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Farmacoeconomía: una herramienta fundamental para apuntar a una mayor eficiencia del sistema sanitario

Hoy, las personas viven más años que en el pasado y sufren nuevas patologías, muchas de las cuales son crónicas

La farmacoeconomía empezó a desarrollarse a fines de los '80: su incidencia se incrementó en los últimos 20 años, con  los medicamentos biológicos
La farmacoeconomía empezó a desarrollarse a fines de los '80: su incidencia se incrementó en los últimos 20 años, con los medicamentos biológicos
12 octubre de 2022

Lograr un sistema de salud más eficiente, donde cada vez más pacientes tengan acceso a los mejores medicamentos que necesitan a un costo adecuado y reciban una atención oportuna y de alta calidad, es un desafío que comparten tanto los sistemas de salud, como las empresas farmacéuticas y los propios pacientes. 

  • Sin embargo, tomar decisiones en esa dirección es una tarea difícil, dados los múltiples aspectos que confluyen en el ámbito de la salud y, en especial, porque los recursos son siempre limitados. 

Hoy, las personas viven más años que en el pasado y sufren nuevas patologías, muchas de las cuales son crónicas. A su vez, el avance acelerado de la ciencia se tradujo en más opciones terapéuticas -muchas de alto costo- destinadas a dar respuestas a enfermedades complejas o específicas que antes no eran atendidas. 

Frente a este escenario complejo, la farmacoeconomía es una herramienta que cobra cada vez más relevancia por su objetivo y razón de ser: evaluar desde una perspectiva económica, en base a determinadas técnicas y metodologías, los medicamentos o tratamientos farmacológicos con el fin de apuntar a una mayor eficiencia del sistema sanitario. 

La farmacoeconomía empezó a desarrollarse a fines de los '80, pero su incidencia se incrementó en los últimos 20 años, con la aparición de los medicamentos biológicos. Hoy es una herramienta que va de la mano de lo que se conoce como Evaluación de Tecnologías Sanitarias y que apunta, en definitiva, a elegir las opciones terapéuticas que produzcan el mejor resultado en términos de salud, considerando sus costos y beneficios acorde a los recursos disponibles para invertir. 

“Cualquier sistema de salud del mundo tiene que incorporar tecnología nueva que se va generando, ya sean nuevos medicamentos, dispositivos terapéuticos, cirugías innovadoras, vacunas, entre otras innovaciones. Pero como los recursos son limitados, hay que elegir cómo invertirlos de la mejor manera. La evaluación de tecnologías sanitarias se enfoca en ponerle un valor a cada una de las tecnologías y ver la mejor forma de ganar salud con los recursos que hay”, plantea Andrea Alcaraz, médica y coordinadora de Evaluación de Tecnologías Sanitarias del Instituto de Efectividad Clínica y Sanitaria (IECS). 

La especialista advierte que en los últimos 10 años el proceso de evaluación se fue complejizando: “Al inicio se medía si la tecnología sanitaria servía y cuánto costaba. Hoy hay otros factores entran en juego, como pensar si la tecnología es equitativa, y hay un fuerte involucramiento de todos los actores que se ven afectados por incorporar un medicamento: los pacientes y los profesionales de la salud, así como el productor de la tecnología, incluso la población en general”.

En el caso de los medicamentos, la evaluación no se limita al valor monetario de las terapias y los fármacos -el precio en sí mismo o su comparación con otros medicamentos similares- sino que también contempla aspectos no económicos e intangibles. 

“En la evaluación entran a jugar valores que para determinadas sociedades son importantes. Por ejemplo, si se trata de una enfermedad que hasta ahora no tenía tratamiento o es una enfermedad que afecta a los niños muy pequeños, o si se trata de un tratamiento que se le da a pacientes terminales. Para algunas sociedades los adultos mayores son sagrados y, para otras, los más pequeños son la prioridad. Todo eso influye en el valor de una tecnología sanitaria”, asegura Alcaraz. 

Para Federico Tobar, especialista en medicamentos de alto costo y sistemas de salud, asesor regional para el Fondo de Población de Naciones Unidas para América Latina y el Caribe, el valor de esta herramienta resulta incuestionable, fundamentalmente en los fármacos de alto costo que tratan patologías complejas.

“Cada año aparecen medicamentos innovadores y de alto costo que hay que evaluar si vale la pena cubrirlos. A veces hay evidencias de que son realmente ventajosos. Pero otras, eso es discutible. Entonces, ahí aparece  la evaluación de tecnologías sanitarias y de los medicamentos en particular, donde lo económico es uno de los componentes a considerar, pero no es el único”, advierte Tobar. 

Según el especialista, “el primer componente es que sean seguros; el segundo, es que sean efectivos y el tercero es que sean asequibles; es decir, que lo que estés invirtiendo en la adquisición de ese tratamiento realmente valga el costo que se propone”, afirma. 

En este sentido, la información farmacoeconómica es de utilidad tanto para los tomadores de decisiones, quienes requieren fundamentar los medicamentos que se van a costear en el sistema, como para la industria, interesada en que los pacientes accedan a nuevos y mejores tratamientos. 

Si desde la perspectiva clínica un medicamento se justifica si su efectividad, o al menos su eficacia y seguridad, es positiva, la evaluación de tecnologías sanitarias va más allá, porque tiene en cuenta, además, los costos y los beneficios sociales. Esto permite que los tratamientos se entiendan como una inversión y no como un gasto, considerando el beneficio y ahorro que aportan desde un punto de vista sanitario, clínico y social.

Así, un medicamento es valorado por el número de pacientes con los que puede  contribuir , por su capacidad de ampliar la supervivencia o mejorar la progresión de una enfermedad o su capacidad para mejorar su calidad de vida. Estos beneficios en los pacientes implican, a su vez, un ahorro de costos y un menor impacto en los sistemas de salud, reduciendo, por ejemplo, las hospitalizaciones, consultas y bajas laborales. 

Técnicas de análisis 

Jaquelin Rocovich, economista especializada en Farmacoeconomía y Economía de la Salud, hace un raconto de las técnicas de análisis que se utilizan en la farmacoeconomía, que son varias. “El análisis costo-beneficio, es tal vez el más conocido y que pretende expresar, en términos monetarios, los beneficios reales y potenciales -individuales y colectivos- del uso de un medicamento o tratamiento. Otro análisis es el costo-efectividad, que puede expresarse en términos monetarios como el número de salarios mínimos por los días de incapacidad que se logren reducir con un determinado fármaco, o el número de vidas que se logra salvar”, detalla Rocovich. 

“Finalmente, existe un método de mayor complejidad que es el análisis del costo-utilidad, el cual compara diferentes tratamientos en función de los 'índices de utilidad', midiendo el impacto en la supervivencia y en la calidad de vida. Esta forma de análisis económico se conoce en inglés con el nombre de Quality Adjusted Life Year (QALY) y en general no se traduce en términos monetarios”, agrega. 

Sobre este último dominio, Alcaraz advierte que es el más deseable pero, al mismo tiempo, el más difícil de medir porque varía según las sociedades: “A diferencia de la efectividad, que en general es igual en todos los países, la utilidad tiene un componente más subjetivo. Hay muchos medicamentos que alargan la vida, pero tomarlos implica un fuerte deterioro de la calidad de vida. Entonces ¿qué se pondera: vivir más, pero postrado en un centro de cuidados paliativos; o vivir menos pero con buena salud? Ahí varía según cada sociedad”. 

Como ejemplo, la especialista señala que “tener un cáncer en una sociedad puede hacer que uno quede afuera del sistema laboral y sea terrible, mientras que en otra sociedad mucho más inclusiva, probablemente sólo se limite a que uno tenga que irse a darse la quimio cada tres semanas y se le caiga un poco el pelo. La afectación es muy distinta según cada sociedad. Y eso influye en el valor que se le da a una tecnología sanitaria”.

Mientras que en los países desarrollados las técnicas analíticas de la farmacoeconomía están totalmente adoptadas y utilizadas, mediante agencias públicas dedicadas específicamente a ese tipo de evaluaciones, en América Latina -y en particular en Argentina- aún hay mucho camino por recorrer, en parte por la dificultad que supone la fragmentación del sistema de salud. 

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