Previsible: la relación de Biden con China empezó muy mal

Joe Biden se ha plantado desde una posición muy dura frente a China, a partir del día uno en el cargo. ¿Será una estrategia de negociación? Poco probable. Todo indica que la tensión y el conflicto entre ambas potencias no sólo se mantendrá sino que seguirá empeorando. 

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Patricio Giusto Patricio Giusto 12-02-2021
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Por Patricio Giusto (*)

La nueva administración de Joe Biden ha confirmado las presunciones previas sobre el futuro de las relaciones entre China y EE.UU. Todo indica que la tensión y el conflicto entre ambas potencias no sólo se mantendrá, sino que seguirá empeorando.

Biden se ha plantado desde una posición muy dura frente a China, a partir del día uno en el cargo. En el frente tecnocomercial, el nuevo Presidente ha ratificado, de momento, las tarifas heredadas de la era Trump sobre productos chinos, como así también la “lista negra” de empresas chinas pasibles de sanciones y prohibiciones para operar en EE.UU., o bien con empresas norteamericanas en el exterior. Se entiende que Biden habría adoptado esta postura para afrontar una futura renegociación con China -aún sin fecha en el horizonte- desde una posición ventajosa a la hora de hacer eventuales concesiones frente a Beijing.

En la primera llamada con su par Xi Jinping, con motivo del Año Nuevo Chino, Biden aprovechó para dejar bien en claro su rechazo a las “prácticas económicas coercitivas e injustas”, los “abusos de los derechos humanos en Xinjiang” y a las “acciones asertivas de China en la región, incluso hacia Taiwán”. Difícil encontrar diferencias entre este discurso y el de Trump.

Biden apenas dejó abierta una ventana de cooperación bilateral al destacar que “trabajaremos con China cuando beneficie a los norteamericanos”, aunque sin especificar en qué campos. Xi Jinping replicó alertando que una mayor confrontación “sería un desastre”.

En las horas previas a la llamada, Biden había impactado a la diplomacia china al declarar que “Xi Jinping no tiene ni un solo hueso democrático en su cuerpo”. Fue el marco del anuncio de una profunda revisión de la estrategia hacia China del Pentágono, reestructurando áreas clave que incluyen inteligencia, tecnología y defensa. En ese sentido, el equipo a cargo del Indo-Pacífico será el más grande en el Consejo de Seguridad Nacional. El mismo estará a cargo de Jack Sullivan, un reconocido experto de línea dura en relación a Beijing.

Por su parte, el secretario de Estado, Antony Blinken, se puso al frente de una fuerte ofensiva mediática y diplomática de EE.UU. sobre los supuestos abusos de derechos humanos del régimen chino en Xinjiang, el Tíbet y Hong Kong. El funcionario dijo que Washington trabajará con sus aliados para responsabilizar a Beijing por amenazar la estabilidad regional y socavar los derechos humanos. Claramente, esto será un tema central en la agenda bilateral, pese al rotundo rechazo de Beijing sobre esas acusaciones. El vicecanciller chino Qin Gang hizo alusión a “lobos malignos” en la diplomacia estadounidense, que permanentemente distorsionan la realidad de China. Hasta ahora, la prédica de Blinken no tuvo el eco esperado.

Pero otros gestos recientes de EE.UU. frente a China resultan aún más alarmantes, incluso superando en agresividad a la política exterior de Trump. Por primera vez desde la normalización de las relaciones bilaterales en 1979, el embajador de facto de Taiwán en EE.UU. fue invitado a la asunción presidencial. Luego, mantuvo reuniones con varios funcionarios estadounidenses. Obviamente, esto desató la furia en Beijing.

Por si ello fuera poco, Biden ordenó una gran “operación de libre navegación” en el disputado Mar del Sur de China, encabezada por dos grupos de portaviones. Ni Trump llegó a ese punto, ya que fue la primera vez desde 2012 que EE.UU. desplegaba tantas embarcaciones militares en la zona. Esto fue acompañado de mensajes inequívocos por la vía diplomática a los históricos aliados norteamericanos en la región, destratados durante los últimos cuatro años.

Sin embargo, no será tarea fácil para Biden constituir una red de alianzas “anti-China”. EE.UU. aparece devaluado en la escena internacional, con graves problemas internos que resolver. China, en cambio, está emergiendo económicamente muy fortalecida en el contexto de la pandemia y es cada vez más vital para sus socios. Además, Beijing avanzó a paso firme con sus vecinos estos últimos cuatro años, aprovechando el aislacionismo unilateralista de Trump.

China ha consolidado sus vínculos incluso con países como Japón. Y el sector privado está jugando un rol decisivo, avizorando futuros beneficios en el marco del RCEP y otros acuerdos internacionales promovidos por China. Una reciente encuesta publicada en Nikkei Asia reveló que apenas 7,2% de las empresas japonesas estarían dispuestas a retirar inversiones de China. En paralelo, grandes telcos norteamericanas han incrementado su lobby en Washington para que Biden retrotraiga las sanciones sobre sus socias chinas. Sucede que ni a los estadounidenses escapa que no se puede prescindir de la sociedad con China en el Siglo XXI. El tan mentado “desacople” suena cada vez más absurdo e ilusorio. Sin dudas, esto es un gran problema para Biden, en caso de querer continuar e incluso escalar el conflicto con China.

(*) Director del Observatorio Sino-Argentino, docente del Posgrado sobre China Contemporánea de la UCA y profesor visitante de la Universidad de Zhejiang (China)

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