Orden internacional y Covid-19, entre lo viejo y lo nuevo

27 de abril, 2020

 

 Por Tomás Múgica 

 

“Continuaban haciendo negocios, planeando viajes y teniendo opiniones. ¿Cómo hubieran podido pensar en la peste que suprime el porvenir, los desplazamientos y las discusiones? Se creían libres y nadie será libre mientras haya plagas”, dice Albert Camus en “La Peste”, novela de actualidad. Las catástrofes colectivas, como la pandemia que estamos atravesando, nos recuerdan nuestros límites, individuales y colectivos, al tiempo que ponen de relieve los lazos que unen a los miembros de la comunidad política. Lo estamos viendo: las sociedades revalorizan el rol del Estado (y de los gobernantes) que, con diferentes niveles de eficacia y en algunos casos avanzando sobre las libertades civiles, demuestra ser la única organización social con la capacidad material, el alcance territorial y la legitimidad social requeridos para responder a este tipo de situaciones.

 

Algo similar sucede con los vínculos entre Estados. Como las crisis financieras, el calentamiento global y la proliferación nuclear, la epidemia global del Covid-19, un problema de alcance mundial, nos recuerda los lazos de interdependencia (asimétrica) que los unen.

 

En este caso, el efecto se amplía por la escala de la crisis y sus impactos en diversas esferas de la vida social. Se detiene la actividad económica, los vínculos sociales se circunscriben a círculos estrechos o se trasladan a ámbitos virtuales, se cierran las fronteras, se limita el tránsito de personas y el comercio internacional de bienes disminuye de manera pronunciada. A la crisis sanitaria se suma la económica, con duras consecuencias sociales: se espera una caída del PIB de al menos el 3% a nivel global (FMI) y de 5,3% en la región (Cepal).

 

Hasta ahora, la crisis desatada por la expansión del Covid-19 parece catalizar tendencias ya presentes en el sistema internacional. Destacamos tres, relacionadas entre sí: la creciente conflictividad entre las grandes potencias en el contexto de un orden internacional sin liderazgos claros (lo que Ian Bremmer llama “recesión geopolítica”); el ascenso del nacionalismo y el cuestionamiento de las elites, especialmente en Estados Unidos y Europa y, por último, el declive del multilateralismo. Un hilo común las une: la redistribución del poder que está teniendo lugar en el contexto del proceso de globalización, desde Occidente hacia Oriente, expresado en el ascenso de China y el declive relativo de Estados Unidos, y el desigual impacto distributivo de la integración económica mundial al interior de las democracias industriales. El llamado orden liberal, que las potencias occidentales construyeron después de la Segunda Guerra Mundial, está en peligro o, según los más pesimistas, definitivamente muerto.

 

Las tendencias señaladas se manifiestan frente a la crisis sanitaria y económica. Estados Unidos y China, las dos mayores potencias del sistema, se muestran incapaces de gestionar respuestas conjuntas, mientras se enredan en una disputa acerca de las responsabilidades en la propagación del virus.

 

Estados Unidos, al igual que varios países europeos, al menos en un comienzo, ensaya una respuesta nacionalista, que se concentra en el escenario doméstico, mientras se retrae de la escena global, algo que ha venido haciendo durante el Gobierno de Donald Trump.

 

Tras un comienzo errático -y aunque no logra disipar las sospechas de los gobiernos occidentales acerca de su responsabilidad en el inicio de la pandemia- China busca acrecentar su prestigio mediante la asistencia a otros países afectados. Las instituciones multilaterales –en este caso, la OMS- carentes de legitimidad política y financiamiento adecuado, son caja de resonancia del conflicto entre ambos países y su capacidad para coordinar respuestas a la epidemia global sufre.

 

Sin embargo, posiblemente haya más que aceleración de tendencias presentes. Es muy difícil saber qué mundo viene, pero podemos especular sobre cambios de naturaleza cualitativa. Dos se insinúan el horizonte.

 

Primero, y más allá de las actuales reacciones nacionalistas, es probable que en el mediano plazo se imponga la necesidad de una mayor cooperación internacional. Podrá adoptar la forma de un fortalecimiento del multilateralismo, que se adapte mejor a la nueva distribución del poder internacional y que avance en la provisión de bienes públicos globales, salvando la brecha entre integración económica y ambiental y fragmentación política, entre problemas mundiales y gobiernos nacionales. Pero adicionalmente podría abrirse la puerta, al menos en algunas áreas del mundo, a fórmulas de soberanía dividida entre gobiernos nacionales y organismos regionales, como la representada de manera imperfecta por la Unión Europea (UE), o aun para el avance de lo que teóricos como David Held llaman “democracia cosmopolita”, creando nuevas instancias de participación directa. Llega el momento de reinventar el gobierno y, al menos allí donde la hay, la democracia.

 

Segundo, es posible que se desaten intensos debates de carácter moral, acerca de la naturaleza y destino de la civilización actual. En días recientes se sucedieron expresiones al respecto. Mencionamos dos, al pasar: Rainiero Cantalamessa, predicador de la Casa Pontificia y referente importante del pensamiento católico, se refirió a la crisis como un despertar del “delirio de omnipotencia” que siempre ha acechado a la humanidad mientras que el presidente francés, Emmanuel Macron, habló de un “shock antropológico”. Probablemente estemos a las puertas de un tiempo de cambio ideológico, que no se limita a cuestionar la actual distribución de la riqueza o a reclamar un mayor cuidado del ambiente, sino que avanza de manera más profunda sobre el sistema de valores que sostiene nuestra civilización tecnológica, algunos de cuyas manifestaciones son la obsesión por productividad, el consumismo y el individualismo exacerbado. A su tiempo, el cambio cultural impactará sobre la política y la economía, creando nuevas demandas.

 

Estamos ante una reconfiguración del proceso de globalización, que cuenta con beneficiarios poderosos, desde China a las elites económicas y aun buena parte de las clases medias de los países occidentales y del mundo emergente, no ante su reversión. En los próximos años, sin embargo, seguramente asistiremos a una disputa política y un debate moral sobre el gobierno y sentido del proceso de integración mundial.

 

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