones enterasen lugar de ciertas tareas laborales. “Esto podría conducir a una sobreestimación de la automatización laboral, ya que ocupaciones etiquetadas como de alto riesgo a menudo contienen una proporción sustancial de tareas que son difíciles de automatizar”.

Los tres autores dedican una parte sustancial de su trabajo a demoler la metodología utilizada por Frey y Osborne para justificar sus conclusiones. Los dos académicos británicos construyeron una base de datos de 702 ocupaciones, relatan los autores del informe de la OCDE, y le pidieron a investigadores de inteligencia artificial durante un taller realizado en el departamento de ingeniería de la Universidad de Oxford, que clasificaran ocupaciones en base a su potencial para ser automatizados. “De esta clasificación, seleccionaron sólo 70 ocupaciones acerca de cuyas características los expertos estaban muy confiados. Frey y Osborne luego imputaron la automatibilidad a las restantes 632 ocupaciones”.

Esta descripción ubica al estudio de Frey y Osborne al menos como endeble y como máximo casi bordeando la impostura intelectual. Este talón de Aquiles metodológico ya fue notado recientemente por el físico y economista argentino Martín González Eiras. “El 47% (de desempleo tecnológico) es fruta”, escribió en diciembre del año pasado en una entrada de su blog “Economía Posible”, bajo el título “¡Basta de Frey y Osborne!”.

Los autores de la OCDE elaboraron sus propias estimaciones sobre una base de datos que analiza las ocupaciones laborales en base a las diferentes tareas que las componen y llegaron a unas conclusiones mucho menos dramáticas para el futuro del empleo. Arntz, Gregory y Zierahn argumentan que la proporción estimada de “empleos en riesgo” no debe equipararse con pérdidas de trabajos reales o esperadas a causa de innovaciones tecnológicas por tres motivos:

La utilización de nuevas tecnologías es un proceso lento debido a factores económicos, legales y sociales, de modo que la sustitución tecnológica a menudo no se produce tal como se espera. Citan como ejemplo un estudio de Boston Consulting Group de 2015 que pronostica que los vehículos autónomos van a llegar al 10% del total para 2035, “lo que sugiere una velocidad de cambio más bien lenta”.

Incluso si se introducen nuevas tecnologías, los trabajadores pueden adaptarse cambiando tareas y previniendo de esta forma el desempleo tecnológico. El ejemplo típico es el de los cajeros humanos de bancos desplazados por los cajeros automáticos, que pasan a cumplir tareas de asesoramiento, ventas o marketing, poco aptas para robots. En la Argentina, pese a la multiplicación de cajeros automáticos, la dotación de personal en los bancos aumentó de 105.000 en diciembre de 2013 a 108.000 en diciembre de 2015, según datos del Banco Central.

El cambio tecnológico también genera empleos adicionales, como por ejemplo nuevos puestos de trabajo para monitorear a las máquinas. Hay además una serie de mecanismos de retroalimentación macroeconómicos (de demanda y aumento de productividad) que, según los autores, Frey y Osborne no toman en cuenta.

En conjunto, estos mecanismos macroeconómicos pueden compensar los efectos negativos de las tecnologías ahorradoras de mano de obra, de modo que las pérdidas de puestos de trabajo sean improbables. “Por el contrario, el empleo total podría incluso aumentar”, dicen los autores del informe. Para otros economistas citados en el estudio, como el legendario William Nordhaus, coautor de un célebre manual de macroeconomía junto a Paul Samuelson, la obsolescencia del trabajo difícilmente se transforme en una cuestión relevante “durante este siglo”. Hasta entonces, habrá que considerar al desempleo tecnológico más como un mito que otra cosa.

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