¿Y si probamos con el consejo de Einstein?

1 de octubre, 2019

Einstein

Por Jorge Paz 

 

Una persona es pobre si sus ingresos no le alcanzan para comprar las calorías necesarias para la supervivencia, procesar los alimentos que contienen esas calorías y exponerse al público sin riesgos de terminar preso o internado. Esta es la definición de pobreza que acepto. Quiero decir, no hay algo así como una “línea de indigencia” o pobreza extrema, dado que lo que gano tiene que permitirme cocinar los alimentos (pagar gas y electricidad), vestirme y trasladarme, entre otras necesidades básicas.

 

Las cifras dadas por el Indec permiten afirmar que en Argentina hay casi 16 millones de personas pobres y que 7,5 millones de ellos (47%) tienen menos de 18 años.

 

En esta columna me interesaría esbozar respuestas a dos preguntas que me parecen clave para interpretar estos resultados.

 

  1.   ¿Cómo llegamos a esto?
  2.  ¿Cómo se sale?

 

La primera implica mirar 30 años atrás, y la segunda, 12 o 15 años para adelante (3 mandatos de Gobierno).

 

¿Cómo llegamos a esto?

 

En 1988, hace treinta y un años teníamos las primeras mediciones oficiales de pobreza en el país. En ese momento, Indec revelaba una tasa de pobreza del 29% aproximadamente. Ayer, la misma tasa midió 35,4%, unos puntos más arriba que el registrado durante el primer y el segundo semestres de 2001 (32% y 34%, respectivamente), antes de la explosión que sobrevino a la crisis hacia finales de ese año.

 

Repasando la historia se aprecia que la pobreza aumentó durante las épocas de mala performance macroeconómica y decreció en las recuperaciones o booms. En Argentina, la pobreza creció con la hiperinflación de fines de los ‘80, con el desempleo de mediados de los ‘90, con la crisis internacional y los problemas distributivos de fines de los 2000 y con la estanflación desde 2015 hasta ahora. Las variables que explican los aumentos de pobreza son siempre las mismas: los salarios, los ingresos no laborales y los precios. Parafraseando a Juan D. Perón, mientras que los primeros van por escalera, los segundos (los precios) suben por ascensor.

 

Hay que aclarar que la excepción a esta regla fue la situación de fines de los ‘90, cuando el desempleo y no la inflación, se presentó como el principal protagonista. Hoy la inflación es la principal causante de la pobreza. Por lo tanto, entender la causa de la pobreza es entender por qué se produce y reproduce la inflación. La economía argentina no crece desde 2011 y eso agudiza la puja distributiva entre sectores cada vez más populosos que no quieren perder su porción en el reparto. La cantidad de dinero acompaña a las cesiones sectoriales, so pena de que la puja termine en una eclosión social como la que ya vivimos a principios de los 2000. Crecen los precios y los ingresos no alcanzan para compensar las subas. Las calorías son cada vez más caras y, por lo tanto, más difíciles de alcanzar. La pobreza aumenta.

 

¿Cómo se sale?

 

Esto tiene dos soluciones: la redistributiva o el crecimiento económico. Ciertamente, está la solución mixta, que incluye un poco de ambos ingredientes. Según una estimación que hice recientemente, una tasa de crecimiento promedio de 2% por año ubicaría a la economía, en 2030, en un nivel de pobreza del 5%. Esta tasa es la que ha registrado Argentina entre 1952 y 1975 y entre 1990 y 2016. El primer tramo contiene 23 años y el segundo 26. Ahora se necesitaría esa intensidad de crecimiento en 10 años, lo que no es poco dado el panorama que se observa desde 2011 hasta la actualidad. Además, ese crecimiento tendría que darse sin turbulencias: debería ser un crecimiento suave, como el que han tenido Chile y Uruguay en las últimas décadas.

 

La otra alternativa es la distributiva, la que implica orientar más recursos públicos a la asistencia alimentaria y a un ingreso universal que cubra las necesidades de la población pobre. Los datos proporcionados por el Indec arrojan una brecha de pobreza del 44% (esto es, la distancia que separa el ingreso promedio de una persona pobre del valor de la canasta básica de bienes). Si esto es así, se necesitarían destinar 4,7 puntos del PIB de subsidios a la población pobre. No se está incorporando en esta estimación los problemas con el financiamiento de estos subsidios ni los problemas de incentivos al trabajo que podrían provocar los mismos.

 

Además, estos recursos adicionales deberían sumarse a la ya cifra récord destinada a la protección social, que, según datos de la Cepal, es la más alta de la región, medida como porcentaje del gasto público total.

 

Hay muchos puntos más que podrían tocarse para inducir al descenso los altísimos niveles registrados en la última medición: a) promover el aumento de la participación de la mujer, lo que requeriría la implementación se servicios de cuidado y una distribución más igualitaria del tiempo de trabajo no remunerado del hogar con sus pares masculinos; b) mejorar la cobertura de la protección social actual y rediseñar los programas existentes, como la Asignación Universal por Hijo; c) rediseñar la estrategia de reducción de precios de los productos de la Canasta Básica Alimentaria (CBA) con el fin de focalizar su impacto, y c) aumentar la tasa de egreso de los jóvenes del nivel secundario para mejorar su empleabilidad. Podría seguir.

 

Todas son políticas posibles con resultados probables pero inciertos. En el mundo de lo que hay, lo único seguro es la necesidad imperiosa de hacer algo orientado a este problema de manera específica. Ya se probó que, no haciendo nada, la pobreza aumenta. Me viene a la memoria esa frase adjudicada a Einstein: si lo que se busca son resultados distintos, no vale seguir haciendo lo mismo.

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