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Scioli para la resurrección

Scioli hoy no tiene más capital que la fortaleza interna de la ausencia de candidatos oficialistas mínimamente mostrables

En el país de los ciegos el tuerto es rey.
En el país de los ciegos el tuerto es rey.
Daniel Montoya 13 junio de 2022

Alberto Fernández no califica ni para la primera vuelta en 2023.

Más aún, tiene que ponerle muchas velas a San Joe Biden para aterrizar su avión ya destartalado a más de un año de la primaria presidencial.

Por otro lado, la candidata más competitiva del oficialismo puede hacer una pole position pero no resiste un balotaje, aún teniéndolo en frente a Darth Vader o al tristemente célebre Carlos Robledo Puch.

Aún reconociéndole la hinchada más fiel y el piso electoral más alto, Cristina Kirchner agotó todo el capital político que le quedaba en la jugada más desastrosa de su dilatada carrera pública.

Vale aclarar, la nominación sorpresiva del exjefe de Gabinete del matrimonio Kirchner fue el corolario de una larga lista de errores (¡mezclados con algunos aciertos eh!) donde sobresale la histórica resolución 125 pergeñada por Martín Lousteau y el desaguisado del armado electoral en la provincia de Buenos Aires en 2015.

En ese contexto, el oficialismo no ofrece presente pero, lo más peligroso en vísperas de un proceso electoral, tampoco futuro. En particular, un presidente con nulas chances de reelección con una vicepresidente y jefa política incapacitada tanto para reemplazarlo como para competir el año próximo, salvo en una disyuntiva estilo Carlos Menem 2003.

Piso alto, techo bajo, una combinación razonable para una modesta primera vuelta tendiente a retener un bloque propio de legisladores nacionales. Por cierto, un objetivo menor tanto para sus ínfulas de trascendencia histórica como para intentar seducir de nuevo al maltrecho peronismo.

En tal situación, a Cristina solo le queda el incentivo de defender la estratégica provincia de Buenos Aires el año próximo, aunque no teniendo que hacerlo desde un nominación presidencial sino como aspirante a senadora nacional en una remake de las legislativas 2017.

En principio. El proyecto de boleta única impulsado por el arco opositor podría afectar la performance electoral de los candidatos más reconocidos que, en una grilla repleta de partidos y candidatos, es previsible que pierdan el protagonismo que ostentan en las actuales boletas partidarias. Ausencia de figuras taquilleras, protagonismo diluido de las existentes. Un futuro cuesta arriba para el Frente de Todos.

¡En caso de emergencia rompa el vidrio! ¿Qué mejor voluntario para hacerlo que el exvicepresidente, gobernador, candidato presidencial y actual embajador Daniel Scioli? Siempre con fe y con esperanza, ¿pero con agua en la pileta como para tirarse un clavado? Para alguien que piensa que un problema es estar desangrándose en el río sin poder encontrar el brazo, está claro que siempre la hay y abundante, pero a semejante enfoque vitalista resulta necesario agregarle algunos cálculos políticos.

¿Cuán viable puede ser la figura del exmotonauta más allá de su flamante rol de ministro de Desarrollo Productivo? En primer término, la góndola de aquellos espantados por Cristina Kirchner y Mauricio Macri se la patinó completa Alberto Fernández. Es el nicho político que encontró en su momento el presidente actual: la sumatoria de los distanciados a prueba del kirchnerismo que se comieron la curva con el cuento del Alberto crítico y sus berrinches mediáticos contra Cristina y, por otra parte, aquella franja de votantes del ex jefe de Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires seducidos con el canto de sirena de un cambio que no llegó más que bajo el rostro del ajuste de tarifas y un vergonzante regreso al FMI.

En tal sentido, es previsible que la próxima elección represente una gran novedad: el fin de ciclo del voto pavor respecto de las dos principales figuras políticas de los últimos quince años. Ojo, ello no significa que el pánico deje de ser un motor del voto sino que el fracaso cruzado de ambas coaliciones políticas dejó la mesa servida para que el próximo ejercicio electoral sea más inspirado por el color esperanza de Diego Torres que por el cuco a los dos líderes políticos en proceso de remisión a sus núcleos duros ruidosos pero pequeños al fin.

Extinguida esa fuente electoral, Scioli hoy no tiene más capital que la fortaleza interna de la ausencia de candidatos oficialistas mínimamente mostrables. En el país de los ciegos el tuerto es rey. Pero ello resulta más que insuficiente con relación a una oposición con figuras taquilleras como Horacio Rodríguez Larreta, Facundo Manes, Patricia Bullrich e, inclusive, uno 99% incierto como Javier Milei.

La resurrección posible

Para una fuerza política tan floja de legitimidad como el Frente de Todos residual, el milagroso camino de renacimiento posible no tiene mucho misterio. Tiene que ver con una receta como la que ensaya a menudo Sergio Massa a través de chivos mediáticos alevosos dónde posiciona un póker de referentes técnico-políticos para desembarcar en áreas clave del Estado con el potencial de sacar a este Gobierno de la agonía.

Sin perjuicio de los nombres propios que seguro el actual presidente de la Cámara de Diputados revisaría en clave grouchomarxista (“si no les gustan estos nombres, tengo otros”), la prescripción política es nítida. Sin un timonazo hacia algún lugar que no sea la presente tierra de nadie, tanto los girones de la coalición como el poco desgobierno que queda van derecho al primer gran naufragio del peronismo pos 1983.

Peor aún, Alberto Fernández se gastó el cartucho del recambio del jefe de Gabinete con el prometedor ingreso del gobernador más potente de la liga del Norte, que se desdibujó rápido al calor de anodinas reuniones mañaneras con un único resultado demostrable: sacar de la cama a los ministros ambeños en el formato de la tempranera vida de la Argentina profunda.

En ese marco, si Scioli va por el prodigio de ver su rostro en el ticket presidencial 2023, con una mínima competitividad distante de aquella de 2015, no le queda otra que poner el Engendro de Todos patas para arriba, hacerlo funcionar, una verdadera contradicción en sus términos.

Desde una modesta butaca como el ministerio de Desarrollo Productivo ello es imposible. ¿Desembarcará Scioli en el Gobierno con un nuevo libreto que no le esquive al bulto del necesario golpe interno que es necesario producir? ¿Se quedará esperando al estilo de Alberto Fernández a ver cómo reacciona el Instituto Patria y buscando agradar a tirios y troyanos? ¿Va Scioli derecho a un choque de trenes con su archirrival Massa o a un proceso de caliente competencia colaborativa guiado por el adagio del “Chueco” Mazzón, in memoriam, “peor que la traición es el llano” que tiene por delante casi todo el peronismo no importa el pelaje? Y, por último, el interrogante más importante de todos, ¿comprenderá Scioli que hoy el tema central no pasa por desestresar ni aliviar grieta alguna sino en lograr que este Gobierno además de hacer un gasoducto le devuelva un horizonte político al país?

Una verdadera misión imposible que, hasta ahora, el único que demostró resolverla es Tom Cruise.

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