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El dilema de Massa: mejor pájaro en mano que cien Camaños volando

El Frente Renovador dirime qué lugar tendrá en el sistema político.

03-06-2019
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Por Daniel Montoya  Analista y Gonzalo Fernández Guasp Analista Político

“Sergio, ¿querés saber lo que es real? Estos espacios de poder son reales?”. La reelaboración de ese diálogo de ficción entre el premio Nobel de economía John Nash y su esposa en el film “Una Mente Brillante”, podría ser el tono, igualmente imaginario, de la conversación entre Cristina Kirchner, ahora Fernández a secas, y el líder del Frente Renovador Sergio Massa. Tanto observadores como actores de la escena política, están pendientes de lo que hará el líder del Frente Renovador, con respecto a su candidatura. Más allá de la decisión que tome, podemos especular acerca de cuál sería su jugada más conveniente, mediante un simple modelo de teoría de juegos.

Esta rama de la matemática aplicada encontró su auge de la mano de la estrategia militar en el contexto de la Guerra Fría y como producto de la obra de científicos de la talla del prolífico John Von Neumann y John Nash, caracterizado por Russell Crowe en aquella película biográfica citada al inicio de la columna. Su objetivo principal, es el de acercarnos a la acción que otorgaría a los agentes en cuestión, el mayor nivel de satisfacción posible teniendo en cuenta los incentivos dados.

La posibilidad de que Massa pueda presentarse como candidato único del principal frente opositor está descartada.

En nuestro modelo vemos a dos políticos, Sergio Massa y Alberto Fernández, que deben decidir si presentarse haciendo uso del mismo sello partidario o no. En el primer caso, ambos compartirían el mismo frente, lo que los llevaría a dirimir la situación en una interna. En el segundo y tercero, serían los candidatos únicos del partido en cuestión mientras que, en el cuarto, ninguno de los dos se presentaría. Ahora bien, ¿cuáles son sus incentivos para cada escenario? Desde la perspectiva egoísta de los agentes, ambos tienen más motivos para presentarse en soledad que para competir en una interna, ya que esto aumentaría sus posibilidades de ganar la elección y de quedarse con todo. Pero viendo la situación a nivel del grupo se observa que, de compartir frente, ambos tendrían idénticas posibilidades de recibir la misma cantidad de beneficios que obtendrían siendo candidatos únicos, a la vez que verían garantizada su participación electoral. Con esta simplificación vemos que la opción de la unidad debería imponerse por representar el equilibrio del sistema.

Ahora, la realidad es otra y las complejidades abundan. En esta, la posibilidad de que Sergio Massa pueda presentarse como candidato único del principal frente opositor está descartada, mientras que su participación en una PASO con Alberto Fernández es algo poco probable. Así, el óptimo del juego pasa a estar, prácticamente, fuera de consideración, quedando él relegado a un lugar incómodo que explica su ambigüedad política y retórica.

Para bien o para mal, existen matices entre sus dos opciones restantes: la de no presentarse dentro del frente mencionado, o la de participar por fuera. Mientras que la segunda llevaría a que gran parte de su estructura partidaria se viera incapaz de renovar mandatos en distintas jurisdicciones, lo que desencadenaría tensiones (como las que surgieron en el congreso del Frente Renovador en Parque Norte) y posibles transfuguismos en un marco político en el que las avenidas del medio son cada vez más angostas; la primera lo habilitaría a negociar, a cambio del renunciamiento de su candidatura, no pocos lugares en las listas legislativas y las de los municipios en los que tiene presencia territorial. Sería lo más parecido al óptimo del modelo desarrollado.

Sin embargo, debe tenerse en cuenta que esto último no equivale a la victoria ni implica el desplazamiento completo de los votos de un candidato hacia otro. Dando por válido el arriesgado supuesto de que una parte del electorado estaría dispuesto a votar por quien le ordene su principal referente y que estos representan demandas similares, el mecanismo por el cual se transmitirían los votos sería por la vía de la restricción de la oferta electoral y, de todas formas e incluso en el mejor de los casos, esta transferencia se daría de forma asimétrica. Es decir, beneficiaría también a otros partidos. Aunque los alquimistas electorales lo olviden: nadie es dueño de los votos. Pero eso, se verá más adelante. Es la hora de la realidad, Sergio. Mejor pájaro en mano que cien Gracielas Camaños volando.

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