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Panorama

El teatro

El crecimiento resulta del esfuerzo. Pero el desarrollo se alcanza cuando lo que ha crecido se sostiene en el tiempo.

Hubo un tiempo mejor. La divergencia profunda está en cuándo y en por qué "se jodió".
Hubo un tiempo mejor. La divergencia profunda está en cuándo y en por qué "se jodió".
Carlos Leyba Carlos Leyba 16-12-2022
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En prospectiva usan, como plataforma de análisis de la realidad política, elementos del teatro porque él remite a argumento, diálogo y al edificio, en el que la acción transcurre. En política hay argumento, diálogo y construcción de sentido. No hay política sin esas tres cosas.

El teatro es escenario y telones que ubican la acción, gradas para espectadores a quienes condiciona el ánimo de los actores; pero sonrisa, pena y aplauso del público hacen un continuo con el escenario. 

Espectador y actor están ahí al mismo tiempo. Al igual que en política las reacciones en teatro no son programables.

La segunda representación no es idéntica a la previa, como tampoco el discurso político es repetible. La política es recreación para vivificar argumento, diálogo y sentido.  

"Teatro" designa también el espacio histórico y geográfico, dimensiones de tiempo y espacio, de situaciones trascendentes. "Teatro" llamamos a la geografía de las operaciones que, sobre la realidad colectiva, ejecutan los actores de la vida histórica. 

La política tiene como escenario el Estado. Nuestro Estado es hoy una mal formación patológica.

Pero no hay política sin Estado, ni Estado sin política; hay un intercambio, nunca estático, ascendente o descendente, en términos de bienestar colectivo. Sin ese norte, Estado y política, pierden la razón de ser; y sin ese resultado, se desgranan.  

Este domingo, por TV, D. Malnatti nos hizo viajar al interior del Teatro Colón que ha sido, y es, un territorio de excelencia, sin banderías, continuidad de más de un siglo.

El Colón no es la única, pero sí una de las pocas instituciones públicas que ha crecido a pesar de los tropezones de la sociedad, que ha logrado esplendor y que, a pesar de nuestra gigantesca decadencia, sigue irradiando virtud y atrayendo, condición necesaria para ser espléndido, a virtuosos en lo suyo. 

¿Qué es lo excepcional del Colón? A través de más de un siglo ha logrado preservar y mantener sus logros. "Mantener" es lo que lo hace excepcional en una sociedad que, a casi todo lo público -que en algún momento logró algo grandioso- lo ha deteriorado, deshilachado, degrado. Insisto, no es la única. 

Pero cada mirada a la cosa pública provoca, en todos, la afirmación, entre nostálgica y decepcionante, que el tiempo pasado fue mejor. 

Imaginamos al mejor futuro como volver a un pasado. Las discrepancias radican en cuál pasado. 

Hubo un tiempo mejor. La divergencia profunda está en cuándo y en por qué "se jodió". 

El cuándo no es banal, en él está implícita la excelencia, el paradigma, el modelo, que se abandonó. 

Pero la nostalgia condiciona la reflexión acerca de qué futuro construir. Lo contamina con la cuestión de qué pasado recuperar. 

El reparto de culpas desvanece la prospectiva del futuro. Como es inevitable es muy malo "caer" en el futuro.

Hicimos cosas excepcionales. Un pueblo alfabetizado antes que naciones de Europa; temprana y vigorosa clase media, la mayor de América Latina y hace 50 años sólo no habíamos logrado desatar de la pobreza a 4% de la población. 

Teníamos la industria automotriz integrada mayor de la región, fábricas de aviones, barcos y locomotoras, pleno empleo, una mega red ferroviaria, Premios Nobel de ciencias; cine y literatura punteras en lengua española. Modernos, en la mitad de los '70, teníamos el PIB ph más alto de la región, resultado de una década de crecimiento sin interrupciones.   

No lo supimos mantener. Pobreza, erosión de la clase media, desindustrialización, destrucción del ferrocarril, de la bandera marítima, derrumbe editorial. Estancamiento del PIB ph que arrastramos, no hace 10, como recitan algunos desinformados economistas, sino hace 48 años, como señalan M. A. Broda o M. Rappetti, profesionales que honestamente citan números. 

Balance: son más los logros que hemos extraviados que los que hemos preservado. 

El Colón es un símbolo de la excepcionalidad de mantener el progreso.  

El crecimiento  resulta del esfuerzo. Pero el desarrollo se alcanza cuando lo que ha crecido se sostiene en el tiempo. Progreso de larga duración: plataforma de ascenso permanente. Crecer y mantener.

"Un eminente teólogo de Oxford indicó que su única objeción al progreso moderno era que se progresaba hacia adelante y no hacia atrás": Oscar Wilde.

Cuando es sólo hacia adelante no garantiza la consolidación del territorio ganado. Se consolida cuando también lo hace hacia atrás. Suena raro, sólo hay que digerirlo.

Sólo hay decadencia cuando hubo progreso previo que, luego, se desbarató. 

La decadencia es no saber mantener los logros. 

Hicimos efímero el éxito. ¿Fertilidad, raíces, cuidado?

Por eso la historia del Colón es ejemplar. Una institución pública que logró continuidad del objetivo, cuidado de la organización, profesionalidad, valor del mérito. Acumulación de saber, tradición, crecer y sostener. Es continuidad. 

Con ese contraste echemos un vistazo a las instituciones que forman hoy nuestro Estado. Administración, salud, educación, seguridad, justicia. El principal bien público es el consenso en el rumbo, la calidad del camino, señales, control, la tarea única e indelegable del Estado. No lo tenemos. 

Nuestro derrumbe, evidente, es proporcional al "ocultado" derrumbe de lo público. 

Julio H. G. Olivera, en el desmadre inaugural del Siglo XXI, señaló la crisis de la oferta de bienes públicos, su causa la crisis del Estado. 

Nuestra decadencia es consecuencia de los estragos del ejecutado, no accidental, derrumbe del Estado. 

El Colón es un ejemplo, el estado del Estado es su contraejemplo. 

Es un error no recordar que la debacle del Estado, más allá del horror del gobierno por la fuerza, fue consecuencia del salto a la amoralidad que fue el genocidio practicado por la Dictadura. 

El Estado pensado para proteger y promover el bien común, fue convertido -por una verdadera horda salvaje- en una máquina infernal violadora del "no matarás", consagración de la mentira pública -"desparecidos"-, y la degradación social que instaló por la fuerza el Estado de Malestar. 

La decisión ética de Raúl Alfonsín y de quienes formaron la Conadep, fue condición necesaria, pero no suficiente, para salvar al Estado de su decadencia que nos arrastra cuesta abajo. 

Violar el "no matarás" borró la conciencia moral dentro del Estado: si eso hicimos, se puede hacer cualquier cosa.

Un ejemplo menor: un diputado nacional, del PRO halcón, cuenta con 30 asesores rentados por el Presupuesto. Una síntesis del desprecio por lo público. Confesión de incapacidad para la función. No es único.

Otro. "Los ñoquis de La Cámpora" -como los llamaba Sergio Massa- halcones de las cajas públicas mega millonarias, han designado a cientos de empleados, supuestos servidores públicos, reconociendo expresamente, al hacerlo, que sabían que no reunían los requisitos para ser funcionarios públicos. Impunidad. 

Dos ejemplos de la acumulación salvaje de capas geológicas nacionales y provinciales, ejecutivos, legislativos, etcétera. Sin límites en la cantidad de designaciones y con una calidad -si observamos el resultado- lamentable. 

No hay diferencia sea oposición u oficialismo. CABA -lo describió Francisco Olivera en LN+- es la cuna de la violación de los códigos de edificación: la "ganancia del desarrollador", dicen, está en la violación (convalidada) de las normas. 

Lo mismo ocurre en el Gran Buenos Aires donde la destrucción de los pulmones verdes es práctica comercial de la que participan -¿cómo exculparlas?- las autoridades municipales y provinciales: el Estado como máquina de asalto, "construyendo" la justificación del curro. 

Ocurre porque, desde hace décadas, la "condición requerida" para ser funcionario público, para integrar el Estado, es "la confianza" que, quien gobierna, tiene en el que nombra. Adiós burocracia weberiana que, por cierto, la hubo. 

Gente "de confianza" incorporada como malon al Estado con la condición de "no va a mirar" porque no sabe; y si sabe, "no mira" porque es leal al que lo nombra y no a la misión que debe cumplir. 

Esa "confianza" logra su clímax en "el asesor" que ha tornado en adjetivo que descalifica. 

Inutilidad, fracaso, corrupción, abundan. Donde miremos. 

Sector público de productividad negativa, con un peso enorme sobre el conjunto social, que se ha tornado insoportable.

Volvamos al Colón. Allí no sólo las primeras figuras deben ser excelentes, porque se exponen a los espectadores para ser juzgadas. 

Detrás de ellas, escenógrafos, coros, elencos, orquestas, zapateros, carpinteros, modistas, iluminadores, técnicos y especialistas de las tecnologías más modernas y exigentes, artesanos, tramoyistas, virtuosos de oficios de otro tiempo, todos están allí sólo porque tienen probada capacidad para un lugar de excelencia. Confianza en su capacidad y no para cubrir al jefe.

El Estado Argentino, provincias, municipios, educación, seguridad, administración, programación, no están en manos de los mejores, seleccionados y entrenados, para esas funciones. No. Pero los hubo.

La decadencia es el resultado, años, de la bajísima calidad y escasa oferta, de los bienes públicos. 

La mayor responsabilidad de la política, deuda de la democracia, es haber abandonado al Estado actor del progreso. Y convertirlo en una traba, telaraña y, peor, hacerlo incapaz de mantener los avances que se lograron. 

Ninguna política se puede llevar a cabo con éxito, sin un Estado capacitado para hacerla y mantenerla. No hay política sin Estado.

Los ejemplos de lo mal que hace el Estado son agotadores: de prioridades de gasto (celulares) a la insoportable lentitud del caño.  

El Colón un ejemplo a emular. Lo hacemos bien desde hace más de un siglo. 

Sí, sus figuras están sujetas al escrutinio de los espectadores. Transparencia. Publicidad de los actos.

Pero, como documentó Malnatti, en el Colón, calidad y exigencia van desde abajo hacia arriba. Eso ocurre cuando el método es elegir a los mejores. No es ideología. La moral es la selección. 

Hace décadas los maestros de escuela eran designados por el Presidente. Cuidábamos desde el principio. 

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