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Milei contra las mujeres

Ante una base electoral socialmente heterogénea y con una débil identificación partidaria, la confrontación es utilizada como un elemento aglutinador.

La comunicación oficialista inventó un nuevo enemigo.
La comunicación oficialista inventó un nuevo enemigo.
Santiago Alles 25 marzo de 2024

Los hombres han sido desde un inicio la base electoral de Javier Milei. A lo largo del año pasado, las encuestas anteriores a la primera vuelta mostraban en forma consistente la composición desproporcionadamente masculina del voto de extrema derecha. 

Las fotos de los encuentros de militantes y de los actos de campaña devolvían con regularidad la misma imagen: muchos jóvenes, casi todos varones. En aquel momento algunos analistas resaltaron el fenómeno. Sin embargo, el apoyo de Juntos por el Cambio en la segunda vuelta acercó el voto de numerosas mujeres y borró mayormente esa brecha. El rechazo entre las mujeres atrajo entonces algo de atención, posiblemente menos de la que debía, y luego perdió visibilidad.

Desde un ángulo discursivo, voces lúcidas en el feminismo llamaron la atención sobre el modo en que La Libertad Avanza buscaba activar a su base electoral por medio de un mensaje sexista, articulado alrededor de la tesis del reemplazo: "Las mujeres te están cagando." En una economía que arrastra una década de estancamiento, el mensaje ofrecía culpables a las dificultades que muchos encuentran para insertarse en el mercado laboral y satisfacer aspiraciones materiales básicas. El mensaje decía que el trabajo que querías se lo habían dado a alguien sin merito, sólo por ser mujer. Las mujeres, y muy especialmente el feminismo, eran parte de esa casta privilegiada, y los hombres estaban siendo injustamente perjudicados.

El "sexismo moderno", de acuerdo a la noción de Janet Swim, no consiste en una reivindicación de roles tradicionales, sino en el rechazo a atribuir las desigualdades de género a obstáculos estructurales. Si existieran desigualdades entre hombres y mujeres, ellas son el resultado de malas decisiones individuales de las mujeres. Esta es la dirección adoptada por la extrema derecha en su ascenso reciente. Tanto en Argentina como en otros países, la reacción anti-feminista se organiza entonces alrededor de tres ejes: negar la existencia de discriminación, ridiculizar las demandas de las mujeres, y rechazar toda intervención correctiva.

Ahora bien, ¿qué tan hondo ha calado este discurso sexista entre los votantes argentinos, y en particular en la base electoral de La Libertad Avanza? Para responder esta pregunta, durante la primera mitad de 2023, por medio de la Encuesta de Satisfacción Política y Opinión Pública (ESPOP) de la Universidad de San Andrés, se relevaron las actitudes de los votantes en temas de género. 

A partir de encuestas a 2.000 adultos de 18 años y más, se consultó a los entrevistados por su grado de acuerdo con una serie de afirmaciones; cada una de ellas fue diseñada para capturar diferentes dimensiones del sexismo moderno. 

Diferencias en el diagnóstico

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En primer lugar, la encuesta preguntó a los entrevistados por su reconocimiento de la existencia de desigualdades. En este terreno, durante los debates presidenciales, refiriéndose en particular al mercado laboral, Milei negó explícitamente la desigualdad: "Si las mujeres ganaran menos que los hombres, las empresas estarían llenas de empleadas."

Toda la evidencia empírica conocida sobre el mercado laboral indica lo contrario. No obstante, entre los votantes, las creencias sobre la desigualdad están organizada sobre alineamientos partidarios. Los votantes de partidos de derecha en general no reconocen la existencia de desigualdades entre hombres y mujeres, y esto es especialmente cierto en la extrema derecha. 

El desacuerdo con el diagnóstico es dominante entre votantes de La Libertad Avanza: 51,6% versus 18,8%. Entre votantes de Juntos por el Cambio, en cambio, las posiciones se dividen en tercios: 34% acuerdan, 33,6% desacuerdan y el resto no está ni de acuerdo ni en desacuerdo.

Diferencias sobre las acciones correctivas

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En segundo lugar, el rechazo del diagnóstico se extiende a un rechazo de medidas correctivas. En este terreno se destacan las leyes de cuotas y paridad; de acuerdo con sus críticos, estas normas no son más que favores que violan el mérito necesario para ocupar cargos. No obstante, las acciones públicas comprenden un abanico más extenso de campañas gubernamentales dirigidas a reducir la desigualdad de género. 

Tales campañas oficiales han sido objeto de intensos ataques, describiéndolas como gastos fiscales superfluos, cuando no directamente frívolos. 

Milei describió literalmente como "un curro" a las áreas gubernamentales encargadas de conducir estos programas.

Las posiciones hacia la adopción de medidas correctivas están también organizadas a lo largo de los alineamientos partidarios. Los votantes de derecha son fuertemente críticos de este tipo de acciones, ya sean campañas contra la discriminación o reglas paritarias para el acceso a cargos políticos. Los votantes de La Libertad Avanza ven predominantemente a las campañas contra la discriminación como gastos innecesarios (46,2%-22,2%) y a las reglas paritarias como meros privilegios (47,5%-22,8%). En este terreno no se observan diferencias de consideración respecto a los votantes de Juntos por el Cambio.

Diferencias en la valoración

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En tercer lugar, el rechazo de acciones correctivas manifiesta el desinterés por la inclusión de mujeres en posiciones gubernamentales. Los alineamientos partidarios, una vez más, articulan las actitudes de los votantes hacia la inclusión. Los votantes de derecha dan significativa menor importancia a la inclusión de mujeres en posiciones políticas, y esto es especialmente pronunciado en la extrema derecha. Mientras los votantes de Juntos por el Cambio se encuentran divididos frente al tema (30,5%-29,3%), los votantes de La Libertad Avanza están mayormente en desacuerdo con que un gobierno en el que las mujeres ocupan la mitad de los cargos sea uno más democrático (36,5%-28,4%-).

La política de la batalla cultural

En resumidas cuentas, la evidencia muestra pronunciadas diferencias en las actitudes entre los votantes de diferentes partidos. Los votantes de derecha son escépticos de la existencia de desigualdades entre hombres y mujeres, y consecuentemente, no creen que deban realizarse intervenciones correctivas. Si tales desigualdades efectivamente existieran, las mujeres deben buscar el modo de cambiar su destino individualmente, en lugar de esperar intervenciones públicas correctivas. Más aún, sólo una minoría de los votantes de derecha cree que la inclusión de mujeres sea esencial a la democracia. 

El predominio de estas posturas en la base electoral del gobierno explica el modo en que ha activado una agenda abiertamente confrontativa. La degradación del Ministerio de las Mujeres, la explícita intención criminalizar el aborto, la omisión de las mujeres entre los héroes nacionales, la prohibición del lenguaje inclusivo o la ridiculización de programas de salud sexual son provocaciones deliberadas dirigidas a los votantes opositores, entre quienes las preocupaciones por la desigualdad de género son predominantes. 

Entre los votantes del gobierno, en cambio, esas provocaciones difícilmente tengan un efecto negativo. 

Ante una base electoral socialmente heterogénea y con una débil identificación partidaria, la confrontación es utilizada como un elemento aglutinador. Más aun, esa provocación posiblemente contribuya a satisfacer simbólicamente a una base a la que no tienen ninguna mejora material que ofrecer.

A medida que pasen las semanas, si la economía continúa sin dar respuestas, las batallas culturales posiblemente sean cada vez más frecuentes e intensas.

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