De Odol pregunta a ¿Quién quiere ser millonario?

3 de enero, 2020

 Por Eduardo R. Ablin Embajador

 

El icónico programa de preguntas y respuestas de la TV argentina Odol pregunta alcanzaba en 1969 su máxima popularidad bajo la conducción del famoso Cacho Fontana. En 2019 el éxito en esta franja televisiva correspondió a ¿Quién quiere ser millonario?”, con Santiago del Moro como expresivo presentador. No es propósito de este texto invadir la crítica de espectáculos, sino meramente intentar por vía de la comparación de las recompensas de ambos programas echar alguna luz acerca de la evolución monetaria del país en el último medio siglo.

 

Un interesante detalle es que Odol pregunta ofrecía en su época un premio máximo de 1 millón de pesos -habiendo registrado algunos ganadores de dicha suma-, mientras que ¿Quién quiere ser Millonario? elevó su escala –transcurridos cincuenta años- sólo a 2 millones de pesos, aunque ningún participante ha logrado desde el inicio del ciclo alcanzar siquiera el millón, cifra que se utiliza en el ejercicio que sigue ya que facilita cualquier comparación. Al respecto, aunque en ambos casos el premio objetivo se expresa como 1 millón de pesos cabe preguntarse a que valores nos estamos efectivamente refiriendo. En efecto, si se observan los sucesivos reemplazos de 5 líneas monetarias en nuestro país desde 1969 (peso moneda nacional, peso Ley 18.188 -1970-, peso argentino -1983-, austral -1985- y peso -1992-) debe destacarse que el premio de Odol se encontraba enunciado en pesos moneda nacional. Sin embargo, dicha denominación monetaria ha perdido 13 ceros hasta el advenimiento del actual peso, como resultado de las profundas y reiteradas devaluaciones de nuestra moneda -a su vez motivadas por el incesante proceso inflacionario- que obligaron al reemplazo de las líneas monetarias antes listadas.

 

De esta forma, el poder adquisitivo de 1 peso moneda nacional de 1969 equivaldría a 10 billones -en aritmética europea continental- (no es error) de los presentes, es decir a 10 millones de millones (1012, expresado como potencia). Así, si imagináramos como extremo teórico una mera equivalencia aritmética, el premio de un millón de pesos ofrecido por Odol debería ser elevado a la doceava potencia para mantener el valor equivalente a 1969. Si se desea presentar tal evolución en forma más gráfica, puede observarse que cada peso actual equivaldría al presente a 0,0000000000001 pesos moneda nacional.

 

Sin embargo, dado que todos los países del mundo sufren algún grado de inflación corresponde intentar algunos análisis alternativos para aspirar a una comparación más realista aplicable a lo acontecido en este medio siglo. En tal sentido, podría observarse la inflación registrada en nuestro país recurriendo al mero agregado del índice de precios al consumidor acumulado anualmente entre 1969 y 2019. Utilizando para ello los índices oficiales del Indec (sin contemplar ajuste alguno por las eventuales distorsiones eventualmente registradas en el período 2007-2014) surge que el nivel agregado del índice de inflación -parámetro usualmente más utilizado en el país a fin de medir la evolución de la misma- osciló en torno a 6.880% (con una media anual simple de 137%) durante el lapso bajo análisis. Si se considerara a dicho valor como representativo del poder adquisitivo de la moneda local la actualización del premio de “¿Quien quiere ser millonario?” debería aproximarse a 70 millones de pesos para resultar equivalente al de Odol, lo que evidentemente no resultaría imaginable para los patrocinadores del ciclo.

 

Otra forma útil para intentar mensurar idéntico proceso consiste en convertir los respectivos premios a su valor en dólares estadounidenses En efecto, en la Navidad de 1969 (fecha elegida con criterio aleatorio para homogeneizar el cálculo al presente) el dólar se cotizaba a $ 352 (pesos moneda nacional, tipo vendedor en el mercado “oficial”, sin considerar la disposición o restricciones para acceder a las divisas), de forma que el millón de pesos de Odol equivalía a U$S 2.840.- Por su parte con un millón de pesos actuales podrían adquirirse teóricamente US$ 15.870.- a $ 63 por unidad (de no existir limitaciones para su compra atribuibles a las restricciones impuestas por el “cepo” vigente) o US$ 13.000.- si se optara por comprarlos consecuentemente en el mercado paralelo, a un costo en torno a $77. Claro que en ambos casos sin que el premio haya sido ajustado al valor del peso moneda nacional de 1969.

 

Así, a simple vista -acorde el cálculo precedente- el participante eventualmente ganador del millón de pesos en “¿Quién quiere ser millonario?” (calculado como valor bruto, sin contemplar eventuales descuentos impositivos aplicados sobre los premios) podría comprar hoy aproximadamente en torno de siete veces más dólares que con idéntico premio en 1969. Sin embargo, cabe advertir que también en Estados Unidos se registra -aunque en menor medida- inflación, y por lo tanto la evolución del índice de precios al consumidor acumulada a lo largo del período bajo análisis -acorde la misma metodología empleada en el caso argentino- ascendió a 205%, reflejando un promedio anual simple cercano al 4%.

 

De esta forma, equiparar el poder adquisitivo de un dólar de 1969 requiere al presente de US$ 7. Por ende, el premio del programa actual en dólares -ajustado en términos reales- equivaldría a U$S 2.270.- o U$S 1.850.- respectivamente. Por lo tanto no debería sorprender que un ganador de ¿Quién quiere ser Millonario? podría comprar hoy con el premio de un millón de pesos el equivalente a siete veces el monto de dólares que el triunfador de Odol hubiera podido adquirir. De esta forma, puede corroborarse que el premio de 1969 -valuado en US$- continuará siendo superior a valores constantes al resultante de cualquier ajuste en término de la moneda local. En efecto, el eventual ganador del premio de Odol Pregunta en 1969 que hubiera adquirido los US$ 2.840.- que el mismo le hubiera permitido obtener en aquel momento conservaría a valores constantes -aún 50 cincuenta años – entre 65 y 80% de su ahorro, sin considerar eventuales ingresos adicionales derivados de su inversión. Por el contrario, aquel que hubiera conservado dicho capital en moneda local no dispondría de remanente alguno, ya que el millón de pesos moneda nacional hubiera quedado reducido -tal como se ha demostrado más arriba- a un valor negligible, no pudiendo imaginarse ningún tipo de inversión cuya tasa de interés hubiera podido compensarlo por la pérdida de poder adquisitivo de la moneda doméstica desde entonces.

 

Al respecto cabe tener presente que acorde información reciente de la Reserva Federal la circulación total de billetes de US$ 100 asciende a 12 millones de unidades, totalizando por ende un valor de 1,2 billones (millón de millones) de dólares. Sorprendentemente, según dicha fuente 80% de dichos billetes se encuentran fuera de Estados Unidos, concentrándose en aquellos países cuya población los retiene como reserva de valor ante la sensibilidad respecto de la debilidad e incertidumbre de sus monedas domésticas, destacándose entre ellos Rusia y Argentina. En muchos casos dicho circulante se hallaría incluso fuera del sistema financiero, y por ende ajeno al circuito de la economía formal. A su vez, diversas estimaciones coinciden en que en nuestro país se atesorarían en torno de US$ 100.000 millones en billetes de dicha denominación, concentrando así entre 8-9% de su circulación total.

 

De esta forma, surge claramente que en Argentina el peso continúa utilizándose como moneda transaccional, aunque el ahorro tiende sin duda a conservarse en dólares. De esta forma, la experiencia de los dos programas de preguntas y respuestas probablemente más destacados del último medio siglo nos han permitido al menos desarrollar una evaluación certera. En efecto, el ejercicio cuantitativo que intentamos al comparar los premios ofrecidos por ambos, contemplando en particular el resultado de los cursos de acción alternativos eventualmente elegidos por sus ganadores para la mejor conservación de su valor permite corroborar con facilidad porqué los argentinos tienden a ahorrar en dólares, lo cual no deriva de una mera costumbre cultural, sino que se ha probado una ineludible necesidad de protección patrimonial a lo largo del último medio siglo, cruzando por ello las clases sociales.

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