Moderación oficialista vs. primaria opositora

De cara a las PASO, los oficialistas apostaron a incluir a todos los sectores de su coalición en las listas electorales. Mientras tanto, la oposiciónoptó por abrir distintos frentes y enfrentarse entre si.

27 de julio, 2021

Moderación oficialista vs. primaria opositora

Por Nicolás Solari (*)

El cronograma electoral ya está en marcha y las listas de precandidatos permiten realizar algunas primeras conjeturas acerca de las estrategias que priman en los distintos espacios políticos.

El frente oficialista apostó por incluir en las listas a todos los sectores de su coalición, con la lógica preponderancia numérica del cristinismo, el socio mayoritario en términos de sufragios, estructura territorial y poder fáctico. Se observan, sin embargo, novedades en su oferta electoral, principalmente entre los hombres y mujeres que aparecen al tope de las listas de la Ciudad y la Provincia de Buenos Aires

El doble tándem Tolosa Paz-Gollán y Santoro-Marziotta expresa cabalmente una propuesta electoral montada sobre dos dimensiones. Primero, la visibilización de candidatos que no arrastren una larga historia en el cristinismo acérrimo, a fin de exponer un perfil más componedor y acaso moderado. Segundo, la conciencia de que ésta será una elección con escasos actos, marchas, banderazos y timbreos, y mucha militancia en medios y redes, terreno donde los elegidos exponen un manejo sistemático, enérgico y experimentado.

En el lado de la oposición, la novedad pasa por la reedición de la primaria, esa herramienta que tantos frutos le dio en 2015, cuando Maurico Macri ganó volumen político enfrentando a Elisa Carrió y Ernesto Sanz para luego obtener la presidencia ante un estancado Daniel Scioli. El enfrentamiento en las primarias le asegura a la coalición opositora un diferencial en la atención política y mediática, lo que no es poco. 

El riesgo es obviamente quebrar algunas reglas implícitas de la competencia interna. Puede haber críticas pero no descalificaciones, pase de facturas pero no denuncias, debate pero no enfrentamiento. Tras la primaria, ganadores y perdedores deberán integrarse en la misma lista, y un frente unido y coherente será para la oposición el activo principal en la elección de noviembre, la que cuenta para las bancas.

Esa elección es crucial en dos sentidos. Primero, porque tiene un importante valor simbólico de cara a la sustentabilidad del oficialismo más allá de 2023, pero sobre todo porque puede generar un nuevo balance legislativo en un momento histórico donde el Gobierno de Alberto Fernández parece estar perdiendo esa impronta moderada que lo diferenciaba -al menos discursivamente- de los gobiernos de Cristina Kirchner.

El balance legislativo de 2022-2023 va a estar signado por lo que pase en la Cámara Baja porque en el Senado es tan improbable que la oposición le arrebate la mayoría al oficialismo (necesitaría ganar 17 de las 24 bancas en juego) como que el gobierno alcance los dos tercios (necesitaría obtener 20 de 24 bancas en juego).

En la Cámara Baja los equilibrios son más frágiles y las posibilidades de cambios materiales están sobre la mesa. El Frente de Todos pone en juego 51 bancas contra las 60 que arriesga Juntos por el Cambio. Son los escaños obtenidos en 2017, cuando el no-peronismo hizo una de las mejores elecciones desde el retorno de la democracia. 

El oficialismo aspira a defender sus 51 bancas y ganar 10 más. De este modo, podría llegar al quórum propio en la Cámara Baja. Para lograr su cometido deberá hacer una buena elección. Solo para contextualizar, en 2017 Unidad Ciudadana y el peronismo consiguieron en conjunto el 34% de los votos, lo que les redituó 50 bancas. Ese mismo año Juntos por el Cambio logró 42 puntos a nivel nacional, lo que equivalieron a 60 bancas en el hemiciclo de Diputados

Hace solo dos años las listas legislativas del Frente de Todos sumaron 48% de los votos que le significaron 68 bancas. Así las cosas, el oficialismo debe aspirar a una elección promedio de 42%-44% a nivel nacional para alzarse con la mayoría en Diputados. Difícil pero posible.

La última encuesta de Real Time Data revela paridad a nivel nacional, con el Frente de Todos y Juntos en alrededor de 30 puntos y un elevado nivel de indecisos. Hay obviamente diferencias regionales, con la oposición performando mejor en la zona centro, el oficialismo ganando en el norte y la Patagonia, y la provincia de Buenos Aires erigiéndose en el termómetro de la elección.

En el crucial territorio bonaerense están dadas las condiciones para una elección competitiva, aunque el favorito es ciertamente el peronismo. La unidad de las tribus justicialistas confiere al oficialismo un activo sin el cual sería casi imposible sortear esta elección. Es que históricamente el kirchnerismo ha performado mal en elecciones de medio término. En 2017, Cristina Kirchner cayó frente a Esteban Bullrich (37% a 41%), en 2013 fue Martín Insaurralde quien trastabilló frente a Sergio Massa (32% a 44%) y en 2009 fue el mismo Néstor Kirchner quien mordió el polvo ante Francisco de Narváez (32% a 35%). En aquellas ocasiones la fragmentación del peronismo tuvo un rol determinante en el resultado final.

La historia deja también una lección amarga para quienes derrotaron al kirchnerismo en tierras bonaerenses. Ni Bullrich, ni Massa ni de Narváez pudieron revalidar esas victorias legislativas en las elecciones ejecutivas posteriores. Ni la gobernación ni la presidencia son el epílogo de las elecciones de medio término. Ni las victorias ni las derrotas son definitivas. Tal vez sea esa, la principal fortaleza de nuestra democracia.

(*) Politólogo, Máster en Opinión Pública por la Universidad de Connecticut y Director de Real Time Data