El sueño de los sensatos

9 de abril, 2021

El sueño de los sensatos

Por Carlos Leyba

Lo necesitamos. Si la política no se juega a acordar un sueño vamos a la tragedia, agitada por el combate en la Justicia y desplomada en el abismo de la grieta.

Sin proyecto colectivo, la fábrica de pobres es imparable, la pesadilla de la fuga de cerebros y de capital son incontenibles.

Sin embargo, ¿de qué hablamos? Los “medios” nos exhiben apariencias terribles de la cofradía de jueces que, como de los curas, uno espera una vida “ejemplar”.

Muchos son conocidos por el escándalo. Lamentable. Dramático para un sistema desprestigiado.

“La mujer del César no sólo debe ser honesta, sino que debe aparentarlo”. Las formas importan. Las apariencias no definen y a veces engañan.

Sin embargo, al igual que la conducta privada de Mirabeau, que inspiró a José Ortega y Gasset para señalar la diferencia entre la “moral del grande hombre” y la “del hombre común”, deberíamos distinguir las conductas de los jueces y la moralidad de sus decisiones.

Por ejemplo, haber jurado por el Estatuto de la Dictadura genocida no hace perversas, a priori, las sentencias del juez Raúl Zaffaroni.

“La culpa no es del chancho sino de aquél que le da de comer”. Los que eligen jueces son los senadores. Desde 1983 una contundente mayoría bajo el nombre “peronista”.

Dice poco desde lo ideológico, cultural o político. Fueron y son, diversas las interpretaciones y compromisos de esa “denominación electoral” desde que su fundador negó, sabiamente, tener herederos.

Con “mi único heredero es el pueblo” Juan Domingo Perón “desheredó” interpretando las causas testamentadas del Código Penal: injurias en los hechos, atentado contra la vida de las ideas, deformaciones criminales de su legado.

¿Independencia económica desde las relaciones carnales al acuerdo chino?

¿Justicia social gobernando el 68% del tiempo y pobreza de 42% de la población?

¿Soberanía política aceptando la acción directa de lobbies y sordera a las demandas populares?

¿Cómo entender que la misma bandera postule ora la guerrilla para llegar al socialismo, ora el capitalismo salvaje a la menemista? ¿O un poquito de socialdemocracia con el Frepaso y un mix de todo eso, con lenguaje autoritario y el culto a la personalidad, en el kirchnerismo? ¿O el plato fuerte de La Cámpora reivindicando, con la elección de su nombre, al traidor que le usurpó a Perón el mandato de las elecciones?

Es fácil entender que los jueces certifican su conducta con sus decisiones si es que las mismas son en base a pruebas y testimonios y conforme a la letra y al espiritu de la ley.

Una conducta privada impoluta del juez no certifica la justicia de sus fallos.

Y apariencias espantosas no certifican la injusticia de sus fallos.

“Dime con quién andas, decirte he quién eres” (El Quijote). En el candelero están las visitas de jueces al presidente Mauricio Macri. Formas lamentables y señales condenables.

Pero todas las visitas (aún las no registradas) nada dicen sobre la justicia de los fallos de esos jueces. ¿Los ponen en sospecha? Puede ser.

Todos los fallos están sometidos a sospecha de error. Existen las apelaciones y los fallos son públicos.

No son “las apariencias” (obscenos partidos de paddle en Olivos) las que derrumban la calidad de los fallos.

Lo que sí debe confirmar o denegar, la calidad de esos fallos es la cadena de apelaciones. Con precisión Horacio Verbitsky señaló respecto a juicios a funcionarios que “si se suman todas las instancias del proceso penal hasta la decisión definitiva de la Corte Suprema de Justicia habrán intervenido en la causa no menos de diecisiete jueces y seis representantes del Ministerio Público Fiscal. Más allá de la opinión que pueda merecer cada uno de esos veintitrés magistrados nadie puede poner en duda que están dadas todas las garantías de transparencia y ecuanimidad. Es decir, hay un sistema que pese a sus imperfecciones funciona, aunque una absolución dentro de varios años no compensaría un procesamiento ahora” (Página 12, 15/6/2014). Presidía Cristina.

No es lo que piensa el secretario de Justicia, Juan Martín Mena. Con el periodista Luis Novaresio, dio por obvio que las visitas a Olivos y la Casa Rosada eran suficientes para hacer caer las decisiones de esos jueces en todo aquello que afecta a Cristina, su familia, empresarios y funcionarios del kirchnerismo.

Amplio de criterio, el secretario Mena, reconoció que “los bolsos de José López” eran un hecho delictivo. Estrechó su mira y no mencionó, ni como hechos ni como indicios, la fortuna de aproximadamente US$ 70 millones que le fue detectada, y parcialmente embargada, a Daniel Muñoz, que pasó su vida en una ciudad de 80.000 habitantes, la mitad del barrio de Belgrano, y básicamente con hogares sostenidos por empleados públicos. Difícil hacer honestamente plata grande. ¿Hay registro que los pesitos los ganó antes de ser secretario privado de Néstor Kirchner? ¿O después? ¿O cómo?

¿Mena no considera indicios  la trayectoria de Muñoz? ¿No lo inquieta que nadie del entorno pregunte el “cómo”?

Para Mena, la vertiginosa fortuna de Lázaro Baez, amasada en los doce años de gestión de los Kirchner, no requiere explicaciones. Y tampoco le resulta necesaria aclaración alguna del origen de la no menos vertiginosa fortuna de la familia presidencial.

¿La única explicación de los problemas legales discutidos es que algunos de los jueces que participan en el intringulis hablan, hablaron, juegan, jugaron con Macri?

Si Mena, funcionario para la Justicia, entiende que no son sólo las de los ex funcionarios las únicas fortunas, tampoco las mayores, que necesitan explicación de legalidad porque podrían haber afectado al patrimonio nacional, lo comparto.  Como funcionario del área  que promueva las investigaciones de las concesiones, contratos, etcétera, de los últimos cincuenta años. No le alcanzarán los dedos de las manos.

Fortunas, de privados y funcionarios, que transitan gestiones anteriores y posteriores a los gobiernos a los que Mena protesta ausencia de corrupción.

Dejemos a los jueces y al sistema, que describe Verbitsky, que funcione.

Pero no es la conducta privada de los jueces la que determina la suerte de una decisión judicial sino sus fundamentos, las apelaciones y el juego de tantas personas porque, como dijo Verbitsky, “hay un sistema que pese a sus imperfecciones funciona”.

Lo que rara vez se proclama es que los juicios, cuando afectan a los ciudadanos de a pie, aquellos que carecen de acceso al poder, a la fama, al dinero, rara vez logran que la cadena de apelaciones se agote y permita revisar las que, muchas veces, son atrocidades jurídicas motivadas por la molicie que genera el análisis circunstanciado de miles de páginas. No es lo que pasa con los “famosos”. De estos estamos hablando.

Por ellos volvemos, una y otra vez, al maldito tema de la corrupción y la grieta.

Esta es la pesadilla que nos impide soñar el futuro de Argentina.

Por cierto son otras, y mucho más contundentes, las razones que impiden materializar ese sueño que, por la razón antedicha, no se sueña.

El kirchnerismo ha adoptado, como leit motiv de su actual gestión política, terminar con los juicios que afectan a Cristina y familia, y lograr la consagración judicial de su inocencia. Lo mejor que nos podría pasar a los argentinos que juicios justos, con estos jueces y no nuevos jueces amigos, puedan probarla.

Ella sabe que como están las cosas, sin la decisión de un juicio fundado por muchos jueces, que incluya a los que el kirchnerismo querría fulminar, la historia no la absolverá. Para lograrlo necesita el juicio de estos jueces.

De lo contrario necesita, para que ello ocurra, “la Cristina eterna” y eso prologa una tragedia.

El antikichnerismo furioso, asociado a personajes de fortunas inexplicables, procura la condena más contundente que sea posible. No aceptaría un juicio justo que la absolviera, aún con estos mismos jueces. 

Ese empate, que es lo más probable, garantiza que así no nos levantaremos de la pesadilla y nos olvidaremos de soñar.

No poder soñar es estar entregados al abismo en que terminan las peores pesadillas.

Juristas, políticos, periodistas –tambien algunos de esos “superados” que creen estar más allá del bien y el mal y a los que se les nota la paga– proponen el “doble indulto”, es decir, el de los Kirchner y asociados y el de los Macri y asociados.

Seguramente es lo más rápido y como todo lo que se hace sin razón y “sin tiempo” no dura. Es calma para hoy y violencia para mañana. Como todo lo malo, Menem ya lo hizo. Un indulto doble, a los genocidas y a los guerrilleros. Y seguimos igual.

Hay una esperanza. Oscar Wilde nos dijo “si alguien dice la verdad, es seguro que tarde o temprano será descubierto”.

Mientras esa esperanza no se concreta seguimos estancados económicamente, fabricando pobreza, generando que quienes pueden soñar sus proyectos individuales piensen en emigrar y los millones, a los que sólo puede rescatar un proyecto colectivo, sufran del “descarte”.

Jóvenes que se quieren ir del país. No es una novedad. Esos jóvenes, al menos gran parte de ellos, han completado todo su ciclo educativo en el país y sienten que fugar es un destino.

La pesadilla produce el “descarte” de los más y la fuga de los más capacitados.

Somos una fábrica de pobres, una máquina de fuga de cerebros y una caótica fuga de capitales.

Puede haber muchas razones. Pero hay una que es evidente: sin proyecto colectivo la fábrica de pobres es imparable, sin sueño colectivo la pesadilla de la fuga de cerebros y de capital es incontenible.

Si la política no se juega a acordar un sueño vamos a la tragedia agitada por el combate en la Justicia y el abismo de la grieta.

Necesitamos el sueño de los sensatos.

Levantar el nivel del debate es hablar de lo que necesitamos hacer.

Despertar de la pesadilla hoy es dejar, como dice Verbitsky, hacer funcionar al “sistema que pese a sus imperfecciones funciona”.