La cara amarga de la globalización

Las economías emergentes

21 de febrero, 2014

La cara amarga de la globalización

ué rápido han cam – biado las fortunas en las economías emergentes”, escribió el economista turco Dani Rodrik, profesor de Harvard y especialista en desarrollo económico en este tipo de países, en un artículo reciente. “Hace no tanto, eran festejadas como la salvación de la economía mundial: los dinámicos motores de crecimiento que mantendrían la economía andando cuando los de Estados Unidos y Europa comenzaran a fallar. Los economistas de Citigroup, McKinsey, Pricewaterhouse Coopers y otras agencias predecían una era de amplio y sostenido crecimiento económico desde Asia hasta Africa. Pero ahora los mercados emergentes están otra vez en la mala”.

Es obvio que, no todo lo que ocurría antes en los emergentes era positivo ni todo lo actual es negativo.

El punto de quiebre fue la decisión de la Reserva Federal de Estados Unidos de “prender la aspiradora”: comenzar a reducir el volumen del estímulo monetario, dándole lugar a una suba global del dólar y de las “tasas largas” de los bonos del Tesoro. Ese movimiento se asemeja al corrimiento de un velo que, por su propia inercia, genera problemas y, asimismo, muestra otros subyacentes. Rodrik: “La paliza que recibieron sus monedas cuando la Reserva Federal de Estados Unidos comenzó a ajustar su política monetaria es sólo el principio; parece que hay problemas profundos dondequiera que uno mire. La Argentina y Venezuela agotaron su reserva de trucos heterodoxos. En Brasil y la India ya no sirven los modelos de crecimiento actuales. Turquía y Tailandia están sumidas en crisis políticas derivadas de viejos conflictos internos latentes. En Africa, crece la inquietud por la falta de cambios estructurales e industrialización. Y en cuanto a China, todos se preguntan si su desaceleración económica será un aterrizaje suave o de emergencia”.

Rodrik se diferencia parcialmente de esta visión de consenso. Por un lado, comparte el diagnóstico pero, por el otro, no se sorprende del viraje en las percepciones de los emergentes. “No es la primera vez que los países en desarrollo padecen los cambios de humor abruptos de los mercados financieros internacionales. La sorpresa es que sea una sorpresa”. Sabía, como algunos otros, que los factores que impulsaban al mundo emergente eran transitorios y, eventualmente, volverían los vientos de frente. ¿O, acaso, su tasa de crecimiento iba a duplicar, o incluso triplicar, la de las economías maduras para siempre?

“El crecimiento de los mercados emergentes durante las últimas dos décadas se basó en un conjunto fortuito (y transitorio) de circunstancias externas: alto precio de las commodities, bajas tasas de interés y una provisión aparentemente inagotable de financiación extranjera. La mejora de las políticas macroeconómicas y de la gobernanza general también ayudó, pero estos son factores habilitadores del crecimiento, no disparadores del crecimiento”, explica. Estamos entrando en una nueva fase de la economía global y, tal como ocurriera a finales de los ’90 con la crisis asiática, los emergentes deberán rever lo que pasó en el mundo, lo que hicieron ellos y lo que deben hacer más adelante. Aquí, dice Rodrik, hay una asignatura interna pendiente y ya clásica: dejar de creer que los booms y las épocas de ‘plata dulce’ duran para siempre y aprovechar esas épocas (y esos fondos) para apuntalar la infraestructura social, la infraestructura, la I&D y financiar el cambio de la estructura productiva.

Pero, también, hay una advertencia y una amenaza, de carácter más global, influyente y, a la vez, difícil de solucionar: la integración financiera. “Hay un problema más difícil, y tiene relación con el exceso de financiación de la economía mundial que se ha producido desde los noventa del siglo pasado, y que ha generado problemas políticos (aumento de la desigualdad, mayor volatilidad, menos espacio de maniobra para manejar la economía real) que tendrán ocupados a los responsables políticos en las décadas que vienen”, dice y remata: “Es tiempo de pensar cómo puede hacer el mundo para crear un equilibrio más sano entre el sector financiero y la economía real”.

Como no debieron pecar de triunfalismo hace unos años, tampoco deben creer ahora que se viene una ola negativa imparable. Deberán seguir adaptándose a una globalización compleja y difícil de predecir. Emergentes, diría Ortega y Gasset, “a sus cosas”.