El peronismo clásico no encuentra un jefe para desafiar a Cristina

Varios caudillos peronistas imaginaban que Alberto Fernández sería el nuevo jefe de jefes: la ilusión se marchitó pronto

30 de agosto, 2021

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2021: qué hay detrás de las elecciones

Las inminentes PASO están despertando menos interés que ninguna otra elección en la historia nacional. En algunos distritos, los comicios provinciales exhibieron un alarmante ausentismo.

Las dos grandes coaliciones exhiben grietas indisimulables y las acechanzas parecen, por ahora, más fuertes que las convicciones.

¿Cómo afrontar el creciente desánimo y la desconfianza popular hacia la política cuando gobierno y oposición no demuestran estar convencidos del rumbo ideal, deseable o siquiera posible?

El elemento común parece la tendencia al aflojamiento de los lazos internos. Los liderazgos son insuficientes (aún el más extendido, de CFK) y la idea de colectivo se desgarra, amenazada por las dudas sobre cuál es el rol de cada organización partidaria dentro de la sociedad, cuál el destino de su proyecto y hacia donde debe encaminarse la República Argentina.

Al desinterés ciudadano se contrapone la intensa actividad de la dirigencia política porque en las primarias competitivas que habrá estarán en juego los liderazgos internos.

En una serie de cuatro notas, El Economista analizará las realidades de las cuatro agrupaciones más importantes de las dos coaliciones que disputan la victoria: el peronismo tradicional y el cristinismo por el Frente de Todos y Propuesta Republicana y la Unión Cívica Radical por Juntos.

Por Oscar Muiño

“La lapicera presidencial manda”. Varios caudillos peronistas imaginaban que Alberto Fernández sería el nuevo jefe de jefes. La ilusión se marchitó pronto. Fernández no es un títere (como pretende la oposición más agresiva) pero tampoco disputa liderazgo.

Apenas asumió, quedó claro que no intentaría meter baza en las candidaturas. Desde comienzos del año pasado esta decisión lo debilitó ante la Nomenklatura del PJ. En términos prácticos: quienes quisieran entrar en las listas debían enfilar hacia el Instituto Patria.

Alberto presidente y Cristina jefa partidaria inauguran un esquema novedoso. Nunca antes el justicialismo disoció partido y Estado. Juan D. Perón, Carlos Menem, Néstor Kirchner y CFK unificaron el mando tanto en la Casa Rosada como en el colectivo justicialista. El único presidente elegido que no conducía fue Héctor Cámpora. Duró cuarenta y nueve días. Adolfo Rodríguez Saa desafió a Eduardo Duhalde y cayó en horas. Por primera vez desde la presidencia de Isabel Martínez, un gobierno peronista exhibe un comportamiento errático, lucha interna (sin la violencia de aquella, pero con efectos paralizantes) y una pandemia que ha desarticulado la producción y matado más argentinos que cualquier peste, guerra civil o conflicto interno de la historia. La Diosa Fortuna, esta vez, no acaricia al justicialismo.

Como en todo verticalismo, en el Partido Justicialista prima la obediencia. Pero esta vez a disgusto. Muchos de sus referentes están inquietos y disconformes. Su líder les resulta incómoda. Curioso, ya que Cristina Fernández parece más cercana al viejo peronismo que al neoliberalismo menemista, que ellos acompañaron sin hesitar. Los jefes provincianos se sentían más cerca de aquel Menem cuya misión fue la destrucción de las banderas históricas del General que de la retórica redistributiva y vagamente anti-imperialista de CFK.

¿Cuál es el problema? Que Cristina no siempre reconoce los liderazgos locales. En municipios del conurbano y en diversas gobernaciones auspicia desafiantes contra el statu quo. El motivo que más molesta. La fuerza de los jefes locales -gobernadores e intendentes de poblados numerosos- depende de la reelección indefinida. En las jurisdicciones que eliminaron  esta restricción, su liderazgo se va disolviendo. Seleccionar sucesor de confianza no garantiza fidelidad. Distintos gobernadores e intendentes que eligieron reemplazos de su riñón terminaron “traicionados”, sustituidos y relevados por sus discípulos. Hasta el disciplinado aparato bonaerense de Duhalde mordió el polvo en 2005, triturado por un Kirchner que le debía la presidencia.

Hoy el peronismo clásico entre aceptar un liderazgo como el de Cristina, que no garantiza su supervivencia política,  o enfrentarla a sabiendas que –salvo en distritos como Córdoba o Santa Fe- la clientela más fiel del peronismo -el pobrerío y las clases subalternas- prefieren por ahora a CFK. Y si la enfrentaran, ¿cuál sería el discurso, el programa, al menos la dirección?

El peronismo tradicional está viviendo zozobras y preguntas que viene arrastrando el radicalismo: no sabe cuál es su lugar ni hacia dónde ir. Pocos creen, además, que Alberto vaya a intentar un segundo mandato.

Otra opción es buscar un jefe y que él decida. Hombres prácticos, los caudillos peronistas desean impulsar alguno de los suyos. Las expectativas en gobernadores cordobeses (el primero fue De la Sota) se fueron derritiendo, aunque algunos no pierden la fe en Juan Schiaretti.

La principal figura para contentar al peronismo clásico puede terminar siendo Massa. Líder de la ruptura con el kirchnerismo hace una década, enfrentó a los K con lista propia en 2013, 2015 y 2017. La reunificación con el cristinismo permitió el regreso al poder del justicialismo unido. Massa hoy es parte de la mesa chica oficialista y se le atribuye una sólida cooperación con Máximo Kirchner. Algunos incluso, imaginan un binomio presidencial con ambos.

No sólo eso: Massa es el amigo de Washington dentro del oficialismo.  Opuesto a integrar la Argentina en “La Ruta de la Seda” que propicia China, cree que el mejor futuro está en la amistad con Estados Unidos. Impracticable bajo Donald Trump,  Joe Biden emerge como un socialdemócrata aceptable. Incluso para la Casa Rosada. El canciller Felipe Solá –muy cercano al presidente Fernández- calificó a Estados Unidos como “aliado muy importante” y elogió a Biden. Fernández, al asumir, había mostrado su preferencia por la histórica –y ya antigua- relación de Buenos Aires con Europa.

A muchos dirigentes les molesta, también, que CFK pocas veces recuerde a Perón, el talismán que muchos enarbolan como al Cid Campeador, capaz de ganar batallas para los suyos aún después de su paso por este mundo.

La aspiración de los otros

El no peronismo imagina desde siempre desgajar una parte del voto peronista. En el mejor de los casos, trasladarlo a su propia coalición. El plan B, que reste votos a la fórmula oficial del PJ.

La historia de las rupturas peronistas –desde su cofundador Cipriano Reyes, el jefe de los obreros de frigoríficos que encabezaron el decisivo 17 de octubre de 1945- hasta el desafío del jefe metalúrgico Augusto Vandor en los años ‘60, el enfrentamiento con la Tendencia Revolucionaria que orientaba Montoneros en 1974, el Grupo de los Ocho que rompió con la administración  Menem en los ‘90, se diluyeron con rapidez.

La capacidad de algunos dirigentes peronistas para encaramarse en las listas de Juntos (algunos con el PRO, otros con los radicales) parece superior a su capacidad para sumar votos. Perdida la estructura municipal, los ex intendentes rara vez recuperan caudal desde el llano. En 2019, pese a Miguel Pichetto acompañó como vice a Mauricio Macri rodeado de buena parte de dirigentes ex duhaldistas y de otros orígenes, reclutó dirigentes de historia valiosa, presente sin votos y futuro improbable.

Mientras tanto, un viejo martillo –menguante pero todavía influyente- anunció que vuelve a unificarse. Habrá acuerdo para un Congreso de CGT, que si todo sale como  está previsto, volverá a juntar a los Gordos de los grandes sindicatos con el díscolo sector que encabezan los camioneros. Se está pensando en un inmenso secretariado con varias docenas de miembros para satisfacer a la variedad de sectores, incorporar un cupo femenino y alejar la imagen machirula del movimiento obrero. Sería antes de los comicios generales: el 20 de octubre o a más tardar en noviembre en un estadio como Obras Sanitarias o Ferro Carril Oeste.