El arte de callar

25 de septiembre, 2020

Por Carlos Leyba

“Al padre B. Lamy, que le hacía entrega de su ‘Arte de hablar’, el Cardenal Le Camus le habría hecho, a modo de agradecimiento, la siguiente pregunta: ‘Es sin duda, un arte excelente, ¿pero quién nos escribirá ‘El arte de callar?’”.

En 1771 el abate Dinouart aceptó el desafío y podemos disfrutarlo gracias a una edición estupenda de Siruela, Madrid (2000) disponible en nuestras librerías.

En momentos tan difíciles un texto breve nos brinda gigantesca ayuda porque el silencio ayuda a madurar y a no pronunciar los compromisos incumplibles, las afirmaciones incomprobables, o los tropiezos que descalifican al que trastabilla por demasiado hablar.

Uno imagina a los científicos como personas de palabras pocas y juicios certeros.

Más allá de aciertos o errores, este no es un Gobierno de científicos y no por carencia de estudios o saberes, que los resultados finales lo dirán, sino por la facilidad con la que omiten el silencio que nunca siembra tempestades. Ni tampoco ridículos.

Hace pocos días personalidades del “no equipo económico” convocaron a los medios para exponer sobre el cepo.

La idea dominante era que el cepo se reforzaría.

La mayor parte de los economistas, de las más diversas ideologías, creían inevitable y conveniente la suspensión de las ventas del dólar ahorro. Los funcionarios salieron a hablar. No aplicaron el “arte de callar”. Veamos.

El domingo 13 de septiembre, Martín Guzmán dijo: “Cerrar más el cepo sería una medida para aguantar y no vinimos a aguantar la economía”. El lunes siguiente quien dijo “vamos a continuar tratando de defender este cepo, así como está”, fue Cecilia Todesca.

A las pocas horas, el BCRA y el Presidente de la Nación, contradicendo la opinión de sus economistas, acometieron un desbarajuste administrativo, con el propósito de contener la sangría de reservas, a base de impuestos y cruces necesarios con el Anses.

La operatividad de la disposición generó una suerte de feriado cambiario bancario ya que la Anses no proveyó la información necesaria para verificar que los beneficiarios de transferencias sociales no usaran esas “ayudas” para vaciar la caja verde del BCRA.

La noche de esa decisión, Marcelo Bonelli le recordó al presidente del BCRA las declaraciones de Guzmán y Todesca, y contestó “pero yo no dije nada”.

Ese “yo no dije nada” es el tercer ejemplo de la imperiosa necesidad de la lectura de la obra del abate Dinouart.

No es todo. Particularmente el ministro Guzmán, del que se está hablando sobre los laureles obtenidos con la exitosísima renegociación de la deuda, antes de comenzar su exposición del Presupuesto 2021, y con micrófono abierto dijo -dirigiéndose para tranquilizarlo al presidente de la Cámara Baja mientras esperaban el comienzo de la reunión pública demorada- “yo también puedo empezar a sarasear hasta que esté” la presentación”. Fuerte.

Tal vez, en esa oportunidad, no haya “saraseado” lo que signfica brindar con énfasis un discurso vacío de sentido, lleno de palabras rimbombantes con aspecto técnico, con lo que, de jóvenes, en viejos tiempos, nos entretenía Fidel Pintos.

Guzmán no “saraseó” cuando explicó sus números y bien podría haber hecho silencio a la espera del momento de la palabra.

Se trataba de brindar un posicionamiento serio sobre su mirada de la economía del 2021 y de la del presente ya que, el Presupuesto parte del presente aunque los números sean una autorización de gastos para el año que viene.

Guzmán -y es inevitable que lo diga porque está escrito y es una síntesis de lo que su gestión procura – espera crecer 5,5% en 2021, una inflación de 29% y un déficit de 4,5%.

No hace mucho imaginaba una tasa de crecimiento para 2021 y hasta 2030 de 1,7% anual. ¿Era necesario contradecirse tan fruerte?

El violento cambio de velocidad de crecimiento para 2021, ¿es el resultado de un rediseño de la estrategia de crecimiento o de un programa de expansión hasta ahora no anunciado? ¿O es la consecuencia de la descomunal caída de la actividad en 2020, seguramente de más de 12 %?

El punto superálgido de ese derrumbe es el desempleo informado por el Indec de 13,1% que está, como es notorio, subestimado si es que “empleo” implica “productividad”. En la misma línea dramática está la estimación de UNICEF respecto de la pobreza, que afectaría a 8 millones de chicos.

Los inexorables resultados de 2020 son consecuencia de la recesión heredada, de la demora en el diseño de una estrategia de salida –las 60 medidas siguen esperando-, e la larga duración de la negociación de la salida del default y la doble pinza de la pandemia y de la cuarentena.

La caída de 12% es una medida de los reflejos de esta administración que hereda una década de estancamiento y una decadencia que se sintetiza con una tasa promedio del crecimiento del PIB por habitante de 0,2% anual, que hace que, como señaló Martin Rapetti, este año nuestro PIB por habitante será igual al de 1974.

Estas condiciones vividas, que se arrastran desde hace años y más allá de los “milagros” transitorios del “déme dos”, sostenidos por la deuda externa o el agotamiento de los stocks, o los de “las tasas chinas”, espejismo efímero de un rebote sostenido por los términos del intercambio, para cambiar el horizonte necesitan de un liderazgo y de una visión capaz de concitar consensos y en función de ellos la confianza en que, explicitando un rumbo, ese camino es posible de ser transitado.

Suena quimérico. Sobre todo, en un escenario dominado por un termómetro de mercurio sin cápsula que lo contenga que es “la politica del oficialismo”.

El dólar y otra vez, la enésima vez que un funcionario agita su nombre y convoca a los espiritus malignos de la palabra torpe. Veamos, volviendo al “arte de callar”: Santiago Cafiero, el Jefe de Gabinete, por encerrarse en el nudo de palabras (“la pasión”, según el Abate) de contienda con dos periodistas que le preguntaban, tropezó y dijo “lo que nosotros tenemos que promover es el ahorro en dólares”.

Es obvio que no quiso decir eso sino “el ahorro en pesos”. El problema no es el error cometido. Claro que no.

Pero reflexionar sobre el ahorro en pesos sería un camino para el diseño de una política económica consistente y no lo que estamos haciendo.

Y es lo que, más allá de la absoluta inconsistencia de la estrategia de Mauricio Macri, que terminó en el default en pesos y boqueando el default en dólares, o la de los Kichner, que dilapidaron la mayor oportunidad de desarrollo de los últimos 45 años, lo que le corresponde a este período de Gobierno (cercado por la pandemia mundial, debilitado por todo lo heredado) es, justamente por esas condiciones de marco (herencia y contexto), diseñar y proponer una estrategia capaz de generar consenso –de las fuerzas políticas y de los sectores sociales y empresarios– para encaminarnos hacia un horizonte de crecimiento y estabilidad.

Este Gobierno no lo está haciendo porque toda su gestión es a la defensiva.

No es original. Es lo que le cabe a una legión de gobiernos que han abandonado la voluntad de crecer, de desarrollar.

La defensiva es la peor fórmula para enfrentar la magnitud de nuestra decadencia.

Es cierto que esa actitud no es nueva y hay que tener una férrea voluntad y un claro liderazgo para escapar a ella.

La defensiva está unida a este escabullir dones y oportunidades de nuestra Patria. Por eso J. J. Ortega y Gasset dijo, en su tiempo, de nosotros y me permito engarzar distintos textos: “El argentino actual es un hombre a la defensiva” y luego “en vez de vivir a la defensiva” nos exortaba con su “¡Argentinos, a las cosas, a las cosas! Déjense de cuestiones previas personales, de suspicacias, de narcisismos”, dejarnos de lamentar “una existencia que no fue”.

Lo contrario de la defensiva es la estrategia de ataque, tanto a los principales conflictos del presente como para los que se presentan en cualquier mirada que ensayemos sobre el futuro.

Todas las estrategias frente al presente, sea sobre las reservas del BCRA, la cuestión social o el nivel de actividad lo son a la defensiva. Todas dominadas por una demora y una vacilación que desespera.

Los funcionarios cada vez que les toca hablar del futuro, de lo que van a hacer, vuelven sobre el espantoso pasado del macrismo y pasean un inventario de medidas cuyo resultado está años mil de cualquier aspiración lógica.

La demora influye y puede ser producto de un modo de organización y gestión que hemos llamado “coral”. Pero lo que la determina es la “concepción defensiva”: van a subsanar el problema que ya ocurrió, nunca a evitar que el problema ocurra.

Eso es la defensiva, no a “las cosas”, que es a lo por venir.

Atacar la cuestión de las reservas es practicar otra mirada sobre las exportaciones y las importaciones, la necesaria sustitución de las mismas y un modelo de la economía real deseada. No lo tienen o no lo han traducido en medidas que es lo mismo.

Lo mismo podemos señalar respecto de la cuestión social, la pobreza y el mayor problema, que es el futuro de 8 millones educados en la pobreza que no es, precisamente, una plataforma para el Siglo XXI.

El nivel de actividad tal vez está a la espera de las 60 medidas, ¿puede ser un plan? Pero seguro que no pasa por las manifestaciones, que no voy a reiterar, de los funcionarios de máxima jerarquía cuando anuncian las buenas que, en algunos casos, como los del financiamiento de la peluquería en 12 cuotas indican cuanto se ganaría aplicando el “arte de callar”.

Tenemos por delante grandes conflictos del futuro y el primero es la pendiente negativa de nuestro producto potencial, por falta de inversiones; el deterioro del bono demográfico, por los estragos de la pobreza y no menor ni menos urgente, un Estado ineficente y en este estadio, infinanciable.

En estas condiciones urge la reflexión, que es hija del silencio.

Dice el abate que “no es cuando la pasión habla cuando el hombre se conoce a fondo” y que su arte es para “la tranquilidad del Estado, el bien de la sociedad”.

Deberíamos practicar, me incluyo, el arte de callar porque lo que tenemos por delante, insólitamente, embellece el pasado y esa nostalgia paraliza.

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