Los precios relativos, la inflación y la incertidumbre

4 de mayo, 2021

En marzo hubo un déficit primario de $74.466 millones

Por Héctor Rubini (*)

La incertidumbre sobre las tarifas eléctricas cobró notoriedad el viernes, sobre la forma de su definición. El trasfondo estuvo signado por un pedido de renuncia al subsecretario de Energía Eléctrica, la difusión de trascendidos sobre que había sido removido, otros sobre la tarde respecto de que el funcionario no renunciaría y de que no habría más de una suba de tarifas eléctricas, y el hecho consumado confirmado el sábado: suba de 9% de tarifas eléctricas, y no remoción del funcionario. Pero esa suba no sería necesariamente la última del año.

Por ahora sigue en su cargo, pero nadie sabe por cuánto tiempo. Tampoco si habrá nuevo ajuste antes de fin de año. No hacerlo fuerza a subsidios para las empresas. Hacerlo fuerza a subsidios por otra vía (o exenciones impositivas) a consumidores finales, al menos los de menores ingresos. ¿Cuál sería la guía a futuro, con o sin algún sacrificio extra para la población? En cualquiera de las alternativas, ¿cómo quedaría posicionado el ministro de Economía?

Daría la impresión que su autonomía para definir el futuro de las tarifas públicas y otras políticas estaría más acotada por La Cámpora y el Instituto Patria que lo imaginado hasta la semana pasada. Pero también el ministro pareciera tener diferencias con la conducción del Banco Central. Nadie desmintió los trascendidos de la semana pasada sobre claras diferencias de enfoque con la autoridad monetaria respecto de la estabilidad del tipo de cambio como otra “ancla nominal”. La inflación sigue lejos de converger a un dígito anual como es la regla de la mayoría de los países de la región.

Aparentemente, el BCRA no vería con buenos ojos las inevitables consecuencias sobre las cuentas externas, la economía real y las expectativas de un atraso permanente del tipo de cambio real. ¿Cómo revertirlo aflojando controles cambiarios sin súbitas salidas de capitales, saltos del tipo de cambio nominal y que estos a su vez no aceleren aún más la inflación?

Desde el año pasado se vienen aplicando los controles de capitales y de cambios más duros desde los años ’80, pero la inflación no se desaceleró tanto. A diciembre pasado el IPC acumuló un incremento de 36,1% en todo 2020. Lejos y por debajo de la hiperinflación de Venezuela, pero fue la sexta mayor del mundo. Seguimos bien arriba de buena pare del resto de la región, por ejemplo, de Uruguay, que cerró 2020 con una inflación de 9,4%, Brasil con 4,5%, Chile con 3,0%, Paraguay con 2,2%, Perú con 2%, Bolivia con 0,7%, Colombia con 0,5%, y Ecuador con -0,9%. Todos exportan commodities y están expuestos a la suba de sus precios. Si tenemos una inflación tan alta, la “culpa” no proviene del resto el mundo. Y la base monetaria creció 30,3%…

La simple lectura de los datos muestra que el núcleo del problema no pasa por los precios internacionales. El ancla cambiaria no parece haber funcionado, y tampoco los controles de precios. Estos últimos parecen focalizados en alimentos, bebidas, algunos productos de limpieza y tocador y materiales de construcción.

Por otro lado, para preservar la situación financiera de la petrolera estatal, desde agosto de 2020 observamos subas de combustibles en línea con la suba de precios internacionales del petróleo y para evitar una aceleración de precios básicos de consumo, se aplican retenciones a las exportaciones agropecuarias, registros oficiales para control fiscal estricto, más resoluciones para controlar desde el Estado inventarios de mercadería producida y una suerte de “auto autorización” de la Secretaría de Comercio para intimar a empresas a producir a plena capacidad.

Un candidato a quien “culpar” sería el tipo de cambio. En 2020 la cotización del dólar mayorista (BCRA) subió 40,5% y los precios mayoristas importados crecieron 42,8%. Esto dejaría conformes a quienes entienden que la inflación se detiene simplemente atrasando el tipo de cambio respecto de los índices de precios. Pero la canasta de bienes importados representa sólo el 7,3% del Indice de Precios Internos Mayoristas (IPIM) y el 7,5% del Indice de Precios Internos Básicos al por Mayor (IPIB). Los controles de cambios y de capitales tal vez hubieran evitado una suba mayor del tipo de cambio y de los precios mayoristas, pero su contribución a la desaceleración de la suba del IPC no es tan directa. Dicho más “técnicamente”, confundiríamos causalidad con simple correlación (la vieja e “inoxidable” falacia “post hoc ergo propter hoc”).

Si se toma como referencia la inflación de EE.UU., siguiendo de manera grosera la paridad de poder adquisitivo, la suba del tipo de cambio debiera haber igualado la diferencia entre la inflación de Argentina y la de EE.UU. El tipo de cambio subió 42,8%, pero la diferencia entre las inflaciones de ambos países fue de 34,8%. Tal “adelanto” debiera haber redundado en un fuerte superávit de cuenta corriente y dejado margen para “atrasarlo” en una magnitud no inferior a la de 2020 y alinear la inflación local a la de EE.UU. y otros socios comerciales nuestros. Pero es es un efecto esperable cuando todo lo demás, y “todos” los demás (países), se mantienen constantes.

Las restricciones aplicadas en todo el mundo para detener al Covid-19 se concentran en el transporte de bienes y personas, y en el comercio inter e intranacional. Nuestra cuenta corriente de balanza de pagos mejoró en casi U$S 7.000 millones, pasando de un déficit de 3.997 millones en 2019 (0,6% del PIB) a un superávit de U$S 2.967 millones en 2020 (0,5% del PIB), pero el déficit fiscal trepó a 8,5% del PIB (versus 3,8% el año anterior).

¿Alguien puede pensar que esta dinámica es sostenible y coherente con la estabilización de la inflación? Tal vez algún optimista, con fe en las recurrentes apelaciones del ministro de Economía a “tranquilizar” la economía. Pero dos semanas atrás no tuvo peor idea que atribuir la inflación de estos últimos meses a las “alocadas proyecciones” de las consultoras, bancos y universidades que responden voluntaria (y gratuitamente) al Relevamiento de Expectativas de Mercado del BCRA (REM).

Sin embargo, respecto de la inflación, las respuestas muestran una tendencia declinante de inflación futura hacia 2,5% en septiembre y sin ningún sesgo a sobreestimar sistemáticamente la inflación. ¿Solo es bueno el REM cuando la inflación observada baja hacia la proyección del propio ministro, que hasta ahora nadie sabe en base a qué responde? Una vez más, la subjetividad propia se da de bruces con la realidad, que no se comporta según el lente empañado de quien cree que así porque sí la inflación de este año convergería a algún nivel inferior al 30% anual. Ya el año pasado la consultora EcoGo se retiró del relevamiento por la visible perspectiva de que el resultado del REM no sería un insumo para la toma de decisiones de las autoridades sino para una eventual manipulación de expectativas. El viernes se supo que en la semana ya habrían dejado de contribuir al REM otras consultoras. La confianza, devaluada, una vez más.

¿Qué queda después de todo esto? Más incertidumbre, variabilidad de precios relativos y menos credibilidad en el Gobierno. Si alguien piensa que así se puede retomar un sendero de menor inflación, crecimiento y un mínimo de solvencia fiscal, está bastante equivocado.

(*) Economista de la Universidad del Salvador (USAL)