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El sistema partidario argentino: ¿quo vadis?

El éxito electoral de Javier Milei podría llevar a una gran reconfiguración del sistema de partidos, la primera en décadas.

El presidente Javier Milei.
El presidente Javier Milei.
Juan Negri 25 marzo de 2024

El escenario político argentino se enfrenta en varias dimensiones hacia algo desconocido. Me atrevo a afirmar aquí que el éxito electoral de Javier Milei podría llevar a una gran reconfiguración del sistema de partidos, la primera en décadas. En efecto, una de las peculiaridades del sistema político argentino desde 1983 hasta nuestros días fue la combinación de inestabilidad política significativa pero sin realineamientos estructurales del electorado.

Así, si bien hubo cambios de etiquetas partidarias, aparición de terceras fuerzas esporádicas, erosión de identidades, debilitamiento organizativo de los partidos y surgimiento de liderazgos mediáticos, las afinidades siguieron configuradas desde mediados de la década del cuarenta en un eje peronismo/antiperonismo, con pocas y efímeras excepciones. Este eje se mostró independiente al eje izquierda-derecha. El peronismo podía oscilar entre candidatos socialdemócratas o laboristas o (neo)liberales pero, con la posible excepción de las clases altas votando por Menem en 1995, hubo pocos realineamientos electorales significativos.

Las clases medias urbanas eran el soporte electoral del eje no-peronista, mientras que los sectores populares y trabajadores y las provincias menos desarrolladas eran el bastión del peronismo. Frente a la erosión del caudal electoral de la Unión Cívica Radical y la dificultad de construir organizaciones partidarias en la era de los medios de comunicación, los votantes no peronistas fluctuaron en etiquetas efímeras organizadas en torno a liderazgos visibles pero de baja organización y disminuido alcance electoral que no podían hacerle frente a la dominancia de los frentes electorales organizados en torno al peronismo. Pero su perfil socioeconómico era similar. 

Esta situación, que Juan Carlos Torre describió como de "orfandad" de los votantes no peronistas, se "normaliza" cuando se crea Cambiemos en 2015, que unifica el voto no peronista en una alternativa nacional y competitiva. En un contexto regional de implosión de los sistemas de partidos institucionalizados, la Argentina era la anomalía política y re-estructuró la competencia partidaria en el eje peronismo-no peronismo. 

Los sucesivos fracasos de gestión y el deterioro económico, sin embargo, hicieron volar por los aires esa fórmula política. Hoy el sistema político muestra elementos que sugieren que estamos frente a algo nuevo. El triunfo contundente de La Libertad Avanza generó la posibilidad de fracturas en los dos partidos importantes. 

Por el lado de Juntos por el Cambio, la aparición de Javier Milei le quitó apoyo. Frente a esa situación surgió la disyuntiva entre ser oficialismo u oposición, que aún carcome a la coalición y que la está haciendo implosionar. Los sectores "socialdemócratas" abandonarán JxC pero no parecen tener un futuro en el escenario hiperpolarizado que se está configurando.

Los halcones parecen estar dispuestos a desperfilar al viejo Pro y generar una nueva coalición de derecha con LLA en la que, si le va bien, Milei será el jefe. El ex presidente Macri sueña con que las dificultades de la gestión resultará en él en algún rol central. De cualquier manera, el resultado parece ser un gran frente de derecha más corrido hacia el extremo, sin lugar para las sensibilidades obamistas que encontraron(mos) cobijo en JxC. 

Por su parte, el PJ parece haber perdido su anclaje abrumador en los sectores populares. Los votantes jóvenes de padres peronistas cometieron, en el mejor sentido freudiano, un parricidio y votaron por un candidato que abiertamente puso en tela de juicio alguna de las máximas que organizaban la política argentina, como el "Estado presente" o la necesidad de la ayuda social. A su vez, el otrora robusto partido que organizaba la coalición de provincias periféricas hoy muestra un mosaico abigarrado que combina algunos peronistas puros con identidades peronistas provinciales que, frente a la acefalía peronista, muestran bajos niveles de coordinación.

Al sempiterno "peronismo cordobés" (a veces muy parecido a versiones no peronistas) se suman las versiones vernáculas salteñas, santacruceñas o misioneras, con distintos niveles de peronismo en sangre. El peronismo parece dirigirse hacia lo que la familia no peronista vivió en los noventa y dos mil: fragmentación. Por supuesto, la capacidad de regenerar un liderazgo podría encauzar las identidades dispersas, pero la acefalía y el desprestigio del partido luego de la experiencia fallida del Frente de Todos podría ser más permanente de lo que muchos suponen. En este sentido, el triunfo de Javier Milei en provincias tradicionalmente peronistas es uno de los hechos políticos fundamentales de la elección de 2023. 

Si todo esto es correcto, el escenario que finalmente se obtenga dependerá fundamentalmente de la evolución del gobierno de Milei. Un Milei exitoso reconfigurará a la derecha y se adueñará de ella, como hicieron Jair Bolsonaro y Donald Trump, e incluso puede mantener en su coalición a los segmentos jóvenes de sectores populares que lo votaron en 2023. Con algo de habilidad política, un Milei exitoso podría cimentar una coalición que incluya también sectores de derecha de un peronismo acéfalo. Enfrente tendría a un peronismo de carácter centroizquierdista que hoy es la única oposición sólida a Milei, con poco lugar para un centro moderado. De este modo, estaríamos frente a la primera vez en mucho tiempo que la política se ordena en el eje izquierda/derecha. 

Por el contrario, un fracaso de Milei hará implosionar a esa derecha y forzaría al peronismo a buscar reordenar un liderazgo ante la necesidad de ocupar ese espacio. En ese contexto crítico, sin embargo, el golpe a la política sería letal, y la Argentina entraría en la dinámica similar a la peruana de implosión partidaria. 

En cualquier caso, el sistema de partidos como lo conocemos ya no será el mismo. 

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