Triple cuarentena

17 de abril, 2020

Por Carlos Leyba

 

Alberto Fernández gobierna tres cuarentenas. La sanitaria; la económica, que tiene paralizada la producción “no esencial” y la cuarentena financiera por la que nadie nos presta.

 

Está propuesta la salida de la cuarentena financiera. Se develará el 7 de mayo.

 

A fines de abril comenzará una liberación parcial de la sanitaria y con ella de la económica.

 

En mayo el panorama de la vida cotidiana no se parecerá al previo al virus. Pero aquel panorama era bastante duro comparado con el de diez años atrás.

 

La presente cuarentena financiera internacional comenzó en el mismo momento en que el irresponsable Gobierno de Mauricio Macri (quien declaró que endeudarse era una locura) salió en estampida a inundar la plaza de especuladores voraces y a “taparles la boca” con el barbijo de la deuda externa.

 

A puro pedal, “los inversores” se llevaron los dólares y el sistema financiero nos decretó, por enésima vez, la cuarentena de crédito que hoy padecemos.

 

El precio de los bonos se ubica en el 25% de su valor facial. Precio al que los buitres comprarían para litigar. Y al que los bonistas aún no los vendieron a la espera de una propuesta de pago creíble.

 

Martín Guzmán anunció una quita del capital adeudado de 5,4% y una muy fuerte reducción (62%) de los intereses originalmente pactados. La propuesta es pagar el 94,6% del capital adeudado y hacerlo con una tasa de interés promedio de 2,33% y comenzar a pagar en 2023.

 

El default, de ocurrir, augura que la cuarentena financiera continuará.

 

La falta de dólares es el disparador de todas nuestras recesiones y de los mayores golpes inflacionarios que reconocen en la “la restricción externa” su origen primigenio.

 

Esa restricción estructural profundizada no es otra cosa que la sintomatología de una economía desindustrializada ex profeso, en aras del “progreso”, por los elencos económicos que desde hace cuatro décadas repiten el canon aprendido de “lo que hay que hacer”, que está muy lejos del canon de lo que realmente se hace en las economía de los países en que se predica ese credo para los demás.

 

La oferta que hará Guzmán será descontada, por los acreedores, a una tasa de interés estratosférica determinada por el espíritu de castigo que domina la mirada de los bonistas y una (razonable) mezcla de desconfianza por el récord del país que, como cantó Carlos Gardel, se resume en “hoy un juramento, mañana una traición”.

 

Guzmán dice prometer lo que es sustentable. Lo que traduce como pagar sin provocar la caída del poder de compra ni en el empleo, ni del gasto público en salud, educación y mejora de la vida del ejército de postergados. Y un flujo de pagos que pueda cumplir.

 

Ha trascendido que el FMI apoya ese esquema y que hasta el Departamento del Tesoro lo aprueba.

 

Si fuera así sería una advertencia para los que pretendan rechazar la oferta y litigar.

 

Claro que aún con ese apoyo los términos de la negociación deberán satisfacer las condiciones de un programa económico para salir de la cuarentena financiera.

 

Ese programa debe servir, si se cumple, para cambiar la reputación de nuestra economía, lo que significa dejar de ser la “economía para la deuda”, la que se ha construido en estos 45 años de estancamiento (0,58% de crecimiento anual del PIB por habitante) y de inflación galopante.

 

El largo plazo, que es lo que cuenta, es una historia de estanflación estructural.

 

Salir de ella es abandonar la “economía para la deuda” que es la condición para terminar con la cuarentena financiera y poder acceder al mercado de deuda internacional, justamente porque no lo necesitaremos: la paradoja del éxito.

 

Hay US$ 300.000 millones de residentes argentinos que podrían inundarnos de dólares atraídos por el potencial criollo. Que no ocurra de golpe porque traería una original enfermedad holandesa. Volvamos al mundo real.

 

En ese programa (todo se trata de futuro), las cuentas públicas y la evolución de la producción y la balanza de pagos, deben hacer explícita la capacidad de pago a comprometer. ¿Cómo?

 

La actividad económica de Argentina tiene que crecer y mucho; sus exportaciones mucho más; las cuentas de pago de servicios del Balance de Pagos, desplomarse y además reducir dramáticamente las importaciones de la industria, en el marco de una economía mundial que dejará de comprar y querrá vender.

 

Y además lograr un generoso superávit de las cuentas públicas. Reducir a cero el gasto improductivo, el sobreempleo público y los pagos de transferencia nacidos al amparo del clientelismo ramplón: cientos de miles de mutilados de una guerra que no existió y jubilados de la mínima que son, muchos de ellos, candidatos a pagar el impuesto de los millonarios o casi.

 

La suma de esos objetivos es un rumbo y los instrumentos para llevarlos a cabo forman el programa: nada se hará sin multiplicar las inversiones productivas y ellas sólo se generan en un mundo de zanahorias para la inversión y un colchón de normas para el desarrollo. No lo tenemos.

 

Mientras en la paz de la reflexión se sueñan esos posibles, la realidad está dominada por otras dos cuarentenas. La sanitaria y la económica. Tres cuarentenas y un solo Gobierno. Difícil.

 

Pero no todo es negativo. El dato duro de la pandemia es el número de muertos y ese dato duro nos dice que nos va bien aunque falta para el veredicto final. Nuestros muertos son hoy la mitad que los de Corea del Sur, que tiene 25% más de habitantes y es un país que ha superado los balbuceos del desarrollo económico.

 

En 1975, nuestro PIB era el doble del de Corea del Sur y hoy (2018) es sólo un tercio. Corea se industrializó en esos años, nosotros nos desindustrializamos en nombre del “progreso y la modernidad”. Volvamos.

 

Nuestro éxito sanitario es la consecuencia de la cuarentena impuesta por Fernández. Haber cosechado éxito temprano obliga a una cuarentena suficiente para conservarlo, salvo una vacuna o un remedio infalible que tendría otras dificultades. No será fácil.

 

De esta zona de confort sanitario tendremos que salir antes que la parálisis de la economía amenace rebelión social y todos se perciban sanos y salgan a la calle y previamente hayan practicado la rebelión fiscal integral.

 

La economía, en esas condiciones, puede terminar con la cuarentena sanitaria antes que el control de la pandemia permita decidir poner la economía en marcha.

 

La sobrecarga de un circuito se quema por el fusible, el eslabón más débil de la instalación.

 

En lo social, los eslabones débiles son los sectores más desprotegidos y en lo económico, ese eslabón es la interrupción de la cadena de pagos.

 

La mecha del extremo social es el 40% de pobres y un hábitat difícil de soportar.

 

La mecha del extremo económico es la incapacidad de cumplir obligaciones de pago y barre a todo el espectro de unidades productivas, la mayor parte (incluidas las grandes) sin capital de trabajo que soporte el pago de sueldos, cancelar cuentas pendientes, sin facturar porque está prohibido trabajar.

 

Para contener la carga del fusible social el Gobierno está privilegiando la contención social: no hay vacilaciones ni reparos y está funcionando y la vocación por escuchar el sistema de alertas está disponible.

 

Pero la contención del fusible económico es todavía muy débil. Para los que toman decisiones con un horizonte mas largo es imprescindible escuchar el mensaje de los responsables de la política económica. Eso no está.

 

El mensaje de Guzmán sobre la deuda puede ser el prólogo del anuncio del rumbo de largo y mediano plazo: el acuerdo lo exige.

 

Necesitamos la “visión” del equipo económico porque la anatomía del Gabinete tiene muchos miembros. Es imposible “armar” una política económica consistente sin una lectura integral de todas las miradas con una cuota de poder. Toda política económica que sirve se formula como una integralidad y la riqueza que brindan tantas miradas distintas del mismo nivel, se potencia si convergen y se diluye si se “autonomizan”.

 

La conclusión es que es imprescindible el anuncio de una estrategia para la “administración de la cuarentena sanitaria” como lo es también el anuncio concomitante de la “administración de la recesión mientras la cuarentena dure”: sin ambas se debilita la administración de la salida de la cuarentena financiera.

 

¿Qué debería contener ese programa? ¿En que soporte político y económico debería sostenerse?

 

El primer paso es la convocatoria a los sectores sociales y económicos y a los líderes de la oposición en el Parlamento y en los gobiernos, a un consenso para “administrar la recesión”: estuvieron para la propuesta de la deuda y para la determinación de la sanitaria. ¿La económica por qué no?

 

Dos objetivos centrales: que no aumente el desempleo y que ninguna unidad de producción incumpla sus compromisos privados o tributarios.

 

Matías Kulfas ha anunciado una medida de alto impacto a esos fines: pagar parte de los salarios de las empresas privadas. Si los montos se ponen a tono con los niveles reales de los salarios de la industria paralizada será un aporte. Una suma como la que ha trascendido es mínima para el promedio de la industria.

 

Ese aporte, vía listados de salarios de Anses, no puede bajar del equivalente a una canasta familiar y media por trabajador y en una escala, a partir de ese nivel, que debe fijarse en un acuerdo del gobierno, trabajadores y empresarios para poner un tope al pago de salarios de quienes no trabajan incluyendo al sector público. Sin agregar valor todo lo que se cobre es una ayuda y no un salario. La UOM ya dio un paso en ese sentido y también algunas provincias.

 

Esa liquidez (para que no se corte la cadena de pagos) debe surgir del Estado y las empresas podrán contribuir, luego del fin de la cuarentena, a recomponer esas cuentas del Estado, a largo plazo sin destruir el capital de trabajo para arrancar cuando comience la recuperación.

 

Tres cuarentenas es un peso demasiado grande. Todos juntos lo podremos soportar. Una oportunidad para el consenso tan deseado. Tal vez “primero hay que saber sufrir, después amar”. ¿En eso estamos?

 

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