Lacunza y Carrió: dos modelos del Gobierno en sus días más difíciles

21 de agosto, 2019

lacunza carrió

Por Oscar Muiño

 

No se va, Chicago no se vaaa…. Era conmovedor, contagioso. La tribuna rugía, alentaba con fervor y decisión a su equipo. La confianza en que su equipo no se iba al descenso. La última chance para mantenerse en primera división de la AFA. Fue hermoso. Pero inútil. Al terminar el partido, Chicago había quedado condenado. En medio de la tristeza, el silencio empezó a quebrarse. El murmullo se convirtió en canto, y el canto en himno. No se va, Chicago no se vaaaa. Emocionante. Pero ya inútil. La derrota estaba sellada, el destino marcado. Nadie lo aceptaba. Pasó hace mucho. El espíritu pervive.

 

El gobierno nacional exhibe, a diez días de su aplastante derrota, tantos gestos de aceptación como de negación del voto popular.

 

Cuando uno pierde, intenta negarlo. Luego, buscar argumentos auto-exculpatorios. “No supimos explicar”, “no pudimos comunicar”, “no nos supieron entender”. Pero esto sucede puertas adentro. Poco a poco, los derrotados suelen entrar en razón. Los consejeros más realistas, los más inteligentes, los de nervios de acero, obligan a los líderes vencidos a reconocer lo obvio.

 

El duelo en cinco pasos

 

La psiquiatra suizo-estadounidense Elisabeth Kübler-Ross imaginó cinco etapas ante una pérdida impactante. El funcionamiento del luto. Su libro Sobre la muerte y el morir lo simplifica: negación, ira, negociación, depresión, aceptación.

 

En el oficialismo, se están viviendo simultáneamente los cinco estadíos. Algunos imaginan que no sucedió, otros están furiosos con el resultado, aquellos buscan culpables, otros piensan en los caminos alternativos desechados y no faltan los que han quedado inmóviles. Algunos han pasado por varias de esas fases. Es humano.

 

La negación al hecho (“no pasó lo que pasó”) permite sobrevivir a golpes inesperados y profundos, capaces de desestabilizar al sobreviviente. La negación de la realidad opera como una anestesia para bajar las sensaciones dolorosas. El precio es la pérdida de sentido de realidad. A medida que el sujeto advierte lo irremediable, aparece la segunda etapa, la ira. Bronca. Búsqueda de culpables para enfrentar lo que –se sabe- no se puede cambiar. Tercera fase, la negociación: ¿se podría haber cambiado el resultado luctuoso? ¿Qué habría pasado si hubieran existido otras conductas, opciones diversas? Incluso se fantasea con algún cambio rotundo. Al advertirse que nada es posible y lo irreversible ha acontecido sin vuelta ni opción, llega la etapa de la depresión. Una tristeza infinita, un vacío existencial. La fantasía, ahora, es la propia finitud, la pérdida de sentido de seguir en un mundo donde no está el ser querido. Finalmente, la aceptación de la pérdida. Saber que la vida nunca será la misma, que la ausencia es definitiva. Pero al reconocer la nueva realidad, se abre el camino para las opciones verdaderas, el realismo.

 

Las opciones

 

La primera reacción –la negación- fue generalizada, como resultaba casi inevitable cuando fallaron (o no se quisieron ver) los instrumentos de opinión pública que el Gobierno se jactaba de conocer mejor que nadie.

 

La etapa de la negación se expresa claramente desde el atardecer del domingo 11, ya terminada la votación cuando Marcos Peña evaluó que el gobierno estaba haciendo una muy buena elección.

 

La etapa de la furia quedó expresada en Elisa Carrió después de la reunión en Olivos del lunes 19 por la noche. Enojada y a la búsqueda de responsables, culpables y cómplices. Arremetió contra funcionarios y periodistas. Desde un fraude inexistente hasta la acusación de intromisión narco. Culpar a quien nos vence es un error peligroso. No sólo por vocación democrática, sino hasta por cálculo. La gente no culpa de sus tribulaciones al que viene sino al que se está yendo. La esperanza de lo porvenir es indispensable para la vida humana.

 

La tercera etapa, la negociación consigo mismo, es la que están encarando candidatos a intendentes derrotados: asumen la realidad, debaten consigo mismos, determinan que el presidente Macri hunde la boleta y resuelven cambiar de estrategia. La gobernadora de Buenos Aires y los intendentes del conurbano dejarán de repartir las boletas de Mauricio Macri y copiarán el famoso voto delivery por el cual tradicionalmente los jefes comunales justicialistas han entregado boletas a pedido del elector.

 

La etapa de la depresión lleva a muchos a bajar los brazos y no saber qué hacer. Es inevitable y la han sufrido todas las organizaciones (aquí y afuera) ante la certeza de lo inevitable. Es difícil combatir para todo ejército que se sabe vencido. Los problemas de fiscalización para octubre pueden convertirse en un fantasma posible.

 

Por suerte, no faltan dirigentes que están en el tramo final del duelo. La aceptación, indispensable para tomar un camino difícil, doloroso, pero realista. La aceptación exhibida por el flamante ministro Hernán Lacunza resultó notable. Mostró tranquilidad, dio a entender que considera irreversible el resultado electoral y –más allá de una formal, inevitable y débil expresión de confianza en la candidatura presidencial- aseguró a los ciudadanos que el futuro no habrá de ser rifado. Tal aceptación sólo merece aplausos. Incluso –también aquí- por razones de conveniencia. Los mercados huyen de quienes exhiben pérdida de sentido de realidad y no admiten lo que está sucediendo. La conciencia de quienes están a cargo saben lo que está ocurriendo aumenta las posibilidades de éxito. Sobre todo, cuando la tormenta amenaza arrancar de cuajo todo.

 

Lacunza sabe que su victoria es, apenas, evitar la catástrofe. En las peores condiciones, empezó muy bien. Ojalá lo entiendan. Y lo sigan.

 

Dejá un comentario