Análisis

Antártida: La encrucijada geopolítica y económica del Reino Unido

La idea de que una potencia extranjera busque tomar ventaja sobre un territorio que Argentina reclama desde hace décadas debe ser motivo de atención para los argentinos

Antártida: La encrucijada geopolítica y económica del Reino Unido

Un reciente artículo de opinión publicado en The Telegraph ha generado inquietud en Argentina. En él, se discute la posibilidad de que el Reino Unido explote los recursos naturales del Territorio Antártico Británico antes que nuestro país, lo que inevitablemente pone en el centro del debate la disputa histórica por la soberanía en la región. 

La idea de que una potencia extranjera busque tomar ventaja sobre un territorio que Argentina reclama desde hace décadas debe ser motivo de atención para los argentinos, tanto en términos geopolíticos como por su impacto económico y ambiental.

El "tesoro helado" y la competencia internacional

Precisamente, el continente antártico es otro de los territorios que Argentina mantiene en disputa de soberanía con diferentes países. 



Además de nuestro país, hay otros seis con reclamos de soberanía sobre la Antártida: la mayoría de ellos se basan en la proximidad de su territorio nacional (como Chile, Australia y Nueva Zelanda) y en la cercanía de sus territorios de ultramar (Reino Unido, Noruega y Francia).

Desde 1961, el Tratado Antártico regula su administración, asegurando su uso pacífico, la libertad de investigación científica y la preservación ambiental. 

Dentro de este marco, se establecieron importantes acuerdos, como la Convención para la Conservación de las Focas Antárticas (1972) y la Convención sobre Recursos Vivos Marinos Antárticos (1980). Además, el Protocolo sobre Protección del Medio Ambiente (1991) prohíbe la extracción de minerales, salvo con fines científicos, por un período de 50 años.



En lo que respecta a los recursos naturales, la proyección que tiene la Argentina desde la ciudad de Ushuaia abre las puertas a una fuente de recursos renovables y no renovables, como por ejemplo la inmensa reserva de agua dulce que posee. 

En este sentido, las enormes masas de hielo presentes en la Antártida representan una de las grandes riquezas del continente, las cuales se estima que constituyen cerca del 80% del total de agua dulce del planeta, convirtiéndose en un recurso potencial de primer orden para el abastecimiento de la población mundial, además de otros diversos usos. 

En lo relacionado a los recursos no renovables, solamente en la península Antártica (región del continente en donde existen reclamos superpuestos de soberanía de Argentina, Chile y Gran Bretaña), se encuentra probada la existencia de yacimientos de níquel, cobalto, cromo, cobre, oro y plata (véase el Mapa N.° 3).



De igual modo, en 2017 George Kaplan (analista y escritor especializado en temas de energía y recursos naturales), utilizando datos del Servicio Geológico de los Estados Unidos, posicionó a la Antártida entre las regiones del mundo con mayores reservas estimadas de gas y petróleo (dicha información se visualiza en el Gráfico N° 2). 

Se comprobó, además (producto de una investigación del Magister en Relaciones Internacionales Oscar Mastropierro en 2012), que en la región existe una reserva de carbón de 2.000 millones de toneladas, lo que la sitúa a la Antártida como segunda en el mundo después de Estados Unidos. 

Por otra parte, en el mismo territorio se encuentra una abundante vida biológica, tanto organismos como microorganismos, los cuales poseen una biodiversidad desconocida de un alto valor para la industria farmacéutica. 



De esta manera, el patentamiento de esa biodiversidad se convierte en una carrera, que consiste en determinar qué país tendrá el derecho exclusivo de utilizar, vender, producir o comercializar ese organismo específico, o cualquier tecnología relacionada con el mismo. 

Bajo esta óptica, la trascendencia de la Antártida como de los mares del sur no ha pasado desapercibida en ningún momento para el Reino Unido, ya que los gobiernos británicos desde mediados de la década de 1940 han financiado y apoyado políticamente a los territorios de ultramar como el antártico. 

Ejemplo de ello es la creación en 1962 del British Antartic Survey (Relevamiento Antártico Británico o Prospección Antártica Británica), el cual tiene como mayor aportante económico al consorcio británico de investigación biomédica. Esta institución, además de dedicarse a la investigación, presta asistencia logística sea marítima o aérea a las bases británicas antárticas.



Por ende, el interés por la Antártida no es nuevo, ya que el avance del cambio climático ha hecho que las reservas de recursos naturales en la región sean cada vez más accesibles. Petróleo, gas, oro, cobre y otros minerales podrían transformar la economía de cualquier nación que logre establecer su dominio en el continente blanco. 

Esto quiere decir que desde una visión geopolítica, el creciente interés de grandes potencias como China, Rusia y Estados Unidos podría convertir a la Antártida en un nuevo campo de disputa, con importantes implicaciones medioambientales que generen debates a nivel internacional.

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El dilema británico: ambición y decadencia

El artículo de The Telegraph también plantea un interrogante fundamental: ¿Tiene Gran Bretaña la capacidad real para llevar adelante un proyecto de explotación en la Antártida? 



La visión futurista de una economía británica revitalizada gracias a los recursos antárticos choca con la realidad de un país que enfrenta una crisis política y económica tras el Brexit. La falta de inversión en tecnología y exploración, sumada a la creciente competencia global, podría dejar a Gran Bretaña en una posición de desventaja frente a otros actores más preparados.

Además, la presión internacional podría jugar en contra de los intereses británicos. Argentina, con una presencia histórica y una política activa en la Antártida, podría fortalecer sus alianzas con países que buscan preservar el continente para la investigación científica y la cooperación internacional, en contraposición con quienes impulsan su explotación comercial.

De este modo, el surgimiento de organismos como la UNASUR y la CELAC a principios del siglo XXI representa un claro intento de reconfigurar los enfoques tradicionales de la integración latinoamericana con el propósito de revigorizar el debate en torno al desarrollo en América Latina. 



La cuestión de la Antártida se convierte en un elemento clave para esta reflexión, particularmente en lo que respecta al océano Atlántico Sur y sus recursos. Por lo tanto, estas nuevas instituciones persiguen un esquema de integración que prioriza la protección de los recursos naturales y el fomento del desarrollo económico como pilares fundamentales. 

En esta línea, la creación del Consejo de Defensa Suramericano de la UNASUR y la formulación de una política regional común de defensa se convirtieron en asuntos de máxima importancia.

Sobre este aspecto, en 2011, durante el acto constitutivo de la Junta de Defensa de los países de la UNASUR, la entonces presidenta de la nación la Dra. Cristina Fernández de Kirchner afirmó:



"Este momento de constitución de la Junta de Defensa de la UNASUR, debe ser el puntapié inicial para crear un sistema de defensa que tenga como objetivos estratégicos la caracterización de lo que va a ser exigible, durante el siglo XXI. Y está muy claro porque así lo manifesté, [...], que la cuestión de los recursos naturales se va a convertir en una cuestión - ya lo es - estratégica en toda nuestra región".

El futuro de la Antártida: ¿explotación o preservación?

Más allá de las cuestiones políticas y económicas, la Antártida representa un desafío ambiental de proporciones globales. 

Aunque algunos argumentan que su baja biodiversidad la convierte en un lugar idóneo para la actividad industrial sin afectar ecosistemas frágiles, los científicos advierten sobre las consecuencias irreversibles de la explotación. Alterar el equilibrio de la Antártida podría tener un impacto devastador en el clima mundial, acelerando el derretimiento de los polos y afectando los patrones climáticos en todo el planeta.



En este contexto, la posición de Argentina debe ser clara: defender la soberanía sobre el territorio y promover un modelo de desarrollo basado en la investigación científica y la preservación ambiental. 

Mientras el Reino Unido debate si tiene los recursos para liderar la carrera por la Antártida, Argentina debe reforzar su presencia en la región, consolidar su política exterior y fortalecer su compromiso con la protección del continente blanco. 



La decisión que se tome en las próximas décadas no solo afectará el futuro de la Antártida, sino también el papel de Argentina en la arena internacional.

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