Autonomía de criterio: último recurso para un mundo en agonía

18 de mayo, 2020

Por Flavia Carrión  Antropóloga UBA  y Coach Chamánica (*)

La especie humana es gregaria por naturaleza. Pero eso no significa que debamos comportarnos como un rebaño.

 

La libertad de criterio, la imaginación y la capacidad de mirar las cosas desde una perspectiva diferente, son clave para la evolución y también para el bienestar espiritual de cada uno de nosotros y la comunidad.

 

El pensamiento metido en una caja

 

Vivimos en un mundo en donde tu autonomía de criterio está siendo permanentemente manipulada.

 

Los científicos te dicen qué es lo que tenés que creer acerca de la realidad, los sacerdotes te dicen lo que tenés que creer acerca de Dios, los psicoanalistas te dicen qué es normal y qué no, la publicidad te dice qué tenés que comprar si querés seguir siendo una persona normal, y los políticos… bueno, los políticos te dicen todo eso, pero con menos gracia.

 

En las culturas ancestrales, la rebeldía de pensamiento y el criterio diferente estaban naturalizados. Ciertas personas tenían permiso para explorar fuera de la caja del pensamiento consensuado, trazar sus propios mapas de la realidad material e invisible y actuar en formas inusuales. Eran los chamanes.

 

Se vestían como querían, sin que nadie les dijera que estaban fuera de la moda. Lo desprolijo, lo raro, lo feo, eran parte de su tarea cotidiana, y la tribu, agradecida. Nadie les decía que eran locos ni los expulsaban de la aldea. Ellos traían sanación a través del quiebre, la ruptura y el sopapo de conciencia.

 

Los chamanes eran considerados una necesidad de la sociedad, un contrapeso necesario a la tradición. Sin una mirada revolucionaria, no es posible el crecimiento, y nuestros ancestros lo tuvieron mucho más claro que nosotros.

 

Los problemas no se resuelven desde el mismo marco de conciencia desde el cual han sido creados, dijo el abuelito Einstein, y entonces, ¿cómo encontrar soluciones si todos estamos usando el mismo protocolo para pensar?

 

Una sociedad que perdió a sus chamanes

 

En la cultura moderna, el rol de la rebeldía del pensamiento lo tienen los artistas, pero en una sociedad tan frívola como la nuestra, la mayoría de las veces se ven obligados a ocultar sus destellos de inspiración para diseñar poesía barata que se venda bien. Los filósofos podrían ocupar el rol de hacer preguntas incómodas, pero repetir las respuestas que los filósofos del pasado han encontrado es más marketinero. Se digiere mejor. ¿Y a quien no le gusta un público agradecido si le pre-masticamos lo difícil?

 

Quizás algún científico podría ofrecernos un cuestionamiento a lo conocido y el coraje de enfrentar los moldes estrictos del manual de la academia, pero no suele pasar, porque esa gente también tiene que pagar las cuentas.

 

En fin, que nos hemos quedado sin chamanes oficiales.

 

Pero nos queda una esperanza: que el instinto chamánico regrese en las personas y volvamos a permitirnos pensar por nosotros mismos.

 

Autonomía de criterio espiritual

 

De todos los temas acerca de los cuales tenemos una respuesta pre-fabricada, el que más me indigna es el de la descripción de la realidad espiritual, porque tiene un impacto crucial en nuestra forma de vida, en el nivel de bienestar existencial que una persona disfruta y en la calidad de relaciones que establecemos con nuestros congéneres y con la Naturaleza. El cómo experimentemos lo sagrado nos afecta profundamente, aunque en principio cueste verlo.

 

Lo que mas nos afecta es la inconsistencia. Tenemos una mezcolanza de cosmovisiones. Hemos sido criados en un ambiente con pertenencia a una cierta tradición religiosa pero donde la integración a lo cotidiano se vió poco y nada. Algún casamiento, alguna misa por algún difunto, el Bar Mitzvah del primo, y pará de contar. Al mismo tiempo, en la Escuela nos enseñaron que solo existe lo que podemos ver y tocar. Al llegar a la edad adulta no nos quedaron muchas ganas de plantearnos esa cuestión.

 

Dios y lo que nos espera del otro lado no entran en la reunión con amigos o la sobremesa del domingo, donde sí se habla de futbol o del dólar. Los chicos se aburren, se van a su cuarto a jugar a la Play. Los grandes sacan las cartas y juegan un truco o discuten la grieta. Las cuestiones fundamentales de la existencia resultan aburridas –porque nadie nos dijo que podían ser divertidas– y se postergan. Lamentablemente, para muchas personas, esa postergación les estalla en la cara cuando se ven ante una situación donde la muerte ronda: un diagnóstico médico que asusta, una pérdida imposible de sobrellevar. Recién ahí nos preguntamos ¿y de que va la cosa con lo espiritual? Pero es una reflexión motivada por la urgencia por superar el dolor, la incertidumbre y el miedo. Esa búsqueda de último momento no siempre se convierte en una relación a largo plazo con el plano trascendente de la vida.

 

Las contradicciones entre la descripción del mundo de la religión y la ciencia tampoco entran en la charla del domingo. Un mundo que se desarrolló por efecto de las leyes naturales y un mundo creado en un instante por el pensamiento de un Ser Superior, conviven. Pero esto no quiere decir que convivan integradamente. Es una convivencia como la de un matrimonio separado viviendo bajo el mismo techo. Los platos pueden volar en cualquier momento. Y de hecho sucede. En el espíritu de la gente.

 

Cuando una persona necesita resolver un dilema que va más allá de las soluciones de los libros y las autoridades en la cuestión, se encuentra con que no tiene con qué, porque nunca se ha preguntado ¿Qué creo yo verdaderamente? ¿Dónde me apoyo para resolver esta situación que me supera? ¿Voy a la iglesia, a un grupo de autoayuda o a leerme el tarot? La persona promedio hace todo eso, fragmentando su energía, entrando en una especie de esquizofrenia espiritual en la que cree en todo, pero no cree en nada, cultivando más confusión, alejándose más y más de la solución buscada, sencillamente porque en lugar de tomarse el tiempo de sentarse y preguntarse ¿Qué creo yo?, ha dado por hecho que las respuestas las tenían los libros y las autoridades de conocimiento, que ahora hacen silencio ante su catástrofe personal.

 

Las grandes cuestiones espirituales no son algo que te puedas preguntar una mañana y resolverlo tomándote un café, claro. Requieren tiempo. No hay tips para facilitarlo. No hay retiros espirituales ni –por supuesto– gurúes, que puedan suplantar años de dedicada reflexión en la acogedora mansión de tu propia conciencia. Pero lo que puedo asegurarte es que vas a encontrar una herramienta poderosa para tiempos de crisis, una convicción arraigada acerca de la realidad que tendrá mucho más valor que la verdad impuesta desde afuera, porque será tuya, coherente con tu forma de experimentar la realidad y –por lo tanto– más significativa en términos de tu propósito en la vida.

 

La aventura de Jorgito

 

Una vez que empezas a hacerte estas preguntas de rango amplio como ¿Qué es la realidad? ¿De dónde venimos? ¿De qué se trata todo esto? y encontrás tus propias respuestas, sucede algo extraordinario: todas las otras piezas del dominó existencial que prolijamente nos habían acomodado durante la domesticación a la que fuimos sometidos se empiezan a caer estrepitosamente.

 

Y ese es el pasaporte a la libertad.

 

Supongamos que Jorgito empieza a hacerse las grandes preguntas. En lugar de leer en un libro o escuchar a un profesor decir cuáles son las respuestas, decide examinar todo desde su propio criterio. De pronto se encuentra cuestionando no solo su posición en el Universo sino también el sistema en el que vive. Ahora tiene más fuerza para hacerlo, porque descubrió que, aunque solo es un punto en el Cosmos, hay respuestas que surgen de su propio, mismísimo interior. ¡Qué epifanía! Y a la vez, ¡qué soledad! Porque ahora el sistema de vida urbano no le parece tan atractivo. Por más que lo intente, no logra sentir identificación con las aspiraciones de sus compañeros de trabajo. La competencia no lo excita más. Le dan ganas de agarrar una mochila y largarse al bosque, a explorar y sobrevivir con sus propias manos, como lo hacían nuestros ancestros remotos.

 

Y quizás lo hace. “Pobre Jorgito, le agarró un ataque”, dice la vecina. Y es natural que la vecina piense esto, porque es lo que les han enseñado a pensar. No te olvides que en nuestro planeta los chamanes y brujas han sido incinerados hace mucho, mucho tiempo, y el peligro de ser señalados como los raros persigue tanto –o más– que los monjes de la inquisición.

 

¿Qué le está pasando a Jorgito que renunció a la empresa?, pregunta alguien. Tiene una crisis existencial, responde otro por ahí. Bien por esa crisis. Probablemente fue lo único que sacó a Jorgito de la ruedita del hámster en la que estaba metido: llenándose de stress y fármacos, para sostener un trabajo que lo frustra y un vacío que lo carcome, y así poder comprar los objetos con los que aliviar su frustración e ignorar el vacío.

 

Jorgito puede que vuelva o no de su aventura, puede que siga viviendo en la ciudad o se mude a la costa, puede que encuentre un trabajo formal o que venda pulseras de mostacillas en la playa. Incluso puede que se vaya aún más lejos, que siga buscando, que no encuentre nada, o que se vuelva un ermitaño o un millonario de la informática. No importa. Lo importante es que esa vida la creó a partir de su propia búsqueda y no arrastrado por el piloto automático de una sociedad que no le enseñó a cuestionar lo dado.

 

Astuta, ella. La sociedad. Si nos enseñaran a cuestionar lo dado desde la escuela, probablemente habría muchos más Jorgitos y reformularíamos nuestras comunidades desde un lugar más justo.

 

¿Qué harían entonces los vendedores de rueditas de hamsters?

 

Rebeldía de pensamiento es evolución

 

Hay funciones en los sistemas que son para sostener, y hay funciones que son para crecer. Todos los seres vivos, todos los organismos, necesitan una dosis de caos para evolucionar. El cangrejo debe romper su cascarón, la oruga disolverse, la corteza terrestre desgajarse en terremotos para que surjan nuevos continentes.

 

No gusta, duele, pero es necesario.

 

En un organismo social, tiene que haber personas que piensen diferente, son esas mutaciones imprescindibles para que la especie no decline y sobreviva a la extinción, para que el colectivo humano pueda encontrar nuevas versiones de sí mismo, más coherentes, más integradas, más exquisitas.

 

¿Existe otra forma de avanzar que no sea dejando atrás lo que no sirve? Y si no sacudimos lo que damos por sentado, ¿cómo vamos a saber si sigue sirviendo? Por eso es esencial entrenar a nuestros niños –y a todos nosotros– en el arte de la autonomía de criterio, valorando las opiniones que se salen de cuadro, abandonando nuestra compulsión a tildar rápidamente de “loco” a cualquier persona que expresa algo inusual.

 

Curate en salud: convertí la pregunta “¿Qué creo yo?” en tu leiv motiv. No solamente en cuestiones espirituales, sino ante cualquier asunto. Cuando escuches una noticia, cuando te expliquen algo, cuando te digan “cómo son las cosas” en cualquier ámbito de la realidad. Pregúntate, ¿Qué creo yo?

 

Que digan lo que quieran

 

Muchas personas te dirán: ¿y quién sos vos para cuestionar lo que dicen los libros, los maestros, las tradiciones?

 

En ese momento, no intentes responder desde la mente, porque te vas a enredar. Sencillamente, conectá con el latido de tu corazón, lo más real que podés encontrar en tu vida. Una parte de vos que está desde que viniste al mundo, pulsando energía, indicándote hacia dónde dirigirte, inspirando tus besos y abrazos y tus despedidas, susurrándote una intuición, siendo el motor de tu creación a cada instante. Sentirlo te va a recordar que más allá de lo que diga la ciencia o la religión, la publicidad, tu terapeuta o los políticos, existe un hecho innegable, y es que tu existencia misma es un acontecimiento cósmico único e irrepetible.

 

Y por eso:

 

Tu criterio es sagrado.

 

(*) Directora de la Escuela de Espiritualidad Natural (@flavia_carrion_escribe)

 

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