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Apuntes del modelo coreano de industrialización tardía

La transformación de la estructura productiva coreana constituye el más emblemático caso de éxito de industrialización tardía en el mundo

24 julio de 2017

Por Pablo Caramelo Economista

Estas líneas buscan analizar sucintamente las particularidades del proceso de industrialización impulsado en Corea del Sur a comienzos de los '60. La transformación de la estructura productiva en este país constituye el más emblemático caso de éxito de industrialización tardía en el mundo.

No es el objetivo de este breve racconto impulsar la imitación de las políticas que desencadenaron el fuerte crecimiento de Corea, sino repensar y tener en cuenta el aporte que las mismas pueden significar al momento de considerar los mecanismos que originan el desarrollo económico.

En la Historia moderna, los Estados siempre han intervenido para impulsar la actividad económica, incluso en el marco de la Revolución Industrial, cuyo esquema ideológico suele caracterizarse como un modelo con absoluta libertad de mercado. En ese entonces, el Gobierno británico intervino denodadamente para reconfigurar el orden social y las leyes acordes a las nuevas formas de producción, así como también intervino para minimizar la fuga de tecnología hacia el extranjero.

Con la denominada Segunda Revolución Industrial en Alemania y Estados Unidos, la intervención estatal se intensificó debido a que las economías de ambos países pretendían no solo industrializarse sino también alcanzar el grado de desarrollo económico y social propio de una potencia mundial.

Con estos objetivos la protección de la industria naciente fue la principal característica de esta era. Mediante gravámenes arancelarios, subsidios e incentivos financieros estos países construyeron, luego de la Segunda Guerra Mundial, una industria de vanguardia a nivel internacional.

El papel del Estado en la industrialización ha sido siempre el de mediador entre las fuerzas del mercado. En particular, el Estado en la industrialización tardía ha intervenido decididamente para direccionar el comportamiento de los aho

rristas, de los inversores y las de los exportadores e importadores.

En este esquema, Corea del Sur no ha sido la excepción a la regla. Hasta 1997 se aplicó en este país asiático una política de industrialización adoptada en los años '60, la cual combinó una fuerte orientación exportadora con un proceso de sustitución de importaciones destinado a posibilitar la paulatina constitución de un entramado industrial diversificado.

Para ello, conforme a las prioridades establecidas en sucesivos planes quinquenales, aplicaron una política orientada al fortalecimiento del capital local, limitando la inversión extranjera a determinadas actividades fundamentalmente exportadoras. Llegando a adoptar, incluso, medidas mucho más drásticas tales como una reforma agraria y la nacionalización de la banca.

A su vez, las empresas de propiedad estatal desempeñaron un rol central en las actividades estratégicas y en el desarrollo e incorporación de nuevas tecnologías.

Complementariamente, el Estado coreano mediante su poder de compra y el atractivo de su mercado interno, negoció con las empresas internacionales transferencias de tecnología en condiciones sumamente favorables para sí mismo.

Un Estado intervencionista, grandes grupos empresariales diversificados, una oferta abundante de gerentes asalariados y una amplia disponibilidad de mano de obra sumamente calificada caracterizaron la estrategia central para el desarrollo económico.

Sin embargo, el Estado ejerció también una importante disciplina sobre los beneficiarios de los subsidios. A cambio de las transferencias, el Estado impuso estándares de desempeño a las firmas privadas. De esta forma, con empresas disciplinadas a la voluntad de las autoridades, los subsidios y la protección resultaron menores y más efectivos que en otros países.

Corea, por lo tanto, aporta evidencia sustancial a la propuesta que argumenta que la expansión económica depende de la intervención estatal para crear distorsiones de precios que dirijan la actividad económica hacia mayores niveles de inversión e innovación. La intervención se torna necesaria aún en los casos más claros de ventajas comparativas, pero donde Corea se ha diferenciado de la mayoría de los otros países industrializados tardíamente es en la fuerte disciplina impuesta por el Estado a la empresa privada.

En algunos casos se discute si las medidas económicas adoptadas por el Estado coreano hubiesen sido factibles de aplicación bajo una democracia plena, dado que el proceso de industrialización descripto fue impulsado inicialmente por un régimen dictatorial particularmente represivo.

Sin embargo, las experiencias industrializadoras aplicadas en otros países, como Japón, los países democráticos europeos y los recientes hechos en Corea, permiten suponer que dichas medidas y la democracia política resultan compatibles.

Lo que sí queda claro, en base a la experiencia mundial, es que sin una autoridad central fuerte, que coordine y ejecute la planificación industrializadora, los países atrasados difícilmente logren desarrollarse debidamente.

El excepcional crecimiento del este de Asia no es sólo resultado de la existencia de bajos salarios como muchos creen. Políticas de industrialización sumamente activas lideradas por el Estado, un rol limitado del capital extranjero y un entramado social caracterizado por un alto grado de capacitación y disciplina permitieron este desarrollo.

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