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Fragmento de "Está entre nosotros. ¿De dónde sale y hasta dónde puede llegar la extrema derecha que no vimos venir?"

"En 2023 la extrema derecha ganó el balotaje y logró lo impensado: llegar al gobierno en el país del Nunca Más", dice el libro.

"Tendíamos a pensar que la Argentina estaba blindada contra los outsiders", dice el libro.
"Tendíamos a pensar que la Argentina estaba blindada contra los outsiders", dice el libro. EE
30 noviembre de 2023

"Está entre nosotros. ¿De dónde sale y hasta dónde puede llegar la extrema derecha que no vimos venir?", es una investigación colectiva, publicada por Siglo XXI, e indaga en el surgimiento (para algunos, sorpresivo; para otros, no tanto) y la consolidación electoral de La Libertad Avanza (LLA).

Aportan al libro Ernesto Semán, Sergio Morresi, Martín Vicente, Melina Vázquez, Ezequiel Saferstein y Nicolás Welschinger.

La sinopsis del libro:

En 2023 la extrema derecha ganó el balotaje y logró lo impensado: llegar al gobierno en el país del Nunca Más. Hasta entonces, tendíamos a pensar que la Argentina estaba blindada contra los outsiders, porque la memoria de la transición democrática y la disputa entre el peronismo y la centroderecha si bien alimentaba una grieta exasperante que hacía imposible gobernar funcionaban como cerco sanitario. 

¿Qué pasó? ¿De dónde salió esta derecha radicalizada que corrió el margen de lo decible y que interpela transversalmente a la sociedad, más allá de que sus militantes hayan sido, al comienzo, solo varones jóvenes? 

Los autores de este libro, que desde 2019 investigan el crecimiento de los grupos libertarios, buscan captar sus particularidades sin condescendencia y sin etiquetarlos como un fenómeno exótico. A partir de un trabajo de campo que no salió a buscar libertarios sino que los encontró y supo escucharlos, en este libro se explican sus vasos comunicantes con las derechas tradicionales, así como su cuota de novedad: sostienen posiciones antiestatistas y anticasta, pero no son gorilas y se identifican con una pulsión plebeya, masiva y popular, que los lleva a disputar la batalla cultural contra lo que sienten como una hegemonía progresista mentirosa. 

Si Javier Milei saltó de los márgenes al centro, fue porque logró hablar el lenguaje de vastos sectores sociales que mientras la pandemia, la inflación y el internismo descarnado de la clase política los dejaban a la intemperie se hacían cargo de sí mismos, como cuentapropistas o trabajadores informales, esforzándose por salir adelante frente a la ausencia o discrecionalidad del Estado. 

A contrapelo de las reacciones de huida o negación, este libro es un llamado a la realidad: no se trata de clasificar a la derecha como quien completa un casillero de categorías zoológicas (fascista, autoritaria, etc.), sino de entender qué demandas, experiencias y sensibilidades heterogéneas la atraviesan, y qué responsabilidad le cabe a la política democrática si no quiere aislarse de la sociedad.

A continuación, un fragmento de la introducción, escrita por Pablo Semán: "Seis determinaciones en busca de entender la construcción libertaria"

Veamos someramente cuáles son las condiciones sociales e históricas más inmediatas en las que se ha fraguado el proceso político en que se inscribió la candidatura de Javier Milei y la emergencia de LLA. 

En primer lugar, es necesario señalar condiciones socioeconómicas que han modificado profundamente la estructura y la dinámica social. El Rodrigazo en 1975, la crisis hiperinflacionaria de 1989, la bancarrota de 2001 y los años acumulados de estancamiento e inflación desde 2012 son apenas algunos hitos de un recorrido complejo y desalentador. El aumento de los picos de pobreza con reflujos transitorios hacia pisos cada vez más altos, el estancamiento y el decrecimiento del PBI per cápita salvo algunos años excepcionales, y las posiciones ocupacionales y sociales amenazadas por los cambios tecnológicos han provocado la informalidad e intermitencia del trabajo, el empobrecimiento de las clases medias y el engrosamiento de las camadas de asalariados pobres, incluso a pesar de estar, muchas veces, pluriempleados. 

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Si bien hay contrapesos a esa visión que identifica la evolución sociodemográfica con un plano inclinado, no es menos cierto que, como señala Pablo Gerchunoff, el amargo balance es el resultado nítido de cinco décadas en las que la Argentina no ha encontrado un modelo productivo capaz de sustituir al que estalló, luego de años de decadencia, en 1975, y sufrió demoliciones sucesivas en espasmos periódicos. En ese mismo encadenamiento se inscribe el proceso de desvalorización de la moneda nacional que ha llevado a repetidos cambios de signo monetario y finalmente a la crítica social al peso argentino. Este cuestionamiento no atañe solo a la economía, sino también al Estado, a la política y a los correlativos arreglos sociales en que conviven Estado, sociedad y mercado. Por eso, como afirma Ariel Wilkis al describir la actual popularidad de las ideas sobre la dolarización, esta puede ser entendida como el aspecto monetario del repudio a la llamada "casta", al régimen social populista y al Estado que en su crisis emite una moneda sin valor. 

En segundo lugar, no puede dejar de subrayarse el papel de las distintas modalidades de interacción digital, que han creado una alternativa a los sistemas tradicionales de comunicación política, sea a la relación cara a cara como al vínculo con la dirigencia a través de los medios masivos de comunicación. Las redes sociales han permitido modos de acción y de creación de sujetos políticos que primero operaron de forma autónoma o relativamente autónoma respecto de los medios de comunicación y de otras estructuras sociales, pero luego se incorporaron a un complejo ecosistema en el que redes, medios y otros circuitos de mediación política producen una configuración históricamente inusitada. En la actualidad, se trata menos de ver cómo las nuevas derechas se originan en un activismo nerd que de entender que ya no hay oposiciones entre lo virtual y lo real, y que todo lo que ese activismo produjo y aún produce ha decantado en las dinámicas políticas que describimos en estas páginas. Esas dinámicas son híbridas, dado que reorganizan en lazos y puentes lo que aparecía dividido en los compartimentos estancos del activismo digital y la militancia (algo que además venía sucediendo con agrupaciones políticas de distinto signo desde hace por lo menos una década). 

En tercer lugar, y en estrecha relación con las transformaciones ya mencionadas, mutó el vínculo entre el Estado y la sociedad. Todo sucede como si el alcance del Estado -más allá de las competencias de los gobernantes e incluso de sus orientaciones- hubiese disminuido de forma tal que cala en la sociedad de una manera mucho menos profunda y directiva que la que conocimos o creímos efectiva durante buena parte del siglo XX. El Estado no solo dejó de ser el agente indiscutible del desarrollo económico y social: sus acciones son objeto de una controversia constante y padece la erosión de lo que podríamos llamar su autoridad cognitiva o, si se quiere, su poder simbólico (algo que se reveló y al mismo tiempo se profundizó durante la pandemia). 

Explotó Javier Milei en Twitter con acusaciones contra varios dirigentes políticos y los medios de comunicación.
 

En cuarto lugar, si bien la decepción, la desesperanza y la crítica de los ciudadanos (votantes o no) a los distintos partidos políticos son generalizadas, se advierte un cuestionamiento más marcado al peronismo. Este no nace solo de "las mismas críticas gorilas de siempre", sino también de la experiencia de veinte años durante los cuales el kirchnerismo ha hecho surgir -tanto en la base social del peronismo que sobrevivió a la crisis de 2001 como en la que amplió en sus gestiones entre 2003 y 2015- distancias, desconocimientos, reproches y ajenidades sísmicas para el propio movimiento. Si durante el menemismo hubo corrientes o camadas de trabajadores antiperonistas, puede observarse hoy en las clases medias bajas, en distintos sectores de trabajadores y en las juventudes, en capas de las que el peronismo había creído ser el representante exclusivo, un antiperonismo que es clave en la crítica social de la política. "Que se vayan todos pero también que se vayan estos", como lo demuestran las encuestas que, desde 2015 y salvo el período en que se dirimió la elección de 2019, relevan y revelan respecto del peronismo y/o de sus principales banderas de las últimas décadas una gama de reacciones entre el desapego, la distancia y una hostilidad que se distribuye en el cuestionamiento general a "la casta".

 La presencia de lo que se descubre tardíamente como individualismo es una quinta determinación. El impulso individualista existe desde hace mucho tiempo y en todas las clases sociales, aunque no de la forma demonizada que señalan sus detractores o de la forma idealizada que anhelan sus apologistas. Las ansias de desarrollo interior, realización y superación personal, la idea de autonomía -encarnada en afirmaciones como "a mí no me vas a decir lo que tengo que hacer" o "a mí nadie me regaló nada", o en la necesidad de expresarse con libertad, desplegar las propias potencialidades, asegurarse perspectivas de futuro e incluso autopercibirse y tratarse a uno mismo como unidad económica a optimizar- configura un vasto campo de nociones sobre los sujetos que son legítimas y prácticas en la vida cotidiana. Y eso no quiere decir que esas inquietudes no convivan con lazos u orientaciones más amplias. Entre estos lazos están obviamente los familiares, las amistades, pero también, con frecuencia, la pertenencia a distinto tipo de organizaciones, lo que configura una realidad compleja, por fuera del punto de vista esquemático que solo reconoce las formas extremas del individualismo o su antónimo, el comunitarismo. Buscamos representación política, contención estatal, libertad de trabajo y consumo al mismo tiempo en tanto individuos, parte de un colectivo político o social, miembros de una familia y ciudadanos. Ese individualismo realmente existente es también el resultado de las transformaciones sociales que pusieron al mercado en el centro, y de las transformaciones culturales que potenciaron el valor de la subjetividad y su singularidad (donde hay un individuo, hay infinitos derechos y reclamos). Para la tradición nacional popular existe una tensión irresoluble entre el hecho de que en la vida social cada uno se salva en una complejidad de lazos, y el dogma político "nadie se salva solo". Esta tensión no se diluye con facilidad por el llamamiento borrosa e incomprensiblemente comunitarista de expresiones como "la patria es el otro" ni por el pretendidamente aggiornado "la patria sos vos", o por la convocatoria a una solidaridad que por un lado presupone comunidades romantizadas (en los hechos, atravesadas por diversos individualismos) y, por el otro, se revela hipócrita para actores que desde hace años perciben injusticias en las políticas de subsidio, irresponsabilidad en el manejo del dinero público, actos de corrupción y un internismo feroz que hace naufragar el relato voluntarista de reciprocidad fraterna y humildad. 

La pandemia constituye una sexta determinación. Todo lo ocurrido a partir de marzo de 2020, desde los confinamientos hasta la foto del presidente Alberto Fernández en una fiesta de cumpleaños en Olivos, pasando por las muertes y la pérdida de ingresos, trabajo, ahorros y patrimonio, ha sido insuficientemente estimado en su carácter de vector de lo que hoy se observa como exasperación generalizada. La sociedad percibió la inconsistencia en la política de cuidados, que se convirtió en materia de controversia con cierres y aperturas contradictorios y superpuestos (playas y escuelas, o ceremonias fúnebres que en unos casos no contaban con autorización y en otros se organizaban como un acontecimiento masivo), sin contar el efecto destructivo de las vacunaciones VIP. Es que, más acá de estos últimos sucesos a todas luces cuestionables, la pandemia ha sido corrosiva de la vida política: la especificidad del virus, en cuanto a su grado de letalidad y su dinámica inicialmente contraintuitiva de contagio e incubación, habilitó interminables polémicas y permitió el desafío a los puntos de vista estatales. Cualquier iniciativa ponía en cuestión la autoridad, incluso sin necesidad de que se verificaran, como además sucedió, desempeños lamentables que empeoraron la situación. Cada decisión del Estado -abrir o cerrar, determinar qué vacuna era pertinente, asignar prioridades en la vacunación, establecer un número de dosis mínimas- abrió una brecha entre ciudadanos e instituciones y contribuyó a debilitar ese lazo. 

En octubre, Milei obtuvo cerca de 42% de los votos en Mendoza y Massa quedó muy lejos, en la zona de 23%
 

Llegados a este punto, podemos anudar todas las determinaciones. La pandemia amplificó la escena del desencuentro entre el Estado -observado y discutido en su capacidad de cuidado y de daño- y la sociedad -expuesta a una situación límite-. Las transformaciones económicas, con su carga de padecimientos e inseguridades en la población, se vieron potenciadas por nuevas mediaciones de la conciencia y la subjetividad política. Esto dio lugar a un movimiento de desafección, hostilidad e incomodidad respecto del Estado y de los partidos políticos, que al mismo tiempo, son una de las encarnaciones del Estado y una polea de transmisión entre este y la sociedad civil. 

El largo, el mediano y el corto plazo de la historia argentina convergen hoy en una crisis que afecta la constitución misma de la sociedad. Sin golpe de Estado ni ruptura de la Constitución formal, asistimos a un potencial horizonte de exclusiones amplias y consensuales en un entorno de ejercicio más o menos legal de las posibilidades democráticas que, tal vez, se vean estrechadas. Precisemos la idea de qué cambia cuando cambia la Constitución, siguiendo la lectura de Bruce Ackerman que propone Martín Plot: 

Un régimen político-­constitucional no es la relación especular entre un texto o conjunto de textos y su aplicación lineal a la realidad política o jurídica, sino una matriz de sentido que logra consolidarse en el tiempo, un entramado de prácticas, instituciones, sentencias judiciales, piezas legislativas, decisiones presidenciales y discursos sociales aceptables o inaceptables que domina la vida política, y que lo hace, usualmente, durante varias generaciones (­Plot, 2020: 12). 

Así, es la Constitución realmente existente lo que está en proceso de cambio en esta coyuntura en la que una especie de 2001 electoral habilita un programa de reforma, ajuste y desregulación que se insinúa parecido al de 1989 aunque en condiciones muy diferentes: como no hay mayor patrimonio para privatizar, iniciativas como la dolarización, la redefinición reductiva y radical del Estado y la mercantilización de lo público están a la orden del día. Tampoco parece ajena al espíritu de los tiempos y los sujetos políticos en alza la reivindicación de las dinámicas represivas y su utilización como recurso político, la apelación a formas plebiscitarias de legitimación y resolución de diferencias y la descalificación en bloque de categorías sociales y políticas señaladas como enemigas o directamente demonizadas. Si bien no es imposible encontrar antecedentes de esto en fuerzas de signo contrario que gozaron de prevalencia durante los últimos veinte años, no puede dejar de registrarse que el salto cualitativo de las prácticas antipluralistas y antiliberales es una promesa de las fuerzas de extrema derecha en la actual coyuntura.

 

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