Todo empezó, según cuenta la propia Ivanka Trump, con un chapuzón. Hace unos años, ella y su marido Jared Kushner navegaban por el Adriático en el barco de un amigo cuando pararon a nadar frente a Sazan, una isla deshabitada de la costa albanesa. En un podcast reciente con David Senra, la hija del presidente estadounidense relató que subieron descalzos hasta la cima y quedaron "cautivados".
Ese flechazo turístico se transformó en uno de los proyectos inmobiliarios más conflictivos de Europa: un complejo de lujo sobre Zvërnec, una franja costera protegida frente a la isla, que según el Financial Times demandaría una inversión de unos 2.000 millones de euros —más un monto similar previsto para la propia Sazan—, financiado por Kushner junto al grupo albanés Kastrati y el catarí Assets Group. The New York Times estima el costo total en más de US$ 4.000 millones.
Hoy, ese proyecto tiene a Albania en llamas. Desde fines de mayo, miles de personas se concentran cada noche frente a la oficina del primer ministro Edi Rama en Tirana, en lo que ya se conoce como la "revolución de los flamencos", por las aves que anidan en la laguna amenazada. La consigna que se despliega cada noche, en inglés: "Albania no está en venta".

Una reserva natural con casino y campo de golf
La zona en disputa no es un terreno cualquiera. Zvërnec forma parte del área protegida de Vjosë-Nartë, donde el ornitólogo Taulant Bino, titular de la Sociedad Ornitológica Albanesa, identificó más de 250 especies de aves, incluidos flamencos, pelícanos y garzas. Es, además, una de las últimas zonas vírgenes del Adriático y sitio de cría de tortugas marinas.
Según reveló el Financial Times, un "master plan" de 97 páginas fechado en noviembre de 2025 prevé hoteles, villas, cientos de departamentos, zonas comerciales, campo de golf, parque acuático, canchas de tenis y un casino: más de 700.000 metros cuadrados construidos. Una parte de la laguna —catalogada como "monumento natural" por una agencia estatal albanesa— aparece destinada a una marina y un club de yates.
El estudio de arquitectura responsable, Laboratory for Visionary Architecture, relativizó el documento: dijo que se trata de un borrador y no de un plan final aprobado. Los desarrolladores insisten en que el proyecto respetará el medioambiente. Bino, desde el terreno, ve otra cosa: edificios en altura y hasta 10.000 habitaciones. "Es una ciudad nueva, no un proyecto ambiental", declaró a NPR.

La ley a medida y el frente judicial
El obstáculo legal era evidente: en una reserva natural no se puede construir. Hasta que dejó de serlo. En 2024, el gobierno de Rama impulsó una reforma que habilitó la construcción turística en áreas protegidas, siempre que el proyecto fuera "cinco estrellas o superior". Apenas dos semanas después del cambio normativo, Kushner publicó en redes los renders del desarrollo sobre la península protegida.
Organizaciones ambientalistas presentaron demandas contra el Estado albanés. Su abogado, Dorian Matlija, sostiene que la ley viola normas albanesas y europeas, incluida la red Natura 2000 de la UE, y advierte que compromete la candidatura del país al bloque. El Parlamento Europeo, que tiene voz en ese proceso de adhesión, pidió a mediados de junio una moratoria sobre todas las obras en áreas protegidas de Albania y la derogación de la enmienda "cinco estrellas".
A eso se suma el frente penal. La justicia anticorrupción albanesa congeló a principios de junio las cuentas de una firma que compró tierras en la zona y emitió una orden de arresto contra Artur Shehu, un empresario albanés radicado en Miami acusado de lavar dinero del narcotráfico a través de desarrollos inmobiliarios. Parte de las tierras vinculadas a Shehu fue vendida a los socios cataríes del proyecto. Los vecinos de Zvërnec, en tanto, litigan hace más de una década: aseguran que esos terrenos les fueron adjudicados a sus familias tras la caída del comunismo y que el catastro otorgó títulos duplicados de manera irregular.
La trama societaria tampoco ayuda a la transparencia. La periodista de investigación Lindita Cela rastreó una cadena de sociedades pantalla que va de Albania a Países Bajos: varias comparten domicilio en Ámsterdam, valen un euro cada una y desembocan en una firma de 2004 controlada por un ciudadano ruso y una ciudadana búlgara sin perfil público, dueños en los papeles de propiedades albanesas por cientos de millones de dólares.
Rama, entre Trump y la calle
Rama, que el año pasado consiguió su cuarto mandato con una victoria aplastante, no muestra señales de retroceso. En una entrevista con The New York Times aseguró que no hay contratos firmados ni permisos de construcción emitidos, que la isla Sazan es del Estado y no fue vendida, y que las denuncias de obras en marcha son parte de un "huracán de histeria digital". Aunque admitió "preparación del sitio", incluida una traza de ripio a través de un bosque. Sobre el futuro del proyecto fue tajante: no será cancelado.
El detonante de las protestas fue un video viralizado el 30 de mayo, en el que guardias de seguridad privada arrastraban violentamente a un manifestante en la playa recién alambrada con concertinas. El gobierno intentó descomprimir: canceló las licencias de dos empresas de seguridad, echó al jefe policial local y ordenó desmontar el cerco. No alcanzó.
Porque el reclamo, coinciden los propios manifestantes, excede a los Trump. Aunque la izquierda estadounidense —de Bernie Sanders a Rachel Maddow— celebró las marchas como resistencia a la "oligarquía global", y teóricos conspirativos de derecha como Alex Jones difundieron versiones falsas de guerra civil, en Tirana el blanco es otro: una clase política que gobierna desde la caída del comunismo hace 35 años y a la que acusan de vender lo que no le pertenece. "Nadie acá protesta contra Trump o Israel; protestamos contra todo lo demás", resumió al Times un manifestante de 33 años.
El costo político ya empezó a sentirse puertas adentro. Marjana Koçeku, diputada de 25 años, renunció al partido oficialista por el proyecto de Zvërnec y se convirtió en la única legisladora independiente del Parlamento albanés. Desde entonces, recibió amenazas.
Sazan, la isla imposible
Paradójicamente, el sueño original de la pareja —la isla del chapuzón— podría ser el eslabón más débil del plan. Sazan fue durante décadas base de submarinos soviéticos y campo de pruebas de armas químicas y biológicas: todavía hay máscaras de la era soviética tiradas en el terreno, además de búnkeres abandonados y minas submarinas sin detonar.
Artur Mecollari, excomandante de la marina albanesa criado en la isla, fue lapidario ante el Financial Times: los vientos superan los 100 km/h y una perforación de 3.500 metros no encontró agua potable. Su veredicto: Sazan no se puede hacer.
Kushner ya sabe lo que es retroceder en los Balcanes: el año pasado abandonó un proyecto del grupo Trump en Serbia tras el rechazo popular y problemas legales. Consultada sobre si Albania podría correr la misma suerte, la desarrolladora respondió que el futuro del proyecto "lo determinarán Albania y los albaneses". Por ahora, los albaneses parecen estar respondiendo cada noche, frente a la oficina de Rama.