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El discurso del Presidente

El consenso no sólo requiere la participación de todos los sectores políticos, económicos y sociales, sino también la de quienes carecen de poder para negociar

Carlos Leyba Carlos Leyba 03-11-2017
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Por Carlos Leyba

“Nada peor que el consenso, el consenso mata a la sociedad, mata a la democracia”. Con esas palabras, J. Durán Barba, el numen inspirador del PRO, cerró su participación, el sábado pasado, en el programa oficialista “Por Venir” (TV Pública) que conduce Eduardo Levi Yeyati.

Lo hizo antes del discurso presidencial anunciado como la convocatoria a un Gran Acuerdo Nacional.

Mauricio Macri dijo en su discurso: “La cultura de los acuerdos y de las mesas sectoriales (?) parte de la premisa de que todos tienen que ser parte de la conversación: sindicatos, empresas, gobiernos. Nos sentamos todos en una mesa, listamos todos los problemas y vamos renglón por renglón viendo qué podemos resolver, es una maravillosa experiencia”.

Qué diferencia podemos apreciar entre “el consenso” y “la cultura de los acuerdos”, tal cual lo expresa el Presidente.

Cuando hablamos de “consenso” hablamos de lograr la aprobación de todos o de una mayoría absoluta, amplia y consistente.

La mayoría que permite construir en común y para el común. La que sólo la logra el arte mayor de la política. La solidez del consenso hace a la solidez de la política.

El consenso es una cuestión de proceso que nivela la cancha desde el principio.

El consenso no sólo requiere la participación de todos los sectores políticos, económicos y sociales, sino también la de aquellos sectores que carecen de poder suficiente para negociar pero que expresan necesidades del futuro.

¿En qué se funda el punto de partida del consenso? Nos ayuda Martin Buber: “La época de una gran crisis no basta mirar retrospectivamente el pasado próximo para acercar a una solución el enigma del presente. Una crisis de este calado no puede superarse pretendiendo volver a un punto anterior del camino, sino tratando de dominar los problemas de hoy. No podemos volver atrás, sólo podemos abrirnos paso. Pero sólo podremos abrirnos paso a condición de que sepamos a dónde queremos llegar”. (“Caminos en Utopía”: 1950) Es obvio, no se puede construir consenso si no es a partir de “a dónde queremos llegar”.

El radical rechazo de Durán Barba al “consenso” deriva de la concepción que el “dónde queremos llegar” es un derecho de determinación que el PRO, que su mesa chica de decisión, ha adquirido gracias a la ratificación electoral obtenida en 2017. Esa determinación no está sometida a “consenso” porque, para el PRO, ha sido ratificada por el surgimiento mayoritario de una “nueva cultura”.

Esa nueva cultura es la visión PRO de “dónde queremos llegar” que, en materia productiva, está determinada por el concepto de “apertura”, con todas las resonancias que esa palabra encierra en la historia de los últimos 40 años.

La gran herramienta estructurante del aparato productivo, que el PRO anuncia poner en marcha, es el comercio exterior determinado, en la práctica, por un retraso cambiario dominante y por una presión a la reducción arancelaria como sugiere cualquier Tratado de Libre Comercio que se pretenda encarar. Eso respecto de fronteras afuera.

Y fronteras adentro está determinado por una concepción que ausenta toda legislación consistente de promoción fiscal y desarrollo de la actividad productiva y  toda estructura financiera ad hoc de desarrollo.

No hay ni habrá tal cosa como “política industrial”, “banco de desarrollo”, “precios sombra” y/o planeamiento por objetivos. No.

En esas condiciones ? pesos mas pesos menos ? lo que determina la estructura productiva es la dotación originaria de factores.

Dotación de factores naturales que encierra el agravante histórico de tener, al día de la fecha, nacidos en hogares pobres al 50% de los menores de 14 años ?lo que proyecta condiciones no muy Siglo XXI para la fuerza de trabajo de las próximas décadas- y un estimado de recursos naturales por habitante (Banco Mundial, 2006), de US$ 10.000, cifra aproximadamente igual a la de Chile.

Y si a eso le sumamos el deterioro del equipo de capital reproductivo y de la innovación, acaecido durante las últimas cuatro décadas -como consecuencia de la baja tasa de inversión reproductiva y la fuga del excedente que amontona US$ 400.000 millones de residentes en el exterior -, conformamos un cuadro extremadamente débil para soportar “el céfiro constipante” de las aperturas dogmáticas y poco informadas de lo que pasa en el mundo.

A la mesa de consenso de “dónde vamos”, nadie ha sido invitado; y convengamos que las políticas tributarias, de gasto público, laborales, etcétera, analizadas de manera segmentada, tratando de hacerlas independientes las unas de las otras, por más buena voluntad de las partes, no pueden sino terminar en la valija de Chaplin.

Carlitos quiso, apuradamente, guardar toda su ropa para viajar en una valija chica, eterno problema, como todas las pilchas no cabían decidió, a tijera en mano, recortar lo que “sobraba”, lo que salía de la valija, y hacerlo para que cerrara. Cuando llego a destino (dónde vamos) los sacos no tenían mangas y los pantalones no tenían piernas.

Las reformas son o no son útiles y convenientes o no, en la medida que tengamos claro el para qué, que es justamente dónde vamos.

Y si bien esto seguramente está claro en la mesa chica del PRO, está lejos de estarlo para todo lo que no es la mesa chica y que incluye a algunos (muchos) de los miembros de Cambiemos además de empresarios industriales y trabajadores y sectores de  la oposición.

En este eje central es que el discurso de Macri no es uno de consenso, más allá de las generalidades y deseos de prosperidad que todos, absolutamente todos, compartimos.

La cuestión en los países en vías de desarrollo, emergentes, jóvenes, como lo queramos llamar, siempre es el rumbo.

Y si ese rumbo no se construye vía consenso es, por definición, provisorio, efímero y poco atractivo para retener el excedente de la producción. Es decir para evitar la fuga y provocar el retorno de lo fugado, aunque se haya blanqueado que es un paso positivo, pero incompleto, logrado por este gobierno. Gracias.

Los chisporroteos de esta cuestión surgieron, por ejemplo, del mismo Cambiemos. El gobernador de Mendoza reaccionó ante la imposición de un tributo que cree afecta el desempeño de la economía regional.

Un ejemplo de cómo una decisión pequeña ?más allá de su real incidencia? no puede ser tomada sin un planteo sistémico que revela que los impuestos implican definiciones acerca del aparato productivo.

Todas las reacciones de distintos sectores ante los anuncios, aún incompletos o borradores, de estas reformas han suscitado reacciones de alabanza general referidas al criterio de halagar la idea de “reformar”  el peso impositivo, y de críticas sectoriales cuando se trata de analizar los anuncios concretos. Es cierto que todas las medidas, además de tramitar el debate parlamentario, serán sometidas a discusiones ?como dijo Macri en “mesas sectoriales”? parciales. Por partes, a la manera de “Jack el Destripador”.

Y esa estrategia que excluye del debate el sentido último de las reformas, que es el dónde, el rumbo, la meta del tipo de país productivo que aspiramos ser, es la diferencia entre “consenso” y “acuerdo nacional sobre un conjunto de políticas públicas” que propone el Presidente.

El Presidente anunció el borrador de un conjunto de propuestas en distintos temas.

Nadie debería esperar, lo dijo Durán Barba, del Presidente un “cambio” de la estrategia de gobernar sin acudir al consenso, más allá de la imperiosa necesidad de negociar mayorías parlamentarias.

El “acuerdo sobre políticas públicas” que se propone Macri es el nombre bonito para la “negociación”. La negociación, estando en minoría parlamentaria, es su necesidad existencial que parece en declive.

Quien negocia trata de obtener, por ejemplo, un voto a cambio de una recompensa. Pero ese voto no implica un acuerdo. Es una concesión a cambio de algo.

Es un método lícito en la vida política. Pero nada tiene que ver con el consenso que conforma el dónde, el rumbo.

En la visión PRO no hay una estrategia de desarrollo territorial por la vía productiva.

La estructura productiva estará determinada por las fuerzas del mercado en un marco de apertura con atraso cambiario, negociaciones de liberación comercial, y ausencia de herramientas de transformación de una política específica de desarrollo.

Macri sostuvo que “solo hay que desatar los nudos que nos tienen maniatados para poder liderar toda es potencialidad latente en nosotros”. Es su visión.

Desatar nudos es una imagen navegante de quien libera a la embarcación a la que los vientos favorables la empujan. Pero desde los griegos sabemos que no hay vientos favorable para un velero sin rumbo.

Y si el rumbo no surge del consenso de la tripulación y el pasaje, el riesgo de naufragio es alto.

Durante 40 años, Argentina ha carecido de ese debate de rumbo y de la formación del consenso que lo abroquela. Macri abrió una posibilidad.

Las urgencias o vaya saber que demonios, convirtieron una sana aspiración en un conjunto de reformas que no responden a un consenso que, una vez mas, ha sido postergado.

La gran cuestión fiscal que ronda detrás de estos cambios es la evasión del, como mínimo, 30% y en ese plano han sido olvidados instrumentos como la prohibición vigente de pagos de más de $1.000 en efectivo y que sugieren en qué terreno se debe librar la batalla contra la evasión que va del megalavado a la verdulería.

La gran cuestión laboral está en el crecimiento de la tasa de inversión que es la madre de todas las batallas económicas.

En Carolina del Sur, Volvo recibió un subsidio de 33% por una inversión de US$ 600 millones (2015) y, en Eslovaquia, KIA, un subsidio del 24% por una inversión de US$ 2.040 millones.

Podemos continuar la lista que avala el principio de “haz lo que yo hago y no lo que yo digo” que es lo contrario de la convicción PRO que en el mundo se hacen “los deberes” y no lo necesario. Claro que para hacer lo necesario lo imprescindible es el consenso de dónde vamos.

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