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El inicio de un nuevo ciclo

Héctor Rubini Héctor Rubini 29-12-2016
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por Héctor Rubini

Termina 2016 con calma en la economía, y el prematuro fin de la gestión de Alfonso Prat-Gay como ministro de Hacienda y Finanzas Públicas. Ya se ha dicho todo sobre las más que visibles discrepancias entre el ministro saliente y la “mesa chica” del Poder Ejecutivo. Lo que queda ahora es un legado a administrar, con el vaso medio lleno y medio vacío.

Un balance

En el haber queda la formidable eficacia con que resolvió el conflicto con los holdouts y logró que Argentina retorne al financiamiento externo sin restricciones, el abandono del cepo cambiario con una devaluación que no condujo a un estallido inflacionario, el retorno a la publicación de estadísticas económicas creíbles y un trabajoso blanqueo de capitales cuyo éxito es hoy indiscutido. En el debe, el continuismo del expansionismo fiscal del kirchnerismo, con un aumento permanente del gasto público a mayor velocidad que los ingresos fiscales, y su financiamiento vía deuda pública y emisión monetaria.

Administró un ex Ministerio de Economía convertido en mero Ministerio de Hacienda y Finanzas Públicas, y en un gabinete de 22 ministerios. A su salida, la cartera de Prat-Gay deja de existir como tal y desde la semana próxima queda partida en dos ministerios: Hacienda, a cargo de Nicolás Dujovne y Finanzas, a cargo de Luis Caputo.

No cambia mucho pasar de 22 a 23 ministerios, pero sí es un cambio sustancial respecto de 20-25 años atrás, en que con apenas 8 ministerios se administraba el Estado y las políticas públicas. Por otro lado, es una señal, ya irreversible, de que no habría por qué esperar bajas sustanciales del gasto público en 2017.

La era Dujovne

Más ministerios es más gasto, y en un año con elecciones legislativas en que se juega la posibilidad de aplicar o no cambios sustanciales respecto de la herencia recibida en 2015, Dujovne enfrentará no pocas restricciones políticas para aplicar bajas sustanciales en el gasto público corriente. Con una presión tributaria récord histórico y que no alcanza para financiar el expansionismo del gasto público corriente, la suerte de las cuentas fiscales dependerá entonces de que se recupere el mercado interno, las exportaciones y la inversión privada y pública. Su evolución dependerá de los nuevos vientos que soplen desde Estados Unidos a partir de la asunción de Donald Trump el próximo 20 de enero.

También de otras variables fundamentales como que el nuevo Ministro de Hacienda no puede controlan: las tarifas públicas y otros precios regulados, las tasas de interés, el tipo de cambio y los salarios. Tampoco Hacienda tendrá injerencia en la obra pública. Claramente, y en un gabinete cada vez más fragmentado, el éxito de las políticas de corto y largo plazos dependen más que nunca de lo que decida el Jefe de Gabinete y sus dos asesores. Algo que en principio ha generado cierta incertidumbre, dado que los resultados macroeconómicos de este esquema de gestión no mejoraron en absoluto en el tan mencionado “segundo semestre” de 2016.

¿Vuelve el FMI?

¿Sería viable cierto anuncio de ajuste futuro para pedir prestado al FMI? Los políticos y comunicadores opositores lo dan por un hecho en base a un reciente artículo periodístico de Dujovne donde habla de cierta facilidad para acceder a U$S 25.000 millones del citado organismo. Pero en ese artículo, no se aclara por qué el FMI sería tan generoso, ni cuál pudiera ser el destino preciso de esa masa de dinero. Más aún, allí se mencionan condiciones emparentadas con el intento de ajuste de Brasil, inexistentes en la realidad argentina actual: PIB creciendo, y al 3% anual, y congelar el gasto público para reducir su peso en el PIB de 45% a 34% en diez años.

Sin ninguna reforma tributaria, y sin política alguna de shock se irían reduciendo déficit fiscal y las necesidades de nuevo endeudamiento. En ese caso, hasta el FMI le diría a nuestro país “¿para qué quieren que les prestemos dinero si necesitan cada vez menos deuda?”. Ciertamente, todo dependerá del comportamiento de variables externas que no controla nuestro país, y de variables de política interna, sobre las cuales influyen, al menos, el BCRA, la jefatura de Gabinete, el Ministerio de Energía y Minería, el de Transporte, el de Trabajo, Empleo y Seguridad Social, el de la Producción, el de Agricultura, Ganadería y Pesca, y el del Interior. Pero no el futuro Ministerio de Hacienda. Mucho menos el de Finanzas.

¿Y entonces?

En definitiva, el cambio de funcionarios reduce a cero la probabilidad de cambios futuros por incompatibilidad de personalidades, o quizá de proyecto político. Pero torna más visible la necesidad de una etapa inicial de vigorosa reactivación, seguida de crecimiento permanente. Caso contrario, repetir la experiencia de desbalances fiscales y de las cuentas externas con inflación, atraso cambiario, incertidumbre empresarial y crecimiento nulo o negativo, conducirá no sólo a perpetuar la estanflación sino también a una probable recuperación electoral de los partidos opositores. Sería el peor escenario imaginable para las autoridades, con vista a los dos años de gestión posteriores a las elecciones legislativas del próximo mes de octubre.

(*) Instituto de Investigaciones en Ciencias Económicas de la USAL

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