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Cuarenta años de polaquitos

Hace cuarenta años que nuestro país no dispone de una norma legal que genere incentivos contundentes y prolongados destinados a promover la inversión reproductiva

Carlos Leyba Carlos Leyba 24-07-2017
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Por Carlos Leyba

La pobreza tiene nombre y apellido y es de carne y hueso. En nuestro país rico y prometedor, el país de las oportunidades, la pobreza es joven y la mitad de los jóvenes son pobres. Nada hay más claro para poner sobre nuestra cabeza la decadencia de la Nación. No hay decadencia sin progreso previo. El debate es acerca de cuándo terminó el progreso o comenzó la decadencia. Tomamos partido por cuándo el progreso fue más vigoroso y más sano.

Pero lo que sí resulta irrefutable es que medido el progreso por el porcentaje de personas por de bajo la línea de pobreza y por los niveles de empleo (y en esto hay consenso bastante amplio) resulta que el derrumbe de las condiciones de vida, medido por el PIB por habitante y su distribución, comparado, por ejemplo, con Estados Unidos, ocurrió a partir de la mitad de los ´70.

El modelo económico y social de la dictadura genocida, anticipado por José López Rega, Celestino Rodrigo y Ricardo Zinn, desencadenó, además de la tragedia humanitaria, una debacle económica y social basada en la deuda externa; la desindustrialización y la “normalización” de niveles elevados de inflación, con su secuela de desempleo, precarización y pobreza. En el tiempo en que la población se duplicó, 40 años, el número de pobres se multiplicó por 15. Escándalo. Fracaso.

Raúl y José

La democracia heredó la tragedia de la dictadura. Pero no acabó con ella. El discurso de Raúl Alfonsín, fundador de esta democracia, sostuvo que “con la democracia se come, con la democracia se educa, con la democracia se cura, no necesitamos nada más, que nos dejen de manejar la patria financiera, que nos dejen de manejar minorías agresivas, totalitarias, inescrupulosas”.  Hubo allí una inversión conceptual que tuvo sus consecuencias. Si la democracia es la marcha, en libertad, hacia una mayor igualdad que alimente una mayor fraternidad, la democracia es en rigor hija de una sociedad en la que todos comen, todos atienden su salud y todos se educan.

Una democracia es tal si garantiza la provisión de bienes públicos básicos. O que nadie sea privado de ellos, sea que los obtenga por su propio esfuerzo remunerado o sea que lo reciba si el sistema no permite la realización de ese esfuerzo remunerado.

La pobreza de hoy, que condena a más del 30% de la sociedad, implica que nuestra democracia, si la vida privada no lo puede proveer, no es capaz de la provisión de bienes públicos esenciales de la salud, la educación y la alimentación para un  tercio de la población. Peor aún para la mitad de los menores de 14 años.

El pasado es importante para explorar las causas. Lo es el presente porque es donde debemos actuar. Pero también importa la mirada desde el futuro porque nos permite observar la densidad, el peso y la trama de lo porvenir. Si la mitad de los menores de 14 años son pobres, hijos de personas pobres y tal vez nietos de la pobreza, ¿cuál es la estructura demográfica del futuro en términos de capacidades, habilidades, potenciales? ¿Cómo se presenta, en esas condiciones, el destacado “bono demográfico” de Argentina si lo calificamos por el potencial realizable de esa población joven?

Pido ayuda a José Ortega y Gasset para poner en claro el profundo desorden de 40 años de nuestros afanes signados por la enorme superficialidad de las políticas puestas en práctica desde entonces: “Cuenta Parry que en su viaje polar avanzó un día entero dirección Norte, haciendo correr valientemente los perros de su trineo. A la noche verificó las observaciones para determinar la altura a que se hallaba y, con gran sorpresa, notó que se encontraba mucho más al Sur que de mañana. Durante todo el día se había afanado hacia el Norte corriendo sobre un inmenso témpano al que una corriente oceánica arrastraba hacia el Sur”.

Las chapucerías

Mas allá de la buena voluntad, el problema es el témpano que nos arrastra en dirección contraria de la que debemos ir para progresar. El témpano lo construyeron las chapucerías de las políticas económicas aplicadas que han despreciado la necesaria materialidad de todo proceso económico y social.

La materialidad del proceso económico y social tiene dos patas insustituibles, la primera es la inversión en capital reproductivo y la segunda el desarrollo humano de la fuerza de trabajo.

Sin fortalecimiento permanente del capital reproductivo (tecnología, cantidad) y sin desarrollo humano de la fuerza de trabajo, la productividad del sistema económico y la del sistema social se transforman en una quimera. Navegamos creyendo ir al Norte y la realidad (el témpano) nos arrastra en dirección contraria que es lo que pasó.

En los últimos 40 años no hemos alcanzado ni remotamente la tasa de inversión, en relación al PIB, que han tenido los países que han crecido para conformar una economía de progreso. Países como Corea del Sur no han reducido su volumen de inversión anual por debajo del 30% del PIB, y lo mismo y más, es lo que han experimentado todas las economía que han duplicado o más que duplicado su PIB por habitante en una década habiendo partido del subdesarrollo y la pobreza.

En los últimos 40 años hemos visto aquí multiplicarse la pobreza y naturalmente declinar el proceso de provisión de bienes básicos como salud y educación. Pero todas las economías que han crecido como Corea del Sur, a su vez, han tenido ?tal vez con excepción de China? una notable mejora en su distribución del ingreso y, sobre todo, un aporte masivo de bienes públicos destinados a fortalecer la formación en contextos en los que la pobreza (de la que se partía) había sido superada.

Hoy, felizmente y aunque parezca una paradoja, tenemos un consenso. Ya no es imaginable que Aníbal Fernández se anime a repetir que la pobreza en Alemania es superior a la que sufre Argentina. Tampoco es imaginable que, basada en los números del Indec conducido intelectualmente por Guillermo Moreno, Cristina Elisabet Fernández declare, en la FAO, que la pobreza en la Argentina esta en aproximadamente el 5%.

Culpas y admisiones

El kirchnerismo necesitó ser oposición para descubrir el drama de la pobreza que ayer negaba y que por eso no contribuía a solucionar. Es cierto que no asumió acerca de esto ninguna responsabilidad. No necesita hacerlo. Al reconocer lo que está pasando, está reconociendo lo que pasó en los doce años en que gobernaron en lo que hace a la pobreza, como en lo que hace a la ausencia de un proceso de inversión transformadora. No hay lo uno sin lo otro.

Por otra parte, el PRO declara que su principal objetivo es erradicarla. Todos tenemos claro que el número de pobres es una medida exacta del fracaso de la política, la economía y la organización social.  Pero el anverso de la pobreza es la ausencia de un proceso inversor sostenido. No hay lo uno sin lo otro.

Pensar en la I

Hace 40 años nuestro país no dispone de una norma legal que genere incentivos contundentes y prolongados, en materia fiscal, destinados a promover la inversión de capital reproductivo. Zanahoria. Un caso raro.

Incentivos fiscales, aportes directos y financiamientos largos están a la orden del día en todos los países incluidos los centrales en términos de desarrollo. Hoy, gobernar, es atraer inversiones. Primero de los propios nacionales.

El blanqueo le resolvió problemas tributarios a un conjunto de evasores. Aportó unas migajas al desbarajuste fiscal. Pero los US$ 300.000 millones en el exterior, propiedad de residentes argentinos, no retornaron ni retornaran sino tienen, al menos, los mismos incentivos para invertir que logran en Estados Unidos, Alemania o Francia.

No tenemos siquiera un instituto de financiamiento a largo plazo a las tasas que en el mundo se consideran aptas para invertir en capital reproductivo. Es más nuestros incentivos financieros sólo son para especular. Tampoco tenemos un programa propositivo para multiplicar la tasa de inversión.

Y tampoco somos conscientes que el proceso de inversión requiere de políticas de incentivo y también de defensa. Y no distracciones.

Por ejemplo, Estados Unidos defiende sus industrias aplicando hoy la “Trade Expansion Act of 1962” referida al procedimiento de salvaguarda de la seguridad nacional (por seguridad nacional para importaciones) y Alemania tiene el indicador de protección del empleo más alto de la OCDE. Ambas potencias económicas defienden el trabajo local y brindan incentivos a la inversión.

La misma inconsistencia sistémica que tenemos en materia de política de desarrollo económico se presenta en el tratamiento de la cuestión social.

El drama que televisó Jorge Lanata, más allá de lo fantasioso de un niño que fue expuesto de manera impropia e innecesaria, revela que el Estado abandonó la provisión de bienes públicos a cientos de miles de niños. Y que los esfuerzos nobles de las organizaciones que tratan de resolver el problema con ayuda pública, no pueden atacar el problema de raíz. Es absurdo esperar que con los instrumentos de que disponen lo logren. Otra vez el témpano.

Hay muchas, muchas, experiencias exitosas en la tarea de procurar el desarrollo humano de los niños que, como el Polaquito, no viven vidas humanas y no pueden desarrollarse. Las hay en la  Cuba marxista, y por doquier en experiencias de la Iglesia Católica a la que Lanata, lamentable e injustamente, se solazó en difamar e insultar.

En el drama de la inversión y en el del desarrollo humano, hace 40 años, los argentinos somos arrastrados por el témpano. En lugar de desarrollarnos generamos polaquitos. No hay lo uno sin lo otro.

Más allá de lo impropio, tal vez, esa exposición televisiva genere el debate necesario para contener el témpano social que nos arrastra a la decadencia.

Pero detener el témpano social e invertir su marcha necesita, aunque no es suficiente, generar las condiciones para la inversión reproductiva.

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