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Nuevamente, la UE no tiene una identidad en la pugna global

La Unión Europea, incapaz de salir de su posición subalterna ante lo que pide EE.UU., es la que más tiene que perder en el conflicto ucraniano

Nuevamente, la UE no tiene una identidad en la pugna global
Nuevamente, la UE no tiene una identidad en la pugna global
Franco Marinone Franco Marinone 22-02-2022
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Estados Unidos y Rusia se encuentran enzarzados en una complicada partida de ajedrez que utiliza como tablero a Europa. La Unión Europea lejos de desplegar una política exterior cohesionada e independiente, vuelve a mostrar sus deficiencias en el juego de la política internacional, no logrando salir de la lógica donde los intereses de Estados Unidos marcan su agenda, y le conduce a posiciones que no necesariamente le beneficia.

La UE incapaz de salir de su posición subalterna es la que más tiene que perder en el conflicto ucraniano, y su falta de independencia la aleja de una más que deseable política de vecindad sana y fructífera con Rusia. 

Para entender el conflicto que se vive en Ucrania tenemos que remontarnos al final de la Guerra Fría, cuando el secretario de estado norteamericano James Baker prometió al presidente de la ya extinta URSS, Mijaíl Gorbachov, que ni la jurisdicción ni las tropas de la OTAN se extenderían a territorios situados al este de Europa. El pacto nunca se realizó de manera formal, lo que fue más que suficiente para que la OTAN decidiera realizar cinco expansiones desde aquel momento, anexionando 14 países del centro y este de Europa, siendo Ucrania la última candidata. 

Ucrania representa para Rusia el último colchón estratégico frente al avance de Occidente, y es por ello que el Gobierno ruso ha exigido, para evitar un conflicto armado, el cese de un calificado por Vladimir Putin como “inaceptable” mayor desplazamiento de la OTAN hacia el este. A su vez, ha pedido que se restablezca el tratado sobre las armas nucleares de rango intermedio, del que Estados Unidos salió de forma unilateral, y que se abra un diálogo en materia de seguridad. 

Estados Unidos por su parte ha apelado a la soberanía de Ucrania para decidir sobre su futuro en todos los ámbitos, incluido el de seguridad. Hablar de la soberanía de un país cuando se puede utilizar para colocar misiles a las puerta de una gran potencia, nos remite más a un discurso cómico que real, y solo hace falta recordar lo que sucedió con la “Crisis de los Misiles” de Cuba. 

Pero la cuestión clave, como sucede habitualmente, se encuentra en el plano económico. Ucrania representa la puerta del gas a Europa, ya que 80% del gas exportado de Rusia a la UE pasa por gaseoductos enclavados en Ucrania. El cobro de derechos de tránsito del gas ruso por Ucrania alcanza cifras superiores a los US$ 3.000 millones, representando 3,8% del PIB de dicho país, lo cual sitúa al Gobierno ucraniano en una difícil coyuntura.

A su vez, Estados Unidos ha logrado frenar la puesta en funcionamiento del polémico gasoducto Nord Stream 2 que cruza el Báltico y conecta directamente la ciudad rusa Narva Bay y la germana Lubmin near Greifswald. Dicho gasoducto, tenía como finalidad triplicar las exportaciones de gas a Alemania, y abaratar su precio debido justamente a que no era necesario pagar los elevados derechos de tránsito de Ucrania o Bielorrusia. 

¿Y Europa?

Habrá notado el lector que no he mencionado la posición de Europa, y es porque no tiene una definida y cohesionada, más bien es el espacio por donde se mueven las piezas. Por una parte, los países bálticos e Inglaterra han prestado apoyo armamentístico a Ucrania, y por otra el tándem franco-alemán se distancian de las declaraciones bélicas de Washington, pero sin atreverse a oponerse a un conflicto que no les beneficia. Otras tantas potencias guardan silencio. 

Rusia sabe que quién dirige la OTAN es Estados Unidos, y es por ello que poca importancia da a los encuentros con representantes europeos, quienes a la postre se plegarán a la decisión que tome el Gobierno de Joe Biden. 

Quizás por los esfuerzos diplomáticos, quizás porque el teatro de la alta política busca un final con el que todos puedan declararse vencedores, pero la posibilidad de un enfrentamiento bélico se va difuminando con el paso de los días. Más que de una guerra militar, estamos cerca de una guerra comercial, donde el mayor perjudicado será la UE.

¿Quién gana y quién pierde en la guerra comercial?

La guerra comercial consiste básicamente en la interrupción del comercio entre los dos contendientes, con sanciones recíprocas, y absteniéndose de comprar y vender los productos del otro bloque. Existen dos factores que pueden determinar quién va a salir más perjudicado de un enfrentamiento de esta clase: por un lado, hay que tener en cuenta cuán difícil le va a ser al país sancionado, en este caso Rusia, recolocar sus productos en otros mercados. Por otro lado, cuán difícil le va a ser al país o bloque sancionador, en este caso la UE, suplir aquellos productos que antes importaba del país sancionado.

La UE compra casi el 40% de las exportaciones de bienes que coloca en el mercado Rusia, siendo uno de los principales socios del país. Pero, de esas importaciones que en 2021 superaron los $ 150.000 millones de euros, casi el 70% son energía (gas, petróleo y carbón). 

Esto genera una gran dependencia de la UE con Rusia, debido a que las únicas alternativas, el gas argelino y el petróleo estadounidense y noruego, no son suficientes para abastecer la región y sus precios son más elevados. 

En el caso de las exportaciones de la UE hacia Rusia, estas están compuestas por mercancías de alto valor agregado, siendo los principales vehículos y maquinaria por un valor de 78.000 millones de euros anuales. Sería un suicidio para Europa restringir sus propias exportaciones, pero podría Rusia frenar la compra de estos productos manufacturados como contrapartida a las sanciones europeas. 

Por lo tanto, nos encontramos ante un panorama bastante negro para la UE: por un lado, si sancionan la compra de energía procedente de Rusia, no tendrían grandes alternativas para sustituirla, y tampoco para recolocar sus productos. Por otro lado Rusia, si bien sería dañada, tiene la posibilidad de girar su mirada hacia Oriente, y comerciar con China, tanto para la venta de su energía como para la sustitución de los bienes anteriormente importados de Europa. 

China el tercero en discordia

Los constantes ataques desde los medios de comunicación occidentales hacia Rusia y China están construyendo la imagen de un nuevo eje del mal. Más allá los sesgados titulares de los medios tradicionales, la realidad es que Rusia y China cada vez estrechan más sus relaciones. 

Durante 2021, el consumo de gas ruso en China creció 50,5% respecto al año anterior, y las importaciones por gasoductos rusos al país asiático, 154,2%. También se proyecta la construcción de un nuevo gasoducto denominado “Power Siberia” que conectaría ambos países pasando por territorio mongol. 

A lo anteriormente descrito se suma un nuevo tratado entre la empresa estatal rusa Gazprom y China National Petroleum Corporation (CNPC) que pretende sumar a los 38.000 millones de m3 de gas natural exportados anualmente a China, otros 10.000 millones

No debemos olvidar que comerciar con China también implica entablar relaciones con sus aliados comerciales, los cuales constituyeron recientemente la Asociación Económica Integral Regional (RECEP) constituida por 15 países del sudeste asiático y Oceanía, y que contiene el 30% del PIB mundial. 

Nunca es tarde para cambiar

La sumisión a los intereses estratégicos de Estados Unidos no hace más que dejar a la UE en posiciones incómodas y perdedoras. La posibilidad de un enfrentamiento bélico se difumina pero gana fuerza el de la guerra comercial, que no haría más que defenestrar las economías europeas, mientras Estados Unidos mira a lo lejos e intenta colocar en suelo europeo sus reservas de gas, y Rusia se divierte con sus nuevos socios asiáticos. 

Pero nunca es tarde para cambiar, y quizás de aquí pueda salir un aprendizaje. La UE necesita superar el estado actual y alcanzar una unión política real, con unas instituciones con soberanía suficiente como para trazar las líneas de una política exterior conjunta e independiente, generar un ejército y un servicio de inteligencia propio, y un cuerpo diplomático cohesionado y eficiente. Si bien parece una utopía, es la única solución para que la UE deje de ser el tablero y vuelva a poner las fichas sobre la política internacional. 

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