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Historia

De la victoria contra Hitler a la Guerra Fría y la decadencia

La URSS vence a los nazis y emerge como el gran socio de Roosevelt. Hasta que muere. Stalin pasa de héroe a villano.

Stalin, Winston Churchill y Franklin D. Roosevelt, en la Conferencia de Yalta de 1945
Stalin, Winston Churchill y Franklin D. Roosevelt, en la Conferencia de Yalta de 1945
Oscar Muiño Oscar Muiño 19-05-2022
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Sólo resiste Gran Bretaña. Europa está en manos nazis. A Adolfo Hitler no le alcanza; ve en los soviéticos su enemigo ideológico, militar y racial. La invasión de 1941 busca convertir a los eslavos en vasallos y repartir sus tierras entre granjeros arios. Una guerra de aniquilamiento. “A diferencia de lo ocurrido en el oeste, la guerra en el este fue absolutamente genocida. Había sido planificada para que lo fuera” (Ian Kershaw).

El nazi Alfred Rosenberg propone “una red de Estados nacionales creados por Alemania y dependientes de la misma” (Carrère d´Encausse). Su propaganda estimula la autonomía de los Estados bálticos y “no tuvo problemas de encontrar colaboradores bien dispuestos entre los nacionalistas de Lituania, Letonia y Estonia, que veían a los alemanes como libertadores del yugo del régimen soviético” (Kershaw). 

Ucrania, los nazis y los judíos

Muchos ucranianos, golpeados por la guerra civil, la hambruna y la  colectivización stalinista, aplauden el avance alemán, pero “fueron tratados también de forma despiadada por los conquistadores alemanes. 

La teoría de Himmler era que Ucrania debía ser limpiada para convertirse en un futuro asentamiento alemán. El Plan General para el Este preveía la eliminación en el plazo de los veinticinco años siguientes de unos 31 millones de personas. Los judíos ucranianos, unos 1,5 millones, ni siquiera en sus peores pesadillas habrían podido imaginarse lo que les aguardaría. 

El antisemitismo, a menudo virulento, estaba muy generalizado en Ucrania desde mucho antes de que llegaran los alemanes. Una pequeña minoría de ucranianos ayudó a sus convecinos judíos. Pero una minoría mucho mayor estaba dispuesta a denunciarlos ante las fuerzas de ocupación o participar en las matanzas. No obstante, la mayoría de los ucranianos se mantuvo al margen y no hizo nada. En enero de 1942 el número previsto de judíos que debían ser exterminados en la Solución Final era de once millones” (Kershaw).  

Los finlandeses, que acaban de perder territorio, atacan a los soviéticos. Muchos Estados vasallos envían tropas o voluntarios para engrosar la Wehrmacht. Como con Napoleón en 1812. Igual que entonces, la arremetida nazi se lleva todo por delante durante semanas. El inmenso esfuerzo soviético frena la embestida en las puertas de Moscú, de Leningrado, en el último barrio de Stalingrado. Sus guerrillas –preparadas de antemano- causan grave daño al invasor. Y, en la Europa ocupada, los comunistas abandonan la pasividad y se vuelcan a la resistencia y el sabotaje. 

Así como Trotsky ha sido el artífice de la victoria militar en la guerra civil, Stalin dirige con mano de hierro la resistencia. Acusado de desechar los informes de sus espías, que anticipaban el ataque, Stalin prepara el contragolpe. Uno de sus éxitos, “la fusión de las múltiples nacionalidades, sin distinción alguna, en las Fuerzas Armadas soviéticas. Stalin conoce la habilitad de Roma para integrar a los pueblos conquistados, al concederles la ciudadanía y hacerles pensar y lucha como romanos; y consigue prácticamente lo mismo”, afirma el militar español Anselmo Santos. 

Ivan Maiski, el embajador de Stalin en Londres 1932-43, se convierte en un actor de la política británica. Le asegura a Anthony Eden, a cargo del Foreign Office, que Rusia actúa igual que el Reino Unido, que ninguno quiere dominar Europa ni tolera que otro lo haga. 

Frecuenta ministros, funcionarios, diputados, periodistas, intelectuales, artistas. 

Ya en 1935 Winston Churchill le confiesa que ha dejado de ver a la Unión Soviética como el principal enemigo, que debe frenarse a Hitler. El conservador magnate de la prensa, Lord Beaverbrook –dueño del Daily Express, el diario de mayor tiraje de Occidente- le ha prometido desde 1936 “ninguno de mis periódicos hará o dirá nada que pueda alterar el ejercicio de su trabajo”. 

Maiski –un menchevique conocido en el Foreign Office como “El Pequeño Judío”- asiste a la fábrica que produce los primeros tanques destinados a la URSS, habla con delegados sindicales, va a teatros donde se canta God Save the King y la Internacional, es designado miembro de honor o invitado a hablar a los clubes más exclusivos de la City y de la aristocracia inglesa, interviene en las internas del gobierno, opina sobre todo, presencia los debates decisivos en la Cámara de los Comunes, donde incluso da un discurso, el 30 de julio de 1942. Cuando concurre al imponente Albert Hall, el escenario exhibe una gigantesca bandera roja con la hoz y el martillo.

Roosevelt con Stalin

La agresión japonesa mete en la guerra a Estados Unidos en 1941. Churchill y Stalin logran su propósito, la alianza con la mayor potencia industrial. Franklin Roosevelt (1933-45) no sólo mantiene comunicación permanente, sino que comienzan encuentros cara a cara. Los soviéticos están felices de ser aceptados en las conferencias de Los Tres Grandes. Roosevelt parece en ocasiones más cómodo y más cercano a Stalin que al propio Churchill, para desesperación de éste, artífice de un frente de los países de habla inglesa (ver su Historia de la Segunda Guerra Mundial). 

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La agresión japonesa en Pearl Harbour mete en la guerra a Estados Unidos en 1941

En 1942, Roosevelt sabe que ganarán y propone al canciller soviético Molotov “crear una fuerza policial internacional” que “se encargará de mantener la paz incluso por la fuerza en los siguientes veinticinco o treinta años” de posguerra. La integrarían Estados Unidos, la Unión Soviética, junto con Gran Bretaña y China. Serían desarmadas Alemania, Italia y hasta Francia. Stalin se apresura a aprobar “un acuerdo con Roosevelt para la creación después de la guerra de una fuerza militar internacional con la finalidad de prevenir agresiones” (Vladislav Zubok).

Roosevelt detecta en los soviéticos su principal aliado para derrotar a Alemania. Imagina un futuro con dos potencias –EE.UU. y la URSS-  que reemplacen el colonialismo europeo de conservadores irredimibles. Para mostrar que la URSS se ha convertido en un Estado más, que ya no busca la revolución proletaria ni el control mundial, Stalin disuelve la Internacional Comunista.

En la Conferencia de Teherán (1943) Churchill acepta que Rusia tenga puertos de agua templada: “Le dije (a Stalin) que esperaba ver a Rusia surcando los océanos con buques de guerra y mercantes, y que les daríamos la bienvenida”. Ya entonces Stalin anticipa que “no podía permitir a los polacos apoderarse de territorio de Ucrania y de la Rusia Blanca. Eso no era justo”. Churchill añadirá: “Nunca conseguiríamos que los polacos se declarasen satisfechos.  A los polacos no les satisfacía nada”. Es el relato de Churchill, quien agrega haber dicho “que los británicos querían que Rusia estuviera satisfecha con sus fronteras” (almuerzo del 1 de diciembre de 1943 en la embajada soviética en Teherán). 

Ahí Roosevelt sugiere la división de Alemania en cinco: Prusia, Hannover y el noroeste; Sajonia y Leipzig; Hesse y el sur del Rin y Baviera, Baden con Würtenberg. Las Naciones Unidas gobernarían Hamburgo y Kiel (asiento de la flota),  además del Ruhr y el Sarre.  Churchill se opone; Stalin apoya a Roosevelt.

Se discute el futuro. Roosevelt acepta la expansión soviética en el Báltico y otras Repúblicas, así como el control sobre Europa Oriental. Una recompensa por la devastación hitleriana, sus millones de muertos y el papel decisivo del Ejército Rojo. Está convencido que la URSS merece extender su zona de seguridad y lograr la neutralidad desarmada de Finlandia y Austria. 

La Conferencia de Yalta (1945) expresa la preferencia de Roosevelt por converger con los soviéticos, para angustia de Churchill. Este busca incluir en el gobierno polaco a los grupos pro-occidentales; Stalin prefiere a los comunistas instalados por el Ejército Rojo y Roosevelt, impaciente, recuerda que “Polonia ha sido fuente de problemas a los largo de más de quinientos años” (Max Hastings). Churchill asegura que “los polacos tendrán el futuro en sus propias manos, con la única condición que sigan honestamente una política de amistad con Rusia”. Stalin no le cree: “Churchill quiere una Polonia burguesa como vecina de la URSS. Una Polonia que nos sea hostil. No podemos tolerarlo”. 

Jóvenes generales hacen imparable al Ejército Rojo. Atraviesa toda frontera y clava la bandera roja en el Reichstag.  Ha avanzado sobre Polonia, Rumania, Checoeslovaquia. Parte de esos territorios se incorpora a Ucrania.  Y esa “Ucrania occidental, olvidada de los viejos conflictos ucranios-polacos, manifiesta una sensibilidad especial hacia todas la corrientes heterodoxos”; además, ¨los católicos distribuidos por Ucrania en 1945, son un fermento de agitación. Ucrania es la más paradójica de las naciones de la URSS” (Carrère d´Encausse). 

Cuando Polonia vuelve a la vida, después de la guerra, ha sido exterminada su gran colectividad judía, ha resignado territorios polacos a favor de la Unión Soviética, y ha sido compensada con zonas históricas alemanas. Su frontera se corre más de trescientos kilómetros al oeste.

Stalin ajusta cuentas. Castiga a sospechosos de tratos con los invasores. Suprime la representación nacional de chechenos, tártaros de Crimea e inguches del Cáucaso. Junto con otros pueblos, son deportados. Stalin destaca a Rusia como “la nación líder” con su “claridad de espíritu, la firmeza de carácter y la paciencia”. El pueblo ruso se convierte en “el hermano mayor” de las nacionalidades soviéticas, así como la URSS ya viene siendo el “hermano mayor” del movimiento comunista internacional. 

Como en tiempos zaristas, los rusos étnicos son elevados por encima del resto. La Unión Soviética dirige Alemania Oriental, Polonia, Bulgaria, Checoeslovaquia, Hungría, Rumania y Albania.  Sólo los comunistas yugoslavos –que se han liberado solos, a un costo altísimo, gracias a las guerrillas del mariscal Tito- conservan su fiera independencia.

La Guerra Fría 

El propósito de Roosevelt ha sido retener para Estados Unidos el rol de primera potencia, converger con la Unión Soviética para desarmar los imperios coloniales y reemplazar la influencia  europea por la propia (o aún la soviética). La Organización de las Naciones Unidas continúa la Gran Alianza con Rusia para derrotar a Hitler. Ucrania, a pesar de integrar la URSS, es aceptada como miembro pleno de Naciones Unidas. Un voto más para Stalin.

Al morir Roosevelt, su sucesor –el menos dotado Harry Truman (1945-53)- vira 180 grados. Acepta las premisas del complejo militar-industrial, y pasa del anti-colonialismo a un decidido anti-comunismo. La tesis Roosevelt de dividir Alemania y limitar su capacidad industrial- es sustituida por la política inversa: fortalecer Alemania, Italia y Japón como barreras para contener a Moscú. Truman considera al comunismo el Gran Enemigo. 

“En 1949 los Estados Unidos formaron el bloque militar agresivo conocido  con la denominación de Alianza Atlántica (OTAN)”, reza la Historia del Partido Comunista de la Unión Soviética. Los espías de Stalin consiguen la fórmula para la bomba atómica. Contra esa paridad Zbigniew Brzezinski insiste: “en el futuro previsible es absolutamente esencial mantener la superioridad militar norteamericana sobre la Unión Soviética. También permitiría dar los pasos políticos destinados a atraer y absorber gradualmente al comunismo revisionista en el mundo occidental. En Europa este proceso implicaría una participación pacífica en los asuntos de los diversos Estados comunistas, con el fin de ampliar su margen de autonomía y con el tiempo lograr que retornen a la esfera europea. Occidente debe otorgar algún tipo de seguridad territorial a estados como Polonia y Checoeslovaquia”. 

El mundo se parte. 

Nuevas naciones nacen en Asia y Africa, y son campo de disputa entre Washington y Moscú. Ambos centros auspician organizaciones políticas, militares, económicas, de prensa, sindicales, estudiantiles, culturales en la lucha global por el predominio.

Ucrania crece

Muerto Stalin, su sucesor Nikita Kruschev (1955-64) explota: “Nuestro partido, todos nosotros condenamos enérgicamente a Stalin por los graves errores y deformaciones que causaron gran perjuicio a la causa del partido, a la causa del pueblo”. 

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Kruschev y Nixon, en 1959

Kruschev “no se limitó a denunciar sus crímenes, en los que él mismo había participado como virrey de Ucrania durante las purgas” (Anselmo Santos). Convierte al “líder del socialismo y de la victoria en la Gran Guerra Patriótica” en un tirano que no merece reposar junto a Lenin. Ese Vigésimo Congreso del Partido Comunista de la Unión Soviética (1956)  no percibe que Stalin ha sido el constructor de la URSS y que sepultar su memoria implica la negación del Estado soviético tal y como ha existido.

Moscú da mayor autonomía a las repúblicas federadas. Ucrania es autorizada a tener representación diplomática y Fuerzas Armadas. Kruschev ha iniciado su carrera como modesto subdirector de asuntos políticos de la mina de Rutchenkovo (1921) en la región del Donbás (donde iniciará la secesión de Ucrania en 2022), ha sido primer secretario del PC de la República Socialista Soviética de Ucrania en 1938-47 y luego presidente del Consejo de Ministros ucranio. En 1954, ya líder soviético, cambia las fronteras: Crimea pasa de Rusia a Ucrania. No parece importante; nadie sueña con la implosión de la URSS y la pérdida de territorios conquistados por Rusia siglos antes ni que la base de la flota del mar Negro pueda quedar fuera de Todas las Rusias. “Ucrania se convirtió progresivamente en socio privilegiado de la URSS dentro de la federación, sobre todo después de 1954. El hermano mayor de los pueblos de la URSS parecía tener un segundo hermano brillante, más cercano (a Rusia) que los demás pueblos por su número, por la estructura de la sociedad y sobre todo por la cultura” (Carrère d´Encausse). 

“Los oficiales del partido ucraniano formaban, después de los rusos, el grupo más numeroso e importante de la Nomenklatura. Se regocijaban que en 1939, tras la firma del pacto nazi-soviético. Ucrania Occidental había pasado a formar parte de la URSS. Pese a los numerosos crímenes perpetrados por el régimen contra su pueblo, los dirigentes comunistas ucranianos adoraban a Stalin como el unificador de los territorios de Ucrania” (Vladislav Zubok). 

La entrega de territorios no ucranianos del Oeste aumentó la cantidad de católicos y disminuyó porcentualmente la rusa. En Ucrania, hacia 1970, apenas uno de cada cinco habitantes es ruso. En los años siguientes, esta composición demográfica influirá grandemente para la vocación independentista ucraniana. 

Pedro Chelest, primer secretario del Partido Comunista de Ucrania desde 1963 y miembro del Comité Central del PCUS, impulsa la ucranización. “El gobierno central saca pronto las conclusiones de esta evolución espectacular hacia un nacional-comunismo cuyo renacimiento en Ucrania siempre teme” (Carrère d´Encausse). En 1972 cae Chelest y por primera vez desde 1949 el número dos del PC ucraniano es ruso y no ucranio.

Arriba Laika, abajo misiles

Los soviéticos arrancan ganando la carrera espacial, que otorga prestigio y primacía sobre Estados Unidos. Son los primeros en enviar un ser vivo al espacio (la perra Laika, en 1957) y el cosmonauta Yuri Gagarin (1961).  

el primer ser vivo terrestre en orbitar la tierra
La perra Laika, el primer ser vivo terrestre en orbitar la Tierra

Krushev promueve “la coexistencia pacífica”, una competencia casi deportiva entre los sistemas socialista y capitalista. El XXII Congreso del PCUS (1961) augura que “en el primer decenio (años 1961-1970), la Unión Soviética adelantará en la producción por habitante a Estados Unidos, el país más poderoso y rico del capitalismo”. Nunca ocurrirá.

Krushev emplaza secretamente misiles soviéticos en la Cuba de Fidel Castro, el primer socio de Moscú en las Américas. El Pentágono los detecta y el mundo parece al borde de una devastadora guerra nuclear. Los soviéticos aceptan retirar los misiles. La bravuconada liquida a Krushev y socava la imagen rusa, ya dañada por la construcción de un muro en Berlín oriental para evitar que sus ciudadanos emigren a la parte Occidental, bajo protección norteamericana. Lo sucede Leonid Brezhnev (1964-1982), quien “admiraba y casi envidiaba el nivel de vida de los Estados Unidos y los logros de su economía, ciencia y tecnología”, según el embajador soviético en Washington.

China, extraña vecina

La mayor victoria del comunismo en la posguerra es el triunfo de Mao Zedong en la guerra civil china. Mao elogia y sigue a los soviéticos, que envían asesores, técnicos y maquinarias. La relación se enfría, los soviéticos se retiran, Mao prefiere a Stalin sobre Krushev y a China sobre la URSS. Objeta a Moscú en público su “revisionismo”,  desencadena un choque militar fronterizo y estimula la histórica visita de Richard Nixon (1969-74) a China. 

La reversión de las alianzas decisiva, inesperada. Los soviéticos ven disputado su liderazgo en el movimiento comunista internacional, y quedan aislados con la nueva entente Washington-Pekín. En menos de veinte años, la Unión Soviética habrá de implosionar. Y China, en silencio, la irá reemplazando como el principal desafiante de la hegemonía norteamericana. 

Otros satélites tratan de sacudir la dominación soviética. Las rebeliones más importantes nacen de los propios comunistas locales. Los húngaros de Imre Nagy (1956) y los checos de Dubcek (1968) son aplastados. El próximo intento no vendrá del apparatchik, sino de sus rivales. No buscará reformar el socialismo, sino destruirlo. Se alejan de Moscú los PC italiano, francés y español.

El canal secreto

Sin Stalin, crece en el Kremlin el deseo desesperado por ser aceptado en el vértice del mundo. Se lee en las memorias de Anatoly Dobrynin, embajador en Washington entre 1962-1986,  partícipe en todas las cumbres norteamericano-soviéticas entre 1955-1990. Fascinado por  crear un “canal confidencial”, Dobrynin ama las reuniones en “alto nivel”. Lejísimo de la “diplomacia de los pueblos” con la que Lenin y Trotsky han publicitado los acuerdos secretos del zarismo.

Dobrynin se queja porque “nuestros aliados árabes abusaban de nuestra disposición a proteger sus intereses” o “Angola se convirtió en reñidero de ambiciones internacionales, fuera de toda proporción con su importancia” o “el mito de Cuba como delegada de los soviéticos fue especialmente dañino para nosotros en los Estados Unidos”. 

Jimmy Carter (1977-81) busca recuperar la supremacía moral que Estados Unidos ha perdido en Vietnam. Lanza una política general de derechos humanos. Su objetivo es el Kremlin, pero también la aplica en los países anticomunistas del cono sur. Las dictaduras de Augusto Pinochet y Jorge Videla son desacreditadas en público. Un dato curioso: en ese momento la Unión Soviética defiende en foros internacionales, y el Partido Comunista Argentino en su país, al Proceso Militar.

“La política de los derechos humanos, dirigida contra la Unión Soviética y la comunidad socialista, fue lanzada por Carter desde sus primeros días. Las relaciones fueron sumamente dañadas por la visión moralizadora de Carter”, dice Dobrynin, quien responsabiliza a su asesor clave, Zbigniew Brzezinski, “de orígenes en la vieja nobleza polaca, excesivamente emotivo y no era capaz de pensar con objetividad”. Otra vez Polonia se cruza en las relaciones norteamericano-soviéticas. 

A tal punto Dobrynin parece alejado del bolchevismo que el presidente Ronald Reagan (1981-89) pregunta asombrado: “¿De verdad es comunista?”.

Mañana, El Economista publicará la quinta y última nota de Muiño: De la disolución a Putin, Ucrania y Rusia se dividen”

La primera columna “De la Pequeña Rusia a todas las Rusias”

La segunda columna “Pedro y Catalina, dos gigantes convierten Rusia en gran potencia”

La tercera columna “Guerra, revolución, intervención: ¿qué hacer con los bolcheviques?”


 

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